Sociedad

Historias del 6.7 de 1967

Este sábado se cumplen 50 años del último gran terremoto de Caracas. El Nacional recopiló historias de quienes vivieron el sismo

Terremoto

ALFONSO MONASTERIOS | ARHIVO EL NACIONAL

Por EL NACIONAL

Este convulso 2017 se cumplen 50 años de uno de los terremotos más destructores que ha vivido Caracas. En El Nacional invitamos a nuestros lectores a escribir cómo recuerdan el sábado 29 de julio de 1967 en una Caracas festiva, que celebraba el cuatricentenario, se entretenía con el Miss Universo y el fin de clases, y que el sismo de 6.7 de magnitud tambaleó esa noche. Este terremoto puso en evidencia los riesgos de la ciudad. El análisis de sus daños permitió establecer las zonas que son más vulnerables no solo por la tipología constructiva sino por el tipo del suelo, parámetros que permitieron levantar el Mapa de Microzonificación Sísmica de Caracas, publicado en 2009 por Funvisis. A la vuelta de 50 años, la amenaza sigue ahí, igual que los recuerdos.

ALFONSO MONASTERIOS

Fin de mundo, por Carlos González

A mis 6 años vivía en el barrio Las Torres de Los Mecedores en una casa de tres pisos. En la planta baja funcionaba una pequeña bodega en la cual me encontraba cuando el ruido que salía del suelo se combinó con leves movimientos de los estantes donde estaban colocados enlatados y demás mercancías (hasta salmón en lata recuerdo) que se vendían. Cuando el ruido y el movimiento aumentaron en intensidad mi hermana y un amigo corrieron a la calle y me quedé solo; el movimiento no me permitía avanzar la distancia de dos metros que me separaban de la calle. Tambaleando llegué a la puerta de la bodega y sentí que una mano desde fuera me agarró y lanzó a la calle. Cuando logré ponerme en pie ya había pasado el primer temblor. Lo anecdótico es el recuerdo de un hombre que se arrodilló frente a mí y con sus manos unidas frente a su pecho y viendo el oscuro cielo gritó "Fin de mundo”.

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Los tres mosqueteros, por Sylvia García 

Tenía cinco años de edad para la fecha. Estaba acompañando a mi hermana mayor, de 15 años, que como toda adolescente se probaba ropa en su cuarto. Comenzó a temblar y mi papá nos ordenó, como medida de seguridad, quedarnos debajo del marco de la puerta, pues, según él, era sitio seguro. Mi mamá alardeó toda la vida, de tres figuras de cristal de los legendarios Tres Mosqueteros, que siempre reposaban en la vitrina del comedor, y que yo insistía en que me dejaran jugar con ellos. ¡Ilusa yo! Pues en el temblor cayeron y se volvieron trizas, quedando solo, y para mi sorpresa, las tres caritas intactas, muy sonrientes ellas... Y yo las veía desde mi trinchera improvisada. Gracias a esto, se cumplió mi sueño de jugar con Athos, Porthos y Aramis... aunque solo fuera con sus cabecitas, y sus sonrientes caritas  de dientes muy blanquitos. ¡Qué inocentes somos cuando niños somos!

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El terremoto de los ricos, por Álvaro Rivas Rodríguez 

Apenas contaba con 14 años de edad y había terminado con buenas notas el segundo año de bachillerato. Ese día fuimos a ver una película en el Cine París y después a comer a la Fuente de Soda El Faisán. A las 8:00 pm regresamos a la casa y nos disponíamos a ver por Venevisión la retransmisión del concurso de Miss Universo. A los minutos un gran ruido se escuchó con un tremendo movimiento en el edifico Cocoyal en la primera avenida de Santa Eduvigis. Salimos todos corriendo hacia la calle. Al bajar nos encontramos a los vecinos en llanto, desolación y miedo. Mis amigos estaban en la cuarta avenida de Los Palos Grandes y allí había varios edificios afectados y uno destruido, el Mijagual. Esa noche la pasamos fuera de nuestras casas recibiendo con terror y miedo las noticias de los muertos en el este de Caracas. Fue el terremoto de los ricos. Gran destrucción en Los Palos Grandes, Altamira y el litoral de Caracas. Tristes recuerdos de una noche que era celebración y se transformó en muerte y desolación.

