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Nelson Rivera

Libros: Jean Echenoz

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Sus elecciones: ha escogido no más que un puñado de personajes: cinco hombres y una mujer. Estos personajes se conocen. Provienen de un mismo pueblo de la Vendée, en la región del Loira, Francia. Sus vidas están entrecruzadas. Fatalmente entrecruzadas. Ha elegido también una prosa que se ha despegado del piso, no mucho, diré que alrededor de un metro sobre el nivel de la tierra, lo que la dota de una movilidad asombrosa: entra y sale a su gusto, por ejemplo, de la zona donde los hombres matan y mueren. Y ha elegido, y esto quizás ya no es una elección sino la marca de un estilo, una manera de aproximarse a las cosas y narrarlas, en la que predomina un cultivado sentido del humor.

Y es este sentido del humor de frase refinada y administrado con maestría lo que, a fin de cuentas, otorga a la narración de Jean Echenoz sobre la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra, como también se le conoce, su facultad de conmover, su voluntad de saltar por encima de lo más obvio y evidente, para internarse en el estupor, en la atrocidad y el sinsentido que resultan de toda guerra.

Ha sido inevitable recordar aquí el momento en que Stefan Zweigintenta explicar el porqué de aquella guerra, en El mundo de ayer: “El estallido de la guerra nada tenía que ver con las ideas, y muy poco con las fronteras geográficas. No puedo explicarlo más que por un exceso de vitalidad, una trágica consecuencia del dinamismo interno que se fue acumulando a lo largo de cuarenta años de paz, y que ahora procuraba liberarse violentamente”. Aquí, apenas transcurridas unas pocas páginas de 14 (Editorial Anagrama, España, 2013), tras el sonar de las campanas que anunciaban el llamado a filas, “todos parecían encantados con la movilización militar: discusiones enfebrecidas, risas desmesuradas, himnos y fanfarrias, exclamaciones patrióticas entreveradas de relinchos”.

Poco a poco los hombres se encaminan al frente de batalla. Lo que causa asombro de 14 es el modo imperturbable con que Jean Echenoz hace uso de los recursos del tiempo y del espacio: el centenar de páginas de la narración le son suficientes para adentrarse en la guerra, pero también para desarrollar la otra historia, la que una joven de nombre Blanche protagoniza en el pueblo del que han partido los entusiastas combatientes.

Lo que Echenoz pone en juego en este libro, quiero decir, lo que el relato pone en observación, es el estrechamiento de la percepción, que es condición esencial de toda guerra. La dificultad profunda de comprender cómo ocurren los hechos. Los modos en que la tecnología, antes de aplastar la vida, vuelven inservibles los sentidos del hombre que combate. Porque el combatiente es el hombre atrapado: “El enemigo adelante, las ratas y los piojos encima y detrás los gendarmes”.