• Caracas (Venezuela)

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Oscar Hernández Bernalette

AA go home

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Debo confesar que así como he sido múltiple usuario de American Airlines a lo largo de mi vida no es para nada de mis líneas aéreas preferidas. Como consumidor he aprendido a comparar a y a reconocer calidad, servicio y la modernización de las flotas aéreas. También añoro otras que ya no existen, como Viasa y Panamerican Airways.

Como venezolano, y con mucha familia viviendo en Estados Unidos, debo reconocer el impacto que tiene en la “psiquis colectiva” de la nación el hecho de que la línea aérea que más nos une con ese país esté reduciendo sus frecuencias en más de 80%. Ello por varias razones. La diáspora venezolana está regada por el mundo, pero especialmente por Estados Unidos. El servicio que ha prestado AA por más de 25 años es fundamental. La existencia de conexiones frecuentes para viajar les hace la vida más fácil a los miles de usuarios de este país. A los padres que viajan a ver a sus hijos, los hijos que regresan a ver a sus padres, los que estudian y los que hacen negocios; para el desarrollo del turismo nacional, el transporte de carga, la generación de empleos, etc. Contar con una aerolínea de esas dimensiones es una gran tranquilidad para cualquier país que quiera estar conectado en este mundo globalizado. Además, la competencia es escasa con otros proveedores de Estados Unidos, que seguramente también reducirán sus frecuencias. Por otra parte, al haberse dejado destruir nuestro parque aéreo nacional, es poca la competencia local disponible para competir con las líneas norteamericanas. Solo AA cubría 52% del total de la demanda.

Nuestros aviones están desfasados, las pocas líneas disponibles no cumplen con estándares internacionales de protección ambiental y su capacidad competitiva es mínima. Santa Bárbara, por ejemplo, no está en capacidad de absorber por sí sola la demanda hacia ese país y otros que cubre la propia AA y que ha servido como opción a miles de pasajeros que viajan desde y a Venezuela desde otras latitudes.

Entonces, uno se pregunta, qué necesidad tiene el país de llegar a estos extremos. Cómo es posible que no se les pague a quienes nos prestan a los consumidores aéreos un servicio cabal, y cómo se expone al país a tamaña vergüenza. Contar con la presencia de muchas líneas aéreas internacionales está vinculado al prestigio, al impulso y desarrollo del país, y lo más importante es que les permite a los venezolanos mantenerse conectados con el mundo, con muchas opciones.

Lo irónico es que mientras muchas ciudades y países, incluidos miembros del Alba, se pelean por una frecuencia de AA y hasta pagan por que la línea aérea aterrice en sus destinos, nosotros nos damos el lujo de obligarla a cancelar muchas de sus frecuencias. Lo más triste es esa visón arrogante que hace creer a los venezolanos que el mundo se pelea por nuestras rutas aéreas. Por lo menos las líneas que forman parte de la IATA tendrán dificultad en creer en la seriedad del gobierno para cumplir con su legítimo derecho de repatriar sus ganancias.

Venezuela no tiene necesidad de estar sumergida en tanta improvisación y tanto desprestigio. La ecuación es fácil. Hay que ser buenos ciudadanos del mundo y ello pasa, entre otras cosas, por cumplir nuestras obligaciones.