• Caracas (Venezuela)

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Demetrio Boersner

Vías de reencuentro

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Muy pocos niegan, incluso en el seno del oficialismo, que Venezuela hoy es un país en crisis extrema y alarmante. Hace quince años, una democracia social-liberal deteriorada por causas internas y externas fue sustituida por un populismo militar de tipo peronista, pero más nocivo que el prototipo argentino. El chavismo, aupado internacionalmente por la dictadura cubana y la cínica democracia brasileña (progresista hacia dentro pero imperialista hacia fuera), desde 1999 en adelante destruyó Venezuela en lo político, lo económico y lo social. Puso fin al Estado de Derecho, a la descentralización del poder, a la libertad individual, a la separación entre gobierno y partido gobernante, y dividió la nación en dos mitades hostiles. Con su estatismo expropiador, inspirado en el modelo comunista (cuya plena imposición es frenada por resistencias tanto populares como “boliburguesas”), ha destruido el sector privado productivo y retrotraído el país a la condición de neocolonia dependiente de importaciones. Su desidia e ineficacia administrativa y técnica ha causado el derrumbe de infraestructuras y servicios básicos, y ha dejado rienda suelta al delito y la corrupción. Por su irresponsabilidad financiera ha despilfarrado el más gigantesco ingreso petrolero de todos los tiempos y dejado a Venezuela al borde de la quiebra.

Siguiendo probablemente los consejos de Cuba y con la mirada puesta en el ejemplo chino, el gobierno de Nicolás Maduro quisiera tratar de combinar algunos ajustes liberalizantes que impidan el derrumbe de la economía, con la consolidación de un inflexible control político unipartidista. En principio le gustaría poder dialogar con empresarios e inversores privados, mientras intensifica los vejámenes, amenazas y persecuciones contra los opositores y disidentes políticos. Pero tal estrategia está condenada al fracaso. No ha funcionado de modo estable en ninguno de los países socialistas dictatoriales (comunistas) que lo han intentado. Más temprano que tarde, una liberalización económica conduce a un comienzo de democratización política, comenzando por un creciente pluralismo de opiniones en el seno del propio partido oficial.

No dudamos de que –en caso de que Venezuela logre evitar un colapso violento y caótico– las circunstancias objetivas forzarán aun al sector más obtuso del chavismo a admitir la necesidad de un diálogo nacional en busca de fórmulas que conduzcan a un retorno a la constitucionalidad democrática y a una economía de mercado, sin sacrificar afanes de justicia social. Para alentar esa evolución saludable de las actitudes oficialistas, es necesario que la oposición democrática muestre nuevamente su gran fuerza política y su vasto apoyo popular en las elecciones municipales del 8 de diciembre. ¡A votar todos!