La cruz en el suelo, por Carlos Martínez Jiménez

A las 8:05 de la noche cuando me disponía tranquilamente a salir de mi casa en Sarría para una fiesta en el Teleférico del Ávila recuerdo aquel ruido sordo y vibrante bajo mis pies, que hizo salir de sus viviendas a toda la población buscando sitios despejados. Mi papá cenaba y salió despavorido, mis sobrinas, adolescentes en ese momento, de visita en casa se abrazaron de mi mamá y salieron también. Yo quedé dentro y el vaivén me impedía salir rápidamente. Al rato nos fuimos varios muchachos vecinos a pie y llegamos a la Catedral hallando la cruz que estaba en el techo de la entrada de la iglesia, en el piso, cuya caída talló su forma en el suelo exactamente a la entrada.

Atrapada entre dos neveras, por Alis Luna Parra

Mi nombre es Alis Luna Parra y tengo 64 años de edad, nací en el año 1953 y viví la experiencia del terremoto de 1967. Vivía en Caracas en el barrio Isaías Medina Angarita de Catia y yo estaba viendo por la TV al cantante Cherry Navarro, autor del disco Aleluya, cuando me sorprendió el terremoto y quede atrapada en el medio de dos refrigeradores, entre los cuales por poco muero. En ese entonces yo tenía 14 años de edad y estaba sola en la casa por lo cual no sabía qué hacer cuando en ese momento en vista de que estaba atrapada en medio de las dos neveras, retrocedí un poco y alguien me agarró y en el momento que me sacó se desplomo la viviendas de dos plantas. Recibí golpes y desgarros en la piel, pero gracias a Dios estoy viva para contar lo sucedido. Pero quedé sola, ya que la tía con la que vivía falleció a causa del terremoto. Ella trabajaba en un edificio llamado Mijagual. 

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Regresar por un trozo de torta, por Yoreima Miranda

Tenía 4 años y vivía con mis padres y mi hermanito de 3 años en Ruperto Lugo, Catia. El día del terremoto de 1967 era sábado y estábamos en un bautizo mi mamá, mi hermano y mi abuela materna. Recuerdo que en algún momento de la tarde la casa comenzó a sacudirse fuertemente y le pregunté a mi mamá que quién había puesto la casa en una mecedora. Salimos todos a la calle pero mi abuela se devolvió a la casa a picar un pedazo de la torta del bautizo. Fuimos caminando hasta nuestra casa y la pared de la sala detrás del televisor tenía una gran grieta diagonal del techo al piso.

Ésa noche todos los vecinos de la calle (era una calle ciega) dormimos a la intemperie. Esos son mis recuerdos del terremoto de julio de 1967.

Dormir en el estacionamiento, por Morella Díaz

Vivía con mi familia y mi abuelo en los bloques de la 10 de Marzo en La Guaira. Tenía solo 4 años, pero recuerdo vívidamente el momento en que se movió la tierra, recuerdo cómo todo se estremeció y mi abuelo nos tomó de las manos a mi hermana mayor y a mi y nos bajó desde el piso 8 por la orilla de las escaleras en medio de la oscuridad. Recuerdo que cuando llegamos al estacionamiento todo era caos, la gente lloraba y pasado un tiempo llegó mi mamá con mi segunda hermana, mi mamá lloraba y le pedía a mi abuelo que no volviera al apartamento, pero el se fue. Llegó un momento en que nos acostaron, éramos un montón de personas acostadas en el estacionamiento arropadas con sabanitas blancas. Esto es un recuerdo que jamás he podido borrar de mi mente.

ALFONSO MONASTERIOS

“Hijo, no me mesas”, por Juan Carlos Boggiano 

Vivía en Valencia el día del terremoto. Mis recuerdos son pocos porque tenía 5 años de edad. Ese días estaban transmitiendo el concurso de Mis Venezuela, o alguno de belleza, mi mamá estaba en su mecedora viendo el programa, yo estaba en la nevera entrando la cocina, y la mecedora, que me quedaba de espalda, se comenzó a mover sola y mi mamá me decía "Hijo no me mesas". Lo repitió varias veces hasta que yo le dije mamá yo estoy en la nevera, en ese momento como por arte de magia salimos a las escaleras y bajamos a la calle, donde se reunieron muchas personas. La luz fue suspendida, aunque en Valencia no se sintió como en Caracas fue un movimiento duro. Un gran susto.

