Sociedad

Una madre desnuda y una fuerza descomunal

“La mirada de mi mamá era de horror e incomprensión y quizás por instinto, corrió desnuda cruzando de un salto el espacio entre el baño y las habitaciones donde se encontraban mis dos hermanos más pequeños”, escribe Víctor Avilán

Terremoto

EDMUNDO PÉREZ/ARCHIVO EL NACIONAL

Por Víctor Avilán

Atardecer extraño, sentía un inquietante silencio. Con mis nueve años de edad intuía que algo estaba fuera de lo normal. Desde ese apartamento en el último piso de cuatro niveles, usualmente se escuchaba en el amanecer y atardecer la biodiversidad que compartíamos como vecinos con los habitantes de un centenario y frondoso jabillo en la urbanización San José del Ávila en Caracas, hoy inexistente al dar paso a la continuación de la Cota Mil hacia la avenida Baralt.

Esa tarde se sentía extraña. 

Mi mamá se metió al baño para ducharse. Yo jugaba en la sala, muy cerca de la puerta del baño desde donde podía observar a mi hermano de tan solo cuatro meses de nacido, que balbuceaba desde su cuna. Mi otro hermano Joel, con cinco años acostumbraba auto mecerse en la otra cuna (aun de adulto conserva ese hábito. Siempre dije que él auto gestionaba sus necesidades. Una especie de software precargado de fábrica). Esa costumbre influenciaba a mi recién nacido hermano y lo mantenía en calma, cosa que mi mamá aprovechaba para gestionar sus otros muchos quehaceres, porque éramos seis hermanos. 

Los otros jugaban distraídamente en otros lugares del apartamento.

Sentí y vi un destello, como un resplandor de flash fotográfico seguido por un sonido chisporreante. Desde donde estaba podía ver más allá del balcón. Ya había oscurecido, pero el cielo se tiñó color rojo sangre. Algo que aun no entiendo. Luego lo más aterrorizante: un rugido salvaje que provenía desde abajo, desde las entrañas de la tierra.

Mi mamá comenzó a reñirnos preguntando quién empujaba la puerta. Luego todo sucedió muy rápido, pero al mismo tiempo como en cámara lenta. La puerta del baño se desprendió por completo desde el marco. La mirada de mi mamá era de horror e incomprensión y quizás por instinto, corrió desnuda cruzando de un salto el espacio entre el baño y las habitaciones donde se encontraban mis dos hermanos más pequeños. Cargó al bebé, Jorge. Y en ese mismo instante, mientras tomaba con la otra mano a Joel, la pared completa se desmoronó y aplastó la cuna y cama donde segundos antes estaban acostados.

Todo se sacudía y agrietaba; el techo se desprendía a pedazos.

No sé a ciencia cierta cómo sucedió lo siguiente. Lo recuerdo como una película; como un observador anónimo y ajeno ante la gravedad de la situación. Mis otros tres hermanos estaban detrás de mi mamá y ella detrás de mi, aún desnuda. Trataba de abrazarlos y yo intentaba abrir la puerta de metal y madera que estaba trabada por el peso y desnivel que se estaba generando en todo el edificio. Escuchaba a lo lejos los gritos de mi mamá y mis hermanos confundidos y aterrados. Pero el atronador ruido profundo, bajo, como si la tierra se hubiese convertido en un gigantesco y hambriento animal salvaje, se anteponía a cualquier otro sonido.

Mientras forcejeaba tratando de abrir la puerta, de reojo podía ver el polvo de las paredes y techo que se desmoronaban, más allá del balcón el rojizo e intermitente cielo. Y en medio de todo, mi hermano Richard arrancando una sabana de entre los escombros para dársela a mi mamá, quien solo la agarró inconsciente de su desnudez. (Se cubrió cuando casi llegábamos a la calle)

Antes de eso, sucedieron varias cosas, algunas de ellas extraordinarias que aun me resultan increíbles y con el transcurrir del tiempo, parecen lejanas y ajenas, surgidas de una experiencia de alguien que no soy yo.

La puerta estaba trabada, los gritos, el ruido, el miedo y la incomprensión de lo que sucedía me mantenían forcejeando, intentándolo. Sorprendentemente la puerta cedió. La había abierto y la aferraba en mis manos. Pensé que se había desprendido con marco y todo como consecuencia de la rotura de las paredes.... pero no. El marco estaba aún encajado en la entrada y la puerta la había arrancado con cerradura completa, como si poseyese una fuerza descomunal. Mi mente infantil me hizo sentirme en ese momento con el poder de mi héroe favorito Superman.

(Con los años y ayuda de amigos terapeutas sin hacer terapia, pude superar ese horror y me informé que el ser humano bajo estrés y miedo, logra cosas increíbles).

Después de que logré despejar la entrada, todos corrimos escaleras abajo. Vecinos que también huían nos gritaban que tuviésemos cuidado porque el edificio se estaba cayendo.

Esa vieja estructura tenía escaleras alrededor, bordeando un centro vacío que mostraba un patio central abajo. 

Este recuerdo, aún muy claro de lo que sucedió en esa huida es de cualquier viejo dibujo animado para televisión. 

A medida que bajábamos corriendo, al mirar hacia atrás podía ver cómo las escaleras caían al vacío al terminar de pasarlas. El miedo a no ser lo suficientemente veloz para evitar ser alcanzado y arrastrado con ellas, me hizo gritarles a mis hermanos, que estaban adelante, y a mi mamá, que se encontraba detrás, que corrieran más rápido.

Logramos llegar a la calle. No sé cuánto tiempo había pasado, pero aún hoy parece una eternidad. La calle parecía una gelatina. La gente nos gritaba para que alejáramos del edificio y del enorme jabillo. El carro de la familia estaba estacionado en medio de la calle, en hilera con tres vehículos, alejados de estructuras altas. Muchos recuerdos de ese momento son difusos, como si estuvieran enmarcados en una bruma con una densa capa de niebla. Solo conservo retazos, y por más que me esfuerzo, no logro claridad. Solo algunas conversaciones que hacían referencia a edificios caídos o casi destruidos en la avenida Fuerzas Armadas, las Torres del Centro Simón Bolívar que casi se tocaban en el movimiento telúrico, según testigos. Las réplicas aceleraban mi corazón cuando zarandeaban el carro. Recuerdo poco de mis hermanos y ninguno de ellos recuerda algo. No he logrado rememorar qué sucedió después, ni cuándo y cómo recuperamos lo que quedó para mudarnos.

Durante muchos años, incluso de adulto, al escuchar cualquier ruido profundo, como el motor de un camión o autobús, saltaba y trataba de huir corriendo de manera totalmente irracional.

Antes que el edificio fuera demolido para dar paso a las nuevas obras de ampliación de la Cota Mil, pase por los alrededores. Fue reparado. Lo sentí tan ajeno, como si nunca hubiese habitado allí.

Siempre pensé que mi trauma de niño por ese terremoto resurgiría de manera descontrolada ante cualquier acontecimiento similar. Sin embargo, ahora la preocupación es otra después de experimentar recientemente un temblor de tierra de intensidad moderada, en el cual me lo tomé con extraña calma, casi con peligrosa insensatez para lo que debería ser una actitud de resguardo, cuidado y auto preservación.