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Elías Pino Iturrieta

El día de san Gigante

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Con todo lo que ha tenido de rigurosa, la madre Iglesia no obliga a la adoración de un santo determinado. Se ocupa de limpiar el santoral para que no se equivoquen los fieles a la hora de elevar sus preces ante los pies de un personaje que no califica para estar en los altares, pero le da lo mismo que uno le rece a san Dionisio o a san Judas siempre que se trate de figuras aprobadas por la ortodoxia. Mientras cumplan la obligación de convertirlos en intermediarios ante la voluntad del Altísimo, sin profanos espavientos, los fieles pueden hacer sus imploraciones en paz ante la imagen de su predilección. Nadie jamás ha visto a un papa, ni a un sacerdote común y corriente, pidiendo a los peregrinos que se tienen que poner a juro de rodillas ante el santo fulano de tal, sin mirar hacia la capilla de al lado. Ni en los tiempos de la Inquisición se impuso esa curiosa obligación de colocarse de hinojos ante un único bienaventurado, a quien se otorga una especie de exclusividad en materia de adoraciones.

La república laica nos acostumbró a un monoteísmo, invariable hasta ahora, que conducía todas las jaculatorias hasta el nicho del Libertador. Superior entre todos los virtuosos y milagroso sin competencia, se colocaron sus restos en el lugar que ocupaba el sagrario en un templo católico convertido en Panteón Nacional, como para que no quedaran dudas en torno a la supremacía del héroe destinado al espacio del cofre que antes guardaba las hostias consagradas. Nadie se ha puesto a discutir ese monopolio de las aras patrióticas, no solo porque el elevado se las trajo en materia de cualidades excepcionales que permitieron a los sacristanes de turno presentarlo como un semidiós, sino también para evitar una caída de consecuencias fatales en las pailas de la herejía. Quedó solo en la hornacina principal, sin que a nadie se le ocurriera proponer una rivalidad. ¿Sucre, Páez, Bello, Mariño, Ribas, Urdaneta, Soublette, Toro…? Beatos, cuando mucho, pero jamás susceptibles de la indiscutible santidad del Libertador.

Pero esto sucedió hasta la semana pasada, debido a una especie de documento pontificio que ha publicado el gobierno “revolucionario” en el cual se impone a la ciudadanía la obligación de la fidelidad a un insólito santón de actualidad. El Decreto 541 del Ejecutivo nacional ordenó que la jornada del 8 de diciembre se convirtiera en “día de la lealtad a Hugo Chávez”. ¿Sacarán en procesión su imagen? ¿Mostrarán sus sagradas reliquias, para que la grey las toque buscando sanación? ¿Sucederán la primera peregrinación a Sabaneta, y la proclamación de los primeros portentos obrados por quien debuta en el santoral? ¿Habrá desfiles encabezados por el arcipreste del paraíso que refundó el Gigante a quien se entrega la ofrenda del afecto unánime por orden superior? Es probable. La “revolución” ha creado el Día de San Gigante, una demasía que por su estrafalario volumen impidió que el archimandrita se percatara de que su festividad rivalizaba con el culto a Bolívar con el que tanto se afanó quien ahora tiene su día de guardar. Hay un misterio de la santísima dualidad –uno en esencia y dos en persona–, por disposición del patriarca Nicolás.

No habrá san Sucre, ni san Páez, ni fiestas por el estilo para otros venerables de mediana aureola a quienes se niega el regocijo del estruendo patronal. Solo presenciaremos la exaltación de san Hugo Rafael sentado a la derecha del padre. Los voceros de la MUD no se preocupan por la parejería que significa el paragón que se hace de un individuo tan escaso de virtudes con la figura del Libertador, hasta el punto de amorocharlos en la peana, sino porque la obligación de la fidelidad sucederá mientras los electores se disponen a votar en las elecciones municipales. Consideran que se le ve la costura a esa mezcla de sacralidad con negocios terrenales. Tienen razón, pero existe otra interpretación que les debe provocar alivio: como ve las elecciones perdidas, la “revolución” se aferra a los milagros del santón a cuya adoración obliga. Una sinrazón, si nos atenemos a la rampante mediocridad del canonizado y al hecho de que la mayoría de los feligreses prefiere el popular politeísmo, ante la mirada benévola de la madre Iglesia.