Vía a Achaguas, por Víctor Daniel Solórzano

No lo sentí, apenas tenía 6 meses de edad, pero mi madre cuenta que estando sentada en una mecedora, esta comenzó a mecerse sola. Esto sucedió en la finca, en la vía hacia Achaguas, estado Apure, a 500 kilómetros de Caracas.

La fiesta más linda recordada, por Beatriz Sáez

Nací el 27 de Julio de 1966, era la primera después de una larga espera. Mi madre le costó quedar en estado y finalmente nací yo. Mi papá dice que fue la luz, que hubo celebración y "miados" por varias semanas y que recibí regalos como si fuese una princesa.

Para celebrar mi primer año cómo caía un jueves exactamente como hace 50años, mis padres decidieron bautizarme el sábado 29. Llegó familia desde el interior. Botaron la casa por la ventana. Mi madrina que trabajaba en helados Efe, instaló un carrusel para delicias de todos los niños.

Cuando comenzó a temblar yo estaba con mi nana. La cual corrió conmigo saltando un muro para llegar a la calle y salvarnos. Si bien era muy chica aún tengo sueños donde de manera confusa recuerdo el miedo del temblor y el ruido de la tierra.

Me cuentan que toda la familia se resguardó en los autos a pasar la noche por miedo a las réplicas. Afortunadamente no pasó gran cosa en la casa. Y a pesar de que la fiesta se arruino al igual que muchas áreas de nuestra bella ciudad todos pudimos tener suficiente bebida y alimentos de la fiesta más linda y recordada de toda mi familia.

Hoy en día a mis 51 años de edad las personas recuerdan mi cumpleaños por ese trágico y significativo día. Mi padre siempre me contaba de los edificios derrumbados en Los Palos Grandes como el San José, Neverí y Mijagual, donde fallecieron muchas personas.  Así fue ese día para nosotros una experiencia alegre, dulce y triste.

Todos en el Chevrolet, por Cruz María García

Tendría yo 9 años de edad cuando ocurrió el terremoto de Caracas. Ese día sábado había salido de paseo con mi papá y su esposa. Mi madre, soltera, siempre estaba trabajando. Normalmente yo salía con mi padre y su esposa los fines de semana porque él tenía carro. Recuerdo que el cielo ese día estaba particularmente rojo y nublado, o por lo menos ese es mi recuerdo. Mi madre y yo vivíamos en Maripérez, en una habitación, al final de la casa, de esas casas de antes que tenían el porche, luego la sala, el comedor, la cocina, el patio del lavar y al final estaba la habitación de mi mamá que era quien cuidaba de la anciana madre del dueño de la casa. La casa era de dos pisos. Arriba vivían el dueño de la casa con su familia (esposa y 9 hijos que son como mi familia) y abajo vivíamos mi madre, la "Maña" (ese era el mote de la viejita), mi madrina (la hija mayor) y yo. Recuerdo que mi mamá me recibió y mi papá se fue. Mi madre me preguntó si tenía hambre. De pronto, sentí como un rugido de león y, estando ya en el patio, vi cómo las paredes bailaban y se unían en una danza terrorífica. Las cuerdas de colgar la ropa saltaban y solo sentí una mano que me halaba a toda velocidad hacia la calle. Era mi madre quien corrió como un lince para salvar mi vida primero, cuando me dejó en la calle entró nuevamente y sacó a la “Maña" y cuando ya estaba afuera se puso a llorar. No se en qué momento salió el resto de los habitantes de la casa. Solo recuerdo llantos y gritos de terror, pero nada más. Al rato, llegó mi padre y su esposa, quienes vivían en la Alta Florida. Recuerdo que mi padre tenía un Chevrolet de esos grises, grandotes, y nos invitaron a entrar. Los cuatro pasamos el susto dentro de aquel enorme carro, como cualquier familia normal, pero el recuerdo de los terribles momentos vividos durarían para siempre.

