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Eduardo Mayobre

La náusea y la esperanza

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“¡Hay que tener el valor de exhibir la vileza de los aduladores, aunque se produzca la náusea!”. Así concluye el prólogo del libro El cabito firmado por Pío Gil (Pedro María Morantes) en diciembre de 1909. El cabito era el general Cipriano Castro, quien gobernó Venezuela durante nueve años (1899-1908). Una enfermedad lo alejó del país para operarse y fue destituido y sustituido por el también general, y hasta entonces vicepresidente, Juan Vicente Gómez. Lo que sigue es una transcripción de ese prólogo, con omisiones que permiten adaptarlo un siglo después a la situación actual. Los paréntesis son añadidos míos para hacerlo más inteligible a los contemporáneos.

El prólogo comienza: “El último cesarismo (autoritarismo) de Venezuela con (…) sus apoteosis de carnaval ofreció un contraste de tragedia bufa. La parte trágica estuvo a cargo de un loco (…) que cayó en medio de la reprobación universal. La parte bufa fue desempeñada por palaciegos, contra los cuales no se ha ejercido ninguna sanción”.

Sigue: “El concepto de que un solo hombre aherroja a todo un pueblo es un concepto errado. Ningún tirano triunfa por sí solo. Tiene esbirros ciegos, servidores complacientes, mentores hábiles, con los cuales se impone”.

Continúa: “Han escrito contra Castro, en todos los tonos muchas plumas aceradas: ¿por qué esas plumas nada dicen contra los cortesanos que separaron al caudillo de los elementos honrados de la revolución (…) y que fueron aconsejadores e instrumentos de su dictadura? No solo debe castigarse la cabeza del pulpo que nos devoró: punibles son también los tentáculos, sin los cuales el pulpo no habría hecho todo el mal que hizo”.

Argumenta: “La equivocada creencia del déspota único, de solo un responsable del despotismo, ha hecho incompletas las reivindicaciones populares que castigan a veces a los déspotas y dejan impunes a los cómplices”.

Se expande: “Los venezolanos nos desgañitamos clamando contra la autocracia, y llegamos a tumbar las estatuas y romper los retratos de los tiranos ausentes; pero no descargamos nuestra condenación inexorable sobre los cortesanos viles, que han creado el foco infeccioso en que se incuban todos nuestros cesarismos: la adulación”. (Vale recordar el museo del cuartel de la montaña y el día de la lealtad al comandante eterno).

Insiste: “La falta de castigo de los criminales aumenta la criminalidad, y la falta de castigo a los aduladores aumenta el servilismo. Por eso la adulación entre nosotros está tomando alarmantes proporciones de calamidad pública. Ninguna altura se corona con el mérito sino con el incondicionalismo aplaudidor: no se sube con el vuelo, sino con el arrastramiento; los caracoles babosos vencen a las águilas aladas”.

Explica: “Cayó el restaurador (Cipriano Castro), pero el telégrafo sigue trasmitiendo las felicitaciones ridículas, los periódicos siguen publicando las alabanzas bochornosas, los concejos municipales siguen elaborando los mismos acuerdos sumisos de la restauración”

Remacha: “A pesar del movimiento (…) los cortesanos arrodillados colocan en el turíbulo (no conocía la palabra, quiere decir incensario) la resina embriagadora (incienso), buscando marear al general Gómez como marearon al general Castro”.

Muchos de tales cortesanos son los que pretenden ser elegidos o reelegidos el próximo 8 de diciembre. Los que malearon las pocas buenas intenciones que hubieran podido tener Hugo Chávez o Nicolás Maduro si no hubieran sido víctimas de su propia vanidad e ignorancia. Los mismos que se aprovecharon en su momento de la ambición primitiva y rural de un Cipriano Castro y un Juan Vicente Gómez.

Contra esa vileza de los aduladores y de los prevaricadores es que debemos votar el próximo 8-D. No se trata de votar en contra de Chávez o de Maduro, sino en contra de quienes hicieron posibles sus abusos y arbitrariedades, en contra de quienes, en cada municipio, intentaron medrar bajo sus alas o con su consentimiento.

Para que prevalezcan la democracia y la decencia resulta necesario derrotar a los aduladores que premunidos de camisetas rojas y cajitas felices pretenden asaltar a las comunidades de nuestros municipios para provecho propio.

Hace un siglo esos aduladores se valieron de la vanidad y ansias de poder de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez para hacerse poderosos y ricos en las ciudades y pueblos de nuestra geografía. Ahora, nuevamente, los cortesanos del gobierno pretenden hacerse de los votos, con la ayuda de los poderes constituidos. Le corresponde evitarlo al pueblo llano. A aquel que cree aun en la democracia y en la representación popular.

Por ello, además de soportar la nausea hay que aferrarse a la esperanza y salir a votar con convicción el domingo 8-D.