Papel Literario

Simone Weil: Rápido ascenso hacia la muerte

El pasado agosto se cumplieron 75 años de la prematura muerte de Simone Weil, filósofa y mística cristiana. Comentamos dos de sus biografías publicadas: la extensa y minuciosa de Simona Petrement, profuso archivo de documentos y entrevistas, y el ensayo biográfico de Gabriela Fiori, interpretación de su obra escrita y su camino intelectual y espiritual

Simone Weil

Cultura Inquieta

 Simone Weil 

Por Nelson Rivera

El que se equivocaba recibía una bofetada. Ocurría en 1916, cuando Simone tenía siete años y su hermano André, nueve. Habían establecido un juego de memoria que consistía en recitar escenas completas de Corneille y Racine. En el verano de aquel año, los Weil fueron al campo. André se internaba en un lago a bordo de un pequeño bote. Dejaba que el anzuelo de su caña de pescar se hundiera, mientras leía un libro de gramática griega. Vivían en un mundo único, imposible de penetrar por otros niños, atravesado por el deseo de aprender. Todo eran juegos de inteligencia, de conocimientos y de palabras. Ambos repetían un chiste a su padre: Eres bastante peor que un padre.

La madre de Simone Weil había nacido en Rostov del Don, ciudad ubicada en el sudeste de Rusia. Provenía de una familia de gente culta, apasionados del arte y de la música. El padre era un médico mundano, oriundo de Alsacia, interesado en la política y en todo cuanto ocurriese a su alrededor. Uno y otro pertenecían a familias de judíos liberales, que no practicaban los preceptos religiosos. Un perspicaz y asiduo amigo de los Weil sostiene que, todavía más impresionante que las filosas bromas que se cruzaban entre los miembros de la familia, era la calidez que reinaba en la atmósfera: vivían en estado de ternura.

Vivían en París cuando Simone nació el 3 de febrero de 1909. Niña de salud quebradiza, sus convalecencias eran recurrentes. Mientras se recuperaba de sus distintas dolencias, la pequeña leía y escuchaba las lecturas en voz alta de su hermano André. Rápidamente fue evidente que André estaba dotado de capacidades excepcionales, pero también, que Simone era portadora de una tenacidad y una fuerza de carácter que muy pronto comenzarían a estremecer las vidas de quienes le rodeaban.

Una carta de la madre de Simone Weil, fechada en 1915, sugiere la envergadura del caso: “No hay quien pueda con ella. Su obstinación es realmente indescriptible y ni su padre ni yo nos explicamos a qué pueda deberse. Se enfrenta con nosotros sin amilanarse, con un aplomo y una seguridad más bien cómicos (muchas veces mi marido no puede contenerse y en medio de una escena de estas le entra de repente la risa).... Seguramente la he mimado mucho, e incluso ahora, cuando está simpática, sigo mimándola, no puedo evitarlo, y besándola mucho más de lo que debería hacerlo”.

El encuentro con El Maestro

La que expresaba claramente su preocupación por la guerra a los siete años de edad, muy pronto comenzó a ser percibida como una persona radicalmente distinta de las demás. Los adultos la describían como alguien que parecía haber vivido más que ellos mismos. Una vieja doméstica anunció un día: esa niña es una santa. A la edad de diez años Simone y sus amigas fundaron la ‘Asociación de los Caballeros de la Tabla Redonda’, que se reunía para leer versos o para representar a cada uno de los caballeros. Un anuncio tuvo lugar entonces: la señorita Weil optó por representar a Perceval, “por no estar casado”.

La que no jugó nunca con muñecas, se pronunciaba con desprecio hacia el Tratado de Versalles, a la edad de diez años. A los once escribió su primer relato. A los doce ya expresaba con firmeza su repulsión a ser tocada, o ser destinataria de sentimentalismos. En plena adolescencia un profesor de física la llamaba ‘nuestro viejo sabio’. Cada vez más solitaria, alrededor de 1925, en sus catorce años, aparecieron las inquietudes religiosas, sin que por ello se despegara de la lectura diaria de la prensa más extremista. Escuchaba lecciones con el filósofo Le Senne, mientras leía a Whitman y a Stendhal. Fumaba sin parar, con la punta de cada cigarrillo apuntando a su rostro.

El período entre 1925 y 1928 es decisivo para encauzar su vasta formación: se produce el encuentro con Émile-Auguste Chartier, famoso maestro de filósofos, conocido como Alain (en Lecciones de los maestros, George Steiner escribe: “La suya fue sin duda una presencia dominante en la historia moral e intelectual europea. Su influencia impregnó la educación francesa e importantes elementos de la política francesa desde 1906, el año de rehabilitación de Dreyfus, hasta finales de la década de los cuarenta. Su prosa posee una economía y una claridad no superadas. Su integridad estoica tuvo hechizadas a generaciones de alumnos. La comparación con Sócrates devino rutinaria. Alain era ‘el sabio de la ciudad’, el Maitre des maitres”). Más allá del debate de si la influencia filosófica del gran maestro fue decisiva o no en Weil, una de las tesis centrales de Alain, aquella que dice que vivir es pensar, bien puede considerarse como una especie de idea-catapulta que, por oposición o proyección, la impulsó no solo a sus primeras reflexiones sobre El trabajo, sino mucho más allá, hacia el desmantelamiento de la tensión entre pensar y actuar.