Tembló la tierra, por Carlos E. Pérez

“¡Corre mamá!”, alcancé a decir al tiempo que la arrastraba por la mano. Abrí la puerta del apartamento y al salir al pasillo todo se movía en todas las direcciones. Fuimos los primeros en llegar a la calle, pese a que no estábamos más cerca. El ruido ensordecedor todavía puedo recordarlo, así como los peldaños de las escaleras en movimiento. Tenía tan solo 13 años de edad, y sin camisa, me resistía a entrar a la ducha pues en la televisión pasaban el concurso de Miss Venezuela. La reacción fue rápida, pues unos días antes había escuchado de la posibilidad de un terremoto en Caracas.

Una vez en la calle, regresé al apartamento para buscar una camisa y cerrar la puerta, allí me sorprendió una réplica, que me puso de nuevo en carrera.

Esa noche nos tocó dormir en el piso de la casa de unos primos en El Paraíso. Las noticias de muertos y edificios caídos en algunos lugares de Caracas y La Guaira aparecían por la televisión.

Todavía hoy, cincuenta años después, recuerdo el terremoto cuando paseo por la urbanización Los Palos Grandes, donde varios edificios se volvieron polvo. Tembló la tierra, y dejó en nosotros los miedos de una naturaleza impredecible.

ALFONSO MONASTERIOS

El temblor de las bestias corriendo, por Inés González

En Los Teques se sintió el terremoto. Creo que es mi primer recuerdo. Yo apenas tenía dos años y no conozco a nadie que tenga recuerdos de esa edad. Quizá fue por la gravedad del suceso que me quedó grabado a fuego. Fue un gran bullicio en la casa en construcción que habitábamos. Alguien gritó “¡Carguen a la niña!”, que era yo, y un tío gordo en efecto me alzó. Detrás de su hombro vi a través de láminas de zinc una estampida de animales calle abajo. Era la época en que aún convivían personas y animales, ya que la alimentación no estaba totalmente industrializada. En mi mente infantil, la tierra temblaba por la huída de esas bestias que corrían como asustadas o quizá en busca de algo. Años después supe que se había tratado de un terremoto y que los animales son los primeros que sienten su advenimiento. El bramar y los gritos. No recuerdo mucho más. Me dicen que esa noche todos los del barrio La Mata dormimos afuera de las casas, en la carretera. Yo, que fui destetada tarde, como a los cinco años de edad, quizá estaba plácidamente pegada a la teta de mi madre esa noche.

La réplica nos tumbó, por Noris González

Tenía yo 10 años de edad y eran las 8:00 pm. Estaba viendo el Miss Universo, había una mesa de planchar en la sala y se cayó sola. Las personas en la TV también gritaban. Cuando se cayó la transmisión  empecé a gritar buscando a mi madre y no podía caminar porque todo temblaba como olas en el piso. Vivía en Catia La Mar y en mi casa estaban construyendo el techo de la cocina, que la habían tapado con zinc para que no se mojara. Mi madre estaba allí y decía que en el techo estaban unos perros montados; inocente de lo que estaba pasando, con un palo le daba al techo para espantar los animales que según ella estaban allí. Mi hermanito tenía un año y estaba en el corral. Yo lo cargué como pude y salí corriendo como mareada, baje las escaleras hacia la calle y mi madre llorando me dijo “Es un temblor de tierra”. Mi hermana estaba sentada en una orilla de la calle y casi se va por un barranco. Se escuchaban como truenos debajo de la casa y todo vibraba, las matas iban y venían. Mi madre subió a la casa a apagar la cocina y la olla del tetero que estaba preparando a mi hermanito estaba en el piso con todo regado. Nos sentamos a esperar a mi padre que trabajaba en Maiquetía en una confitería. Él estaba contando un dinero en monedas y todas se le cayeron al piso con el temblor. Cuando estábamos sentadas hubo otra replica que nos tumbó del banco, luego empezó a llover. Una tía había pronosticado este terremoto, porque el calor era insoportable, unos días antes había temblado en Colombia y el agua del grifo salía caliente. Estuvimos varios días durmiendo en el carro y un día salimos a ver los desastres. La Mansión Charaima, en Caraballeda, quedó a la mitad, los barcos que estaban cerca del Hotel Sheraton estaban volcados y una casa se salio del suelo y quedó con las columnas afuera como raíces. Vimos cómo sacaban algunos muertos de los edificios. No quisiera volver a vivir esa pesadilla que todavía recuerdo como si fuese ayer.