Sociedad

Una chilena desde el balcón se negaba a salir de su apartamento

“Durante una semana los niños del edificio dormimos en los carros, mientras que sólo los adultos lo hicieron en los apartamentos. La edificación soportó el sismo sin problemas, aunque todavía hoy en día muestra la ligera en algún sector del piso de mármol del salón de fiesta”

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EDMUNDO PÉREZ / ARCHIVO EL NACIONAL

Por José Vicente Antonetti

Ese día cayó en fin de semana y lo sé porque me encontraba en un cumpleaños en el salón de fiesta del edificio en donde vivíamos, ubicado en la urbanización Colinas de Los Ruices de Caracas. Faltaban un par de días para mi cumpleaños, que es el 1° de agosto, así que prácticamente tenía 5 años de edad. Al momento del sismo me encontraba jugando en el jardín lanzando pasas con una china que nos habían regalado en el cotillón, cuando de repente sentí el movimiento del piso y se me cayeron las pasas porque perdí el equilibrio. Me doblé para recogerlas y comencé a escuchar gritos. Me erguí y miré de dónde provenían y fue cuando observé que todo el mundo corría hacia el estacionamiento. Los adultos y los niños, pero nadie estaba pendiente de ver quién quedaba atrás sino de ponerse a salvo. Sin saber por qué la gente corría decidí seguirlos y escuché a los mayores diciendo que corriéramos lejos del edificio.

Una vez en el estacionamiento pregunté qué ocurría y una vecina me respondió que había un terremoto. No entendía qué significaba y mis padres no estaban conmigo. Uno de mis hermanos menores, había nacido en abril de ese año y se encontraba en el apartamento tomando tetero. Mi madre estaba con él y mi padre subió a buscarlos, así que abajo solo nos encontrábamos mis otros dos hermanos que vivían para la fecha y yo, aunque todos separados.

Esta vecina me preguntó por mis hermanos y mis padres y no tenía respuesta. Me dijo que me quedara con ella y me llevó al frente del edificio. No muy distante de la entrada, porque frente a la edificación hay una montaña, por lo que sólo existe el espacio de una calle de 2 canales entre el cerro y el edificio.

Allí aparecieron mis dos hermanos que estaban abajo y todos nos reunimos, sin saber de nuestros padres.

Jamás olvidaré que una vecina que vivía en el piso superior al mío, en un edificio de apenas 4 plantas, más el penthouse, se asomó al balcón y nos miraba sin la menor intención de bajar, mientras los demás le gritaban desde abajo que saliera, algo que nunca hizo. Se trataba de una chilena, acostumbrada a los sismos y para quién el movimiento no era algo de qué preocuparse...

La señora vecina que me vio y cuidó desde que corrí al estacionamiento me dijo que estábamos a salvo, porque si el edificio se derrumbaba no lo iba a hacer de lado, sino de arriba hacia abajo, así que aunque estábamos cerca, no corríamos peligro. A los pocos minutos pude ver a mis padres que venían con el menor de mis hermanos, para aquella época.

No volví a sentir más movimiento telúrico, pero por prevención no nos dejaron entrar de nuevo al edificio por algunas horas.

Se trataba de una Caracas muy distinta, en la que la California y El Marqués eran prácticamente la frontera hacia el este y allí comenzaba el barrio de Petare y concluía la autopista Francisco Fajardo.

Mi urbanización, Colinas de Los Ruices, está ubicada entre Caurimare y Macaracuay, justo detrás de Aerocav y separada de La California sur, por el río Guaire. Caracas apenas comenzaba a crecer hacia el este. El Cafetal estaba en plena construcción y Los Naranjos ni siquiera existía en planos, por citar un ejemplo.

Durante una semana los niños del edificio dormimos en los carros, mientras que sólo los adultos lo hicieron en los apartamentos. La edificación soportó el sismo sin problemas, aunque todavía hoy en día muestra la ligera cicatriz que quedó como huella permanente en algún sector del piso de mármol del salón de fiesta.

Recuerdo que mi padre nos llevó a pasear por Altamira y vi algunos edificios en ruinas. Se trataba de una imagen dura, sobre todo en una ciudad pequeña. No era la cantidad de edificios lo que impresionaba, sino escuchar a mi padre decir que había gente atrapada debajo.

El terremoto no duró tanto, pero quienes lo vivimos jamás lo olvidaremos. Ya mayor conocí a dos hijas de Páez Pumar, quienes sufrieron el movimiento estando en La Guaira y quedaron atrapadas. Sus nombres no los recuerdo, pero la mayor perdió ambas piernas y la que le sigue un brazo. Tuvieron que amputarlas para poder rescatarlas.