Sociedad

Una semana refugiado en el Centro Catalán

“Era el grito de la tierra que se abre, que se quiebra, un llanto grave, no calla, no calla, sigue y sigue, por más de un minuto aquel sonoro y estruendoso sonido nos manda un mensaje a nuestro cerebro”, escribe José María Jove

terremoto 13

EDMUNDO PÉREZ / ARCHIVO EL NACIONAL

Por José María Jove

Claro que lo viví, cómo olvidarlo, era mí cumpleaños. 29 de julio de 1967, cumplía 14. Eran cerca de las 8:00 pm de un día sábado, me mecía junto a un grupo de amigos y amigas en un bello y amplio columpio blanco que disfrutábamos mucho en el parque infantil del Centre Catalá de Caracas, ubicado al final de la tercera avenida de Los Palos Grandes, sector que sería ferozmente afectado por el terremoto.

De repente, entre conversa y conversa, sentimos un rugido largo, profundo. Era el grito de la tierra que se abre, que se quiebra, un llanto grave, no calla, no calla, sigue y sigue, por más de un minuto aquel sonoro y estruendoso sonido nos manda un mensaje a nuestro cerebro: Dios mío ¿qué es esto? Se nos mueve el piso, la noche se bambolea, las estrellas bailan en desorden. Sin haberlo vivido previamente ya sabíamos que era un terremoto.

Eternos minutos, sosiego, ansiedad, miradas encontradas, se oyen gritos de padres y madres buscando sus hijos. "Todos afuera, todos afuera " , nos decían. Reunido  con más de un centenar de personas  alrededor del único televisor que funcionaba en el momento, comencé a escuchar y a ver la tragedia natural más grande que hasta ahora he vivido.

Las noticias eran dantescas, las imágenes de edificios derrumbados prácticamente aplastados nos dejaban perplejos, llantos, gritos de desesperación, impotencia, una calamidad en vivo, no era película, era realidad, no había espacio para publicidad ni cuñas, horas y horas de trágicas informaciones.  No había valor para salir del recinto donde estábamos. Había amenazas de réplicas, algunas sucedieron.

Al día siguiente, junto con mis padres, fuimos a buscar a los abuelos que vivían en La Carlota. No habíamos sabido nada de ellos. Al llegar los encontramos sentados en unos bancos de concreto, en la calle, aún con sus piyamas puestas. Ya todos juntos volveríamos al Centre Catalá donde estuvimos refugiados por más de una semana mientras nos llenábamos de valor para regresar a nuestro apartamento que quedaba en la avenida principal de El Cementerio.

Relatar las horribles escenas de aquellos días no creo que enriquezca el contenido de este escrito. Debe haber centenas de ellas en los recortes de prensa y en los libros que nacieron en esa dura y larga tempestad.

Si quisiera resaltar y subrayar los sentimientos que emergen en su máxima expresión en esos momentos tan duros y tristes. Piense en uno cualquiera, el más extraño, y seguro ese se habrá expresado. Aquel trágico episodio nos unió como ciudadanos por un largo y tortuoso tiempo. La normalidad nos volvió a desunir.

Después de 50 años ¿qué lección hemos aprendido? ¿Es necesario otra tragedia para unirnos? ¿No tendremos una tragedia frente a nosotros que aunque no sea natural nos puede explotar en la cara? Dios nos proteja  de cualquier tragedia.