Sociedad

Mi mamá nos dijo: “Mañana compramos El Nacional”

“Yo, como eran tan pequeño no pude echar mi cuento, a pesar que tenía ganas de decir que iba corriendo cuando el movimiento del pavimento me hizo volar por los aires como si fuera una mariposa, un zancudo,  una hoja seca”, cuenta nuestro lecto Luis Alfredo Rapozo

El Nacional

FOTO: ARCHIVO EL NACIONAL

Por Luis Alfredo Rapozo

Era yo un chipilín que no llegaba a los 7 años todavía, con mis pantalones cortos, mi franela a rayas y un corte de pelo al rape con una pollinita sobre la frente, que le encantaba a mi mamá, pero que yo detestaba en la silla del barbero. Transcurría el mes de julio del año 67, cuando Caracas celebraba su cuatricentenario. Fiestas por todas partes se anunciaban en la radio y los principales hoteles de la ciudad petrolera, presentaban grandes bailes con cantantes renombrados de la canción popular. Lo recuerdo tan claro como si hubiese sido ayer.

A mí en lo particular, me dejó un grato recuerdo el Día del Niño en ese mismo mes, cuando en el estadio universitario la Primera Dama entregaba toneladas de juguetes a una chiquillería, que parecía un ejército de niños hambrientos de alegría.

A mediados de mes se murió mi querida abuela, en medio de un aguacero inclemente, cosa que no se olvida, hasta el sol de hoy, porque en esos días cayeron tantos granizos que colapsaron la alcantarilla del patio y entonces una laguna me hizo vivir primores sobre una colchoneta flotante.

Ya cuando terminaba el mes de aniversario, específicamente el sábado 29, cuando los ciudadanos se preparaban para pasar una noche de festejos, fuimos sorprendidos por un sismo violento, que estremeció nuestro entorno, incluyendo el litoral central. La gente se lanzaba desesperada a las calles y se supo de edificios que se desplomaron como un castillo de naipes. Decenas de niños fallecieron atrapados entre los escombros y el recuento de las víctimas fue enorme: 246 cadáveres y más de 1.300 heridos.

Es imposible para mi olvidar esa trágica noche, a pesar que la pasé escuchando cuentos de los parroquianos en la calle, durante toda la madrugada, sobre dónde y cómo pasaron esos segundos del terremoto de 1967

Ya finalizaba el mes de julio y yo me encontraba jugando en mi calle a “policías y ladrones”. Realmente estaba cansado porque el área de juego era tan extensa que pasábamos horas corriendo por las calles, persiguiendo a los ladrones. En eso me encontraba cuando sentimos el terremoto, los carros estacionados saltaban como una pelota de básquet, los materos se caían de los balcones y la gente comenzó a correr y a salir de sus casas en búsqueda de un descampado.

Yo no hallaba qué hacer y opté por regresar a mi casa para encontrarme con mis hermanos.

Después que el corazón se me calmó, me senté en la calzada frente a la casa con mis tres hermanos presentes; estábamos solos, pues mi mamá tenía guardia en el Hospital Clínico y entonces, pasamos horas y horas  escuchando los cuentos que echaban los adultos sobre dónde recibieron el temblor y cómo hicieron para salir  a la calle. Todos hablaban por turnos entre mamaderas de gallo y risas nerviosas. Yo, como eran tan pequeño no pude echar mi cuento, a pesar que tenía ganas de decir que iba corriendo cuando el movimiento del pavimento me hizo volar por los aires como si fuera una mariposa, un zancudo,  una hoja seca…

Mi mami llegó después de la media noche, pues no terminó su guardia, solo para saber cómo estábamos en casa —en esos tiempos no teníamos teléfono– y entonces, lo primero que dijo “Mañana en lo que salga el sol, compramos “El Nacional” para enterarnos bien de este desastre y luego mandamos telegramas a la familia para decirles que estamos bien”.