Sociedad

Los días del billar y los temblores

“Pasados ya unos minutos, decidimos usar lo que nos quedaba de dinero y tomamos un taxi. El taxista no creía en nada, decía que era un temblor nada más y que la gente exageraba y que por lo tanto él seguiría trabajando”, escribe nuestro lector Jacobo de León

Terremoto 7

EDMUNDO PÉREZ/ARCHIVO EL NACIONAL

Por Jacobo de León

Yo cumplía mis 17 años de edad y me sentía ya muy hombre al poder ir a jugar billar. Me dejaban entrar desde los 16 años, siempre y cuando no consumiera alcohol. Ese sábado, como otros, salí con mi amigo Alfredito del Billar de Oro en Sabana Grande y nos íbamos de regreso a casa. Habíamos jugado desde las 2:00 pm y ya nuestro limitado presupuesto no daba para seguir jugando.

El autobús del IMTC pasaba muy cerca y lo abordamos en la esquina donde empezaba la llamada Gran Avenida. Para los muy jóvenes, la "Gran Avenida" no era ni tan gran, pero tenía muchas tiendas en sentido hacia el centro de Caracas, justo antes de llegar a la Plaza Venezuela. Hace muchos años que no pasó por ahí, así que no se qué hay allí ahora.

Lo cierto es que con tantas tiendas, por supuesto, había muchas vidrieras y justo cuando se detiene el autobús en la parada, éste comienza a mecerse extrañamente. Yo veo a mi amigo y se oye un rugido escalofriante que sale de la tierra, combinado con el ruido de las vidrieras que comienzan a quebrarse, todo esto en cuestión de segundos. ¡Nadie sabía que pasaba! Una señora que se estaba subiendo al autobús al ver tanta cosa extraña, atina a preguntarme: “Mijo, ¿qué es esto?” Y yo dentro de mi sorprendido ser, ya con el movimiento telúrico en pleno apogeo, también atino a responderle: “Señora esto es un terremoto. ¡Déjeme bajar!” Y salimos corriendo mi amigo Alfredito y yo... ¿para dónde? No lo sabíamos, pero salimos corriendo.

El autobusero no quiso seguir y el tráfico comenzó a complicarse en la Plaza Venezuela. Sonaban las alarmas de los bancos y los negocios y todo parecía en caos. Pasados ya unos minutos, decidimos usar lo que nos quedaba de dinero y tomamos un taxi. El taxista no creía en nada, decía que era un temblor nada más y que la gente exageraba y que por lo tanto él seguiría trabajando, esto, a pesar de que ya se notaba un paso inusual de ambulancias y muchas patrullas ya iban con las sirenas a todo dar... No pudimos llegar al centro de Caracas. El tránsito colapsó. Las cornisas y muros caídos preludiaban males mayores. Había una ambulancia sacando unos heridos de una casa. Decidimos bajarnos del taxi y como jóvenes llenos de energía que éramos corrimos las 10 cuadras que nos faltaban para llegar.

Todas las calles llenas de escombros y de gente que habían abandonado sus casas y apartamentos y no pensaban regresar y justo frente a nuestro edificio, todos los vecinos se alegraron de vernos. Mis hermanos y mi mamá allí estaban sanos y salvos y justo cuando los abrazaba, llega la primera réplica, todo se comienza a mover otra vez cunden los gritos de miedo y pánico, caos nuevamente y la grieta que se había formado en el medio de la calle, ya se hizo más visible y atemorizante. Siguieron réplicas más leves, pero fue un aprendizaje en vivo de lo que se siente cuando la tierra tiembla. Luego de horas afuera, apareció mi sabio papá, quien decretó que ya lo peor había pasado y que él no iba adormir en una plaza, así que como hijos obedientes nos subimos a nuestro apartamento a ver El Observador en RCTV y a enterarnos de que en efecto, había sido un terremoto lo que azotó a Caracas el 29 de julio de 1967, año cuatricentenario de su fundación. Demás está decir que el trauma me duró por varias semanas y dormía con un tubito metálico recostado en la pata de la cama, para que si temblaba, me sirviera de alarma.