Sociedad

El terremoto y el cuatricentenario de Caracas

“Tan fuerte era que una de las patas del televisor se quebró y tío y yo tratamos de sostenerlo en vano pues era muy pesado. A medida que el temblor disminuía, recuerdo un sonido similar a los truenos cuando se oían en la lejanía de la tormenta”, escribe Erwing F. Navas quien vivió el sismo cuando vino a Caracas de visita

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FOTO: CORTESÍA DE GRACIELA PANTIN 

Por Erwing F. Navas

Tenía yo ocho años cuando vine por segunda vez a Caracas de vacaciones. La primera vez la pasé en un apartamento de esos que no se si quedan aún por Los Chaguaramos. Mirando desde un balcón de un primer piso hasta que llegaba mi tío que, dependiendo de las cosas, nos sacaba a pasear y ver la Caracas de luces de neón de colores… Demasiado para un niño que venía de San Felipe.

Ante la posibilidad de reencontrarme con ese ambiente, llegué a Caracas la misma noche en la cual fue el espectáculo de fuegos artificiales, que pude admirar desde el edificio Venezuela de Hoyo a Santa Rosalía. No pude evitar llorar de pena por cuánto hubiera deseado que mis padres hubieran visto tal espectáculo, mientras observaba parte de una de las torres Centro Simón Bolívar que tenía el numero “1567” en marquesina de bombillos… También era demasiado para un niño del interior.

Al día siguiente mi tío fue por mí para llevarme a su nuevo apartamento, ubicado en el Edifico El Parque, frente al Parque Miranda, que tenía una fuente de cascada con un puentecito en el lobby y un fascinante ascensor de luces que llevaba hasta su pent-house en el piso 10. La noche del 29 de Julio estaba viendo televisión mientras tía hacia la cena. Empezaba una cuña del whisky Black & White cuando, simultáneamente, la imagen comenzó a verse borrosa y mis tíos aparecieron gritando.

Pero lo más profundo que aún sacude mi ser fue aquel rugido espantoso que venía de la tierra; y el piso moviéndose en todas direcciones mientras las cosas caían de los estantes y se quebraban las de vidrio o cerámica. Tan fuerte era que una de las patas del televisor se quebró y tío y yo tratamos de sostenerlo en vano pues era muy pesado. A medida que el temblor disminuía, recuerdo un sonido similar a los truenos cuando se oían en la lejanía de la tormenta.

Bajamos a la calle por las escaleras. Recuerdo que la fuente de la entrada se había desbordado un poco, cual tsunami, y empapó la alfombra del lobby. Nos refugiamos en el carro del tío frente al edificio, rodeado de muchas personas asustadas. Mi tío volvió a buscar ropa y frazadas y así estuvimos hasta que llegaron otros tíos que también estaban de visita en Caracas (vivían en el hoy Pequiven) y decidieron regresar pues mis primos estaban solos. Decidieron llevarme con ellos pues Morón estaba muy cerca de San Felipe. A mediados de los años noventa, por razones de trabajo, volví a la zona donde está el edificio. Me senté un rato y no pude evitar llorar un poco, pues las cosas pasaron muy rápido para mí y no había quedado tiempo de llorar.