Escribe Simona Petrement: “La rebelión contra el orden social, la indignación, la severidad respecto de los poderes, la elección de los pobres como compañeros, no venían de Alain. Son rasgos con los que de antemano entroncaba ya con él. (…) el pensamiento de Alain no es ciertamente ajeno a la lucidez y fuerza del pensamiento que ella mostrará después en el terreno político. Sin Alain, quizás Simone hubiese despilfarrado su entrega al servicio de un partido. Pero en su voluntad de situarse siempre en el campo de los esclavos, más que en construir a partir de su doctrina, Alain fue para ella su maestro. Un sentimiento que era en Simone –como también en Alain– algo inmediato y rasgo de carácter anterior a toda filosofía”.

Heridas que florecen

No era un rasgo pintoresco y vano: siendo una estudiante de la Escuela Normal, Weil se vestía (sería más acertado decir se tapaba) con un chaquetón tubular, que hacía inimaginable (impensable) la forma de su cuerpo. No permitía que la tocaran. Se mostraba reacia a comer. Había desarrollado un rigor para el juicio y la crítica, cuyo resorte se desataba al menor estímulo. En su inteligencia frontal parecían convivir una frialdad sin ambages, con apasionamientos temáticos, que la adherían a las diversas causas (por cierto, Simone de Beauvoir le dedica algunas expresivas imágenes en Memorias de una joven formal: “Ella me intrigaba por su reputación de gran inteligencia y su extravagante manera de vestir; deambulaba por el patio de la Sorbona seguida por una banda de ex alumnos de Alain (…). Por aquel entonces, una hambruna acababa de devastar China, y me contaron que, al enterarse de la noticia, se había echado a llorar. Unas lágrimas que me obligaron a respetarla más aún que sus dotes para la filosofía. Enviaba su corazón capaz de latir por el universo entero. Hasta que llegó el día en que pude acercarme a ella. No sé cómo nos encontramos conversando, cuando afirmó, de forma enfática, que solo había una cosa importante: una revolución que asegurara comida para todo el mundo. Yo le contesté, también enfática, que el problema no era lograr la felicidad de los hombres sino el dar sentido a la existencia. Me miró de arriba abajo y dijo: Se ve que nunca has tenido hambre. Y allí se acabaron nuestros contactos”).

Camino propio

Weil resultaba cada vez más áspera e inaprensible para las autoridades de la Escuela Normal. Su peculiar brillo académico (“la ley de los trabajos es la de ser constantemente indiferentes tanto a lo que precede como a lo que debe seguir”) se mezclaba con su participación en campañas antimilitaristas, colectas para apoyar huelgas, distribución de panfletos contra la aprobación de leyes o los despiadados sarcasmos que repartía a profesores y autoridades (compañeros suyos de aquella época han confesado que temían a su verbo hiriente), para denostar de los privilegios de la actitud puramente intelectual.

Joven arisca y provocadora, extraña y como despojada de vida personal (que escogió des-vestirse, en palabras de George Bataille), que fascinaba y agotaba a las personas que tenía cerca, hizo trabajos como campesina en el verano de 1929; escribía artículos y ensayos políticos cuyo coraje y perspectivas impresionaban o irritaban a los lectores; haciendo caso omiso a su notable debilidad física participó en una carrera de largo aliento: cuando Simone terminó la primera vuelta al estadio, el resto de las competidoras ya habían iniciado la tercera vuelta; hacía planes para convertirse en obrera, cosa que hizo varias veces en su vida, y que debe haber sido un factor determinante en su creciente debilitamiento corporal, y que seguro presionó hasta niveles inimaginables la migraña que la acompañó casi a diario, a todo lo largo de su vida.

Aquí y allá le cuelgan un mote: la virgen roja. Se introduce de lleno en las organizaciones sindicales, donde promueve debates; imparte clases de filosofía a unos pequeños colectivos de alumnas que la admiran, le temen y la protegen; todos los días compra la prensa para informarse de las huelgas en Francia: toma parte de su salario y lo envía como contribución; viaja por ciudades europeas; fomenta la creación de grupos intersindicales; escribe en prensa de izquierda; enfrenta a Trotsky en un debate; se ve mezclada en unos violentos disturbios ocurridos en Le Puy, ciudad donde ha sido enviada como profesora; se incorpora a las milicias anarquistas en la Guerra Civil de España e, incluso, participa en una acción militar como parte de la Columna Durruti. Más adelante se consagra a un recurrente activismo en contra de la guerra.

La escritura y la muerte

Aunque vivió apenas 34 años, Simone Weil resulta una figura inacabable, cuya obra tiene el atributo de proyectarse siempre hacia lugares insospechados. Mientras ocurrían los hechos que someramente consigna esta relación, y tantos otros tan significativos como los mencionados cuya exposición desbordaría los límites de este espacio, mientras esa incalculable experiencia crecía para trocarse en una compleja densidad interior, esta mujer escribía. Acumulaba un considerable cuerpo de escritura conformado por cartas, sugerentes y prolíficos cuadernos de notas, una tragedia inconclusa, artículos, ensayos, poemas, pensamientos dispersos aquí y allá que testimoniaban su amor a Dios. Porque, además, ‘la santa’ o ‘la virgen roja’, mientras se mantenía en el torrente de los acontecimientos, se había entregado también a la meditación filosófica-religiosa que la lleva al mensaje del cristianismo, pero sin ceder en su posición de lejanía hacia la Iglesia (copio uno de los más citados fragmentos de su Cuaderno: “Creo en Dios, en la trinidad, en la encarnación, en la redención, en la eucaristía, en las enseñanzas del evangelio. Al decir ‘creo’ quiero expresar, no hago mío lo que la Iglesia dice sobre estos puntos para afirmarlo como se afirman hechos de la experiencia o teoremas de la geometría, sino que me adhiero por amor a la verdad perfecta, inaprensible, encerrada en el interior de estos misterios y trato de abrirle mi alma para dejar que penetre su luz en mí”).

Con especial cautela debo referirme a los muchos elementos que han sido requeridos para pensