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Vivencias en la Duaca errante

Pedaleando las calles se convirtió en un emblema de la ciudad. Repartiendo leche, Petronio Mussett también esparcía bondad y un profundo amor por sus semejantes. Su palabra era recia como las espuelas de sus gallos, parecidas a cuchillos

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Un largo viaje

Su simiente libanesa un buen día germinó en Barquisimeto. Sus antecesores llegaron de Beirut, con su espíritu de comerciantes a todo trance. En los cromosomas de esos hombres viajaban sus orígenes fenicios entrecruzados con sus raíces árabes. Un dedo en el mapa de un país inexplorado: no revestía una dificultad para quienes llevaban el derrotero en la sangre. Atrás quedaban los orígenes sepultados en una espantosa realidad descrita con la sangre de la guerra. Estando en Venezuela recalaron en el estado Portuguesa, desde donde se desplazaron a opciones circunvecinas; su afán de crecer económicamente los hizo escoger Lara como su nuevo centro de operaciones. La familia buscaba mejores condiciones de vida en la ciudad contigua, la prosperidad de la entidad vecina los condujo a sus predios. Hijos de trabajo fecundo, no les importaban las dificultades que acarreaban otras costumbres. Su dignidad estaba por encima del agreste ecosistema de cujisales.

Una vida en otra patria

El 15 de mayo de 1919 nacía en la ciudad de Barquisimeto un niño de buen tamaño al que le dieron por nombre Petronio. En sus primeros años mostró una personalidad arrolladora, jamás se dejaba someter por nadie, actuaba con absoluta confianza en sí mismo. La escuela no lo motivaba en absoluto, se escapaba para irse a las peleas de gallos. Su madre, Dolores García de Mussett, le comunicó a su marido José las dificultades que afrontaba para controlar aquella recia personalidad.  Fue así como en 1928 su severo progenitor se lo llevó a Duaca para que trabajase como comerciante de telas. Sus comienzos fueron duros, pero la bucólica ciudad llena de probabilidades lo hizo anclar en lo que anhelaba. Andando por aquellas calles llenas de tierra, una hermosa mujer conquistó su corazón. La preciosa Aura Rosa Reyes lo atrapó de manera definitiva. La iglesia San Juan Bautista de Duaca se llenó de flores para su matrimonio el miércoles 4 de diciembre de 1940. De esa feliz unión nacieron 12 hijos, caracterizados por la honestidad. Una prole de ciudadanos probos que hicieron de su familia un encuentro de nobleza.    

“La blanca”

Aquel granítico hombre de bien honró el paisaje de las calles de Duaca durante décadas. Su larguirucha humanidad iba por toda la población –en una bicicleta– vendiendo leche a precios asequibles. La gente salía de sus casas con sus respectivas cacerolas para recibir de sus manos un producto de calidad. De tanto observarlo, los crespenses fueron conociéndolo hasta compartir con él; sus chanzas y anécdotas distribuidas como macetas de frutos silvestres, pedaleaba lentamente y atravesaba cada sector con su grito de guerra: “¡La blanca!,  ¡la blanca!”. Desde lejos se oía su vibrante pregón, que era como un aldabonazo en aquellas mañanas henchidas de simbolismo popular. Los niños en edad escolar repetían como bandadas de loros su vivaz expresión, y él sonreía de buena gana ante la ocurrencia infantil. Sus largas extremidades no daban descanso a la bicicleta, hundía sus pies con fortaleza hercúlea para erguirse sobre el caballo de hierro y proseguir llevando el producto a hogares humildes. Sus pedaleadas iban acercándolo a cada barriada, se proyectaba en la bruma por aquellas calles del romanticismo provinciano. Siempre rodando a las mismas horas, su figura amena era esperada con ansia. En cada esquina una historia atesorada por esa realidad que lo motivaba. Era un ciudadano de bien que siempre estaba presto para servirles a los demás. En muchas ocasiones apartaba leche para regalársela a varios ancianos sin familia, no le importaba perder algo de dinero si con ello estaba honrando a Dios a través de su generosidad. Nunca salía de su casa sin llevar recursos que compartía con quien le solicitara ayuda. Los niños lo esperaban con sus vasitos para recibir su regalo. Aprovechaba la oportunidad para animarlos a estudiar y ser responsables con sus actividades escolares. Cuando uno de ellos se ponía grosero, los castigaba por algunos días. En su casa, con el resto de la leche hacía cuajadas y queso de mano con una técnica exquisita.

Como jamás fue mezquino, transmitió sus recetas a varias personas que prosiguieron su labor. Allá también llegaba gente muy pobre que recibía muestras palpables de su generosidad. Un hombre de corazón puro y sin egoísmos que se abrazaba con la bondad de manera definitiva, era por ello que todos se acercaban para conversar con un Petronio Mussett lleno de una enjundia que lo hacía un verdadero patrimonio de una Duaca con espíritu pueblerino que buscaba no morir en brazos del paso del tiempo.

