• Caracas (Venezuela)

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Federico Vegas

Una dictadura y media

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Algunos analistas sostienen que vivimos bajo una media dictadura, situación que se presta tanto a interesantes reflexiones políticas como a incesantes ambigüedades morales. Tal estado de cosas me recuerda un consejo que le dan a los jóvenes amantes en el Morro de Puerto Santo: “Introduzca solamente la mitad… ¿Y la otra mitad?... Esa es para ir y venir”.

En un ir y venir, pero siempre con más de una mitad adentro, se nos está acabando la vida y ya algunos exclaman: “¿Cuándo será que esto por fin se va a llamar dictadura?”, y miran a los lados con cara de turistas recién asaltados.

Alicia en el país de las maravillas nos asoma a una posible respuesta. Mientras Alicia está corriendo a toda velocidad aferrada a la mano de la Reina, se fija en algo muy curioso: “Los árboles que se encontraban alrededor de ella no cambiaban de lugar en absoluto y parecía que no adelantaban nada”. Alicia pregunta:

—¿Estamos ya cerca?

—¡Cerca! –respondió la Reina–. Hace ya diez minutos que pasamos la meta. ¡Más de prisa, más de prisa!

Al final se detienen agotadas y Alicia comenta sorprendida:

—Creo que hemos estado todo el tiempo bajo este árbol. Todo es como era.

—¡Así debe ser! –le dice la Reina–. Aquí hace falta correr muy aprisa si quieres mantenerte en el mismo lugar.

En medio de este afán a lo Gatopardo de correr para permanecer igual, me pregunto si no hace ya bastante tiempo que hemos pasado la meta y en vez de media dictadura estamos bajo una dictadura y media, una situación que conlleva problemas morales absolutos, aunque se encuentre mimetizada por una cruel relativización de la política.

Este argumento se basa en que la mitad que falta parece ser la mitad que sobra. Un ejemplo notorio es la paradoja de un gobierno orgulloso de su contextura socialista-militar que, al mismo tiempo, es reconocido mundialmente por su alto nivel de inseguridad. Y no me refiero ahora a la inseguridad jurídica o la económica, sino a los peligros que enfrenta una niña al caminar por una calle cualquiera. Las Alicias en este país de maravillas están acostumbradas a correr sin hacer demasiadas preguntas.

Una media dictadura atrozmente insegura equivale a una olla llena de agua hasta la mitad que se rebosa al hervirla; y en la nuestra ya se ven los borbotones. Hasta donde entiendo, un congreso que fue elegido con 52% de votos a favor de la oposición, terminó aprobando por mayoría aplastante una habilitante que le quitó sus poderes y se los entregó al presidente. Puede que a una velocidad normal esta historia se expanda en patrones geográficos y allanamiento de inmunidades hasta distraernos con la emocionante historia de unos ilusos votantes y heroicos congresistas; pero si uno acelera los hechos, hasta resumirlos en una frase, lo que resalta es una burda y artera jugarreta dictatorial que revela con claridad la fórmula de “una dictadura y media”.

Recuerdo al maestro de ceremonias de un circo que anunciaba: “Estimable público, como el hombre bala hoy tiene gripe, aquí les va una andanada de enanos”. Esa sumatoria de pequeñas y grandes trampas para llegar al poder absoluto, y mantenerlo, es más perniciosa que una dictadura convencional, pues va socavando lo mejor de la democracia y el socialismo al invocar lo que se termina negando, drenando así su sentido, su capacidad de revisar, rectificar, rescatar, renacer, como ocurre al utilizar la representatividad de un poder legislativo para convertirlo en un ente inexistente, fantasmal, al punto de que su jefe de ceremonias todavía celebra enardecido su inexistencia.

Este componente de drama e ilusión, o el constante entrar y salir de la mitad que supuestamente falta, es lo que sustenta y maquilla a la mitad que sobra. Lo más doloroso del sistema que nos domina, y más se presta a que los árboles parezcan seguir en su mismo sitio mientras van desapareciendo, es su cínica capacidad de hacer creer que la más acicalada de las dictaduras es la más alegre, justa y participativa de las democracias, confundiendo constantemente las causas con las consecuencias. La secuencia es patética: reprimir aún más para arreglar lo que de manera más notoria se destroza.

La reina le explica a Alicia: “En este país, si quieres avanzar debes duplicar la velocidad a la que hemos corrido”. No nos queda otra opción que acelerar el paso, pero conscientes de que en el amor y en la política nada viene por mitades. Tarde o temprano te lo meten completo.