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El problema con el ego

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Por Eli Bravo

Semanas atrás, Aldo, un cliente que veo en mis sesiones privadas, sacó a relucir el tema del ego. “¿Qué hacer para quitárselo de encima?”, me preguntó. Sospechando que el ego era algo que le causaba molestias, abrumándole con críticas y prejuicios, Aldo creía que ya era el momento de erradicarlo. Su objetivo no era casual, porque si algo tiene mala reputación es el ego. Se le acusa de ser el culpable de nuestras angustias y tribulaciones. Suelta el ego y serás más feliz es un consejo bienintencionado que se ha hecho muy común. Pero resulta que esto no es tan fácil, e incluso, tampoco es recomendable.

El ego, esa idea que tenemos de nosotros mismos, así como la voz interna que usamos para explicarnos el mundo y las cosas que nos ocurren, tiene una función importante. Su inquietud me hizo recordar algo que me dijo una terapista años atrás: esa insistencia de la gente en acabar con el ego está mal fundamentada. Todos necesitamos un ego sano porque de otra forma iríamos por la vida como una gelatina.

Más que eliminar el ego, le comenté a Aldo, se trata de verlo con claridad para establecer otra relación con él. La intención es reconocerlo como una parte nuestra, pero no como el todo. Se trata de recordar que no somos nuestro ego, que no nos define, y que no necesariamente debe gobernar nuestra vida.

Mi comentario estaba inspirado en la visión de Mark Epstein, un psiquiatra neoyorquino que ha estudiado la intersección de las tradiciones occidentales y orientales, quien escribe en su libro Advice not given: “Ni el psicoanálisis ni el budismo buscan erradicar el ego. Hacerlo nos dejaría sin ayuda o psicóticos. Necesitamos nuestro ego para navegar el mundo y para mediar las exigencias conflictivas de uno mismo y el otro”. Epstein es parte de una escuela de terapistas que usa los recursos del mindfulness y la meditación para reforzar la capacidad de observación del yo con el objetivo de rebalancear la forma como se centra en sí mismo, promoviendo así la autorreflexión. Su propuesta es directa: en lugar de debilitar al ego, necesitamos ayudarle para que afloje su agarre.

Dicho de otro modo, en lugar de soltar el ego, podemos hacer que este nos suelte un poco para llevar una vida más plena y satisfactoria. ¿Cómo? Cambiando nuestra perspectiva para ver las cosas con mayor amplitud, perspectiva, ecuanimidad y claridad. Esto es algo que no se logra de un día para otro, tomando una pastilla. Es más bien un proceso, una práctica podríamos decir, que nos permite salir del constreñido espacio del ego para ver el inmenso océano de la conciencia que realmente somos. Desde allí podemos vivir con un ego sano, un ego que, si bien puede tener la tendencia de robarse el show, se encuentra regulado por nuestra capacidad consciente de distanciarnos de él utilizando nuestra sabiduría y recursos internos.

Desde esta perspectiva Aldo y yo hemos usado el mindfulness, la meditación y la conversación para hacer una interesante exploración interna. Un proceso donde el ego no es un problema, sino una oportunidad para expandir las posibilidades de vivir y crecer. Y este es un viaje que a todos, en cualquier momento, la vida nos puede llevar a un lugar de mayor claridad y satisfacción.