El mundo de los gallos

Afilaba las espuelas como cuchillos. Los gallos parecían observarlo como el gran adalid de sus plumíferas hazañas, el patio estaba lleno de esas aves con mirada de águila y penachos coloridos, adiestradas por la sabiduría de Petronio Mussett, que con paciencia monástica se encargaba de cada uno. Los tomaba entre las manos y les cortaba las plumas para irlos dejando listos para la pelea, y antes de guárdalos les rociaba aguardiente debajo de las alas. Aquella era una tarea diaria que requería dedicación. A cada instante se escuchaban cantar desde sus jaulas, como buscando la debida atención de su mentor. Se movían con destreza en los pequeños espacios cercados con madera y tela metálica. Mostraban una fuerte agresividad al escuchar el ruido que hacían sus rivales. Iban como preparándose para enfrentarse con su doloroso destino. Comprender sus momentos es un arte que bien sabía interpretar el honrado hombre de extirpe noble. Esa actividad ancestral simbolizaba una pasión que nunca lo abandonó. Con suma paciencia iba acercándose hasta ellos para alimentarlos adecuadamente. Después se quedaba observándolos como tratando de conseguir al victorioso de la próxima faena. Desde sus adentros les hablaba con la ternura de un padre, que exhibiría sus ejemplares ante el desafío mortal de otras espuelas. Un hombre con la sencillez de nuestros pueblos. Alto, con la reciedumbre revestida de una honestidad que compartía con su don de gente. El día de las peleas los seleccionaba después de trabajarlos en la semana. Los iba colocando en bolsas de tela para que estuvieran tranquilos, nada de improvisaciones de última hora, todo tenía que marchar de manera adecuada. Aquello era toda una ceremonia que concitaba el interés de todos. Al escogerlos, Petronio Mussett parecía hablarles como depositando su confianza en aquel gallo próximo a estar encerrado hasta que llegara su turno. Al tener todo su equipo, desayunaba y se marchaba a la gallera con la ilusión de ganar; todo su delirio estaba atado en cada espuela afilada como cuchillo. Quizás recordaba sus comienzos cuando contando con tan solo 12 años de edad se jubilaba de la escuela para ir a una gallera. Esa siempre fue una pasión que lo llenaba de ilusión. Allí se convertía en la alegría de cualquier escenario en donde reñían los gallos y los hombres compartían, le encantaba apostar en grandes cantidades ante la sorpresa de todos. La confianza en sus ejemplares lo llevaba a correr grandes riesgos. Aquel hombre alto que emanaba amistad a borbotones era la alegría de cada gallera.

La destreza del ágil matarife

Sobre un mesón iba seccionando a cerdos que vendía a precios ajustados a todos los presupuestos. Aquello era un verdadero festín popular, el solar se llenaba de clientes ávidos de disfrutar los chicharrones, que se cocinaban en un gran caldero, profundamente negro, por el esfuerzo consuetudinario de invocar el fuego de los leños estremeciendo sus sólidas paredes de metal. Con mucha paciencia tomaba una gran paleta de madera para irlos moviendo con el fin de que encontrasen el punto exacto de cocción. El chirriar de la manteca caliente comenzaba a mostrar el dorado del producto en hirviente presentación. En su mano derecha tomaba algo de sal para rociarla sobre el tocino ardiente, la paleta era una espada de madera apartando trozos crujientes. Luego se iban asentando hasta quedar en la superficie como manjares suculentos del colesterol, posteriormente los colocaba en una batea para que secasen. Toda una ceremonia popular en la que se disfrutaba de lo lindo. En su casa nadie se iba sin probar bocado, tuviese dinero o no. Su filosofía era darle de comer a quien tuviera hambre. Cada pieza cárnica estaba destinada a clientes antiquísimos. Doña Elvira de Bortone recibía puntualmente los intestinos del cerdo para elaborar sus célebres salchichas con toque italiano. Los hermanos Paniccia compraban cortes para sus carnicerías instaladas en Duaca desde la década de los años cuarenta.

Petronio preso

El domingo 3 de diciembre de 1978 se realizaban en Venezuela elecciones presidenciales. La contienda se presentaba muy reñida entre el abanderado de Acción Democrática, Luis Piñerúa Ordaz, y su contendor de Copei, Luis Herrera Campíns, quien a la postre ganó. Ese día Petronio Mussett salió a trabajar como de costumbre. Cuando pasaba frente al Grupo Escolar Juan Manuel Álamo promocionó reiteradamente su producto con su tradicional grito: “La blanca, la blanca”. Soldados del Plan República lo detuvieron y lo acusaron de estar favoreciendo una preferencia política en momentos en que estaba prohibido. Lo llevaron arrestado hasta la comandancia de policía. Al darse a conocer la noticia, una buena cantidad de ciudadanos se acercó al lugar para explicarle al encargado del procedimiento que todo era una confusión, que lo que anunciaba Petronio Mussett era la leche que vendía a diario.

Una caída presagia el final

Pasaba de 90 años de edad cuando sufrió una dura caída. Por primera vez su fiel bicicleta quedaba libre de los pedaleos cansinos de una humanidad de gran tamaño. Eran décadas de deslizarse por las mismas calles, las sintió de tierra profunda, para luego descubrir las bondades del asfalto como peldaño de la modernidad. Una silla de ruedas lo resguardaba. Siempre soñando con volver a hundir sus pies en los pedales de la bicicleta. Infructuosamente trataba de regresar, pero desafortunadamente las piernas no respondían. Al calor de su familia murió el 9 de enero de 2011 llenando de profunda consternación a un pueblo que lo quiso profundamente. Esas calles que por décadas recorrió llevando alimentos a todos fueron recorridas por muchas personas que lo acompañaron en su entierro. Un personaje que se dibujó en el alma de Duaca para vivir por siempre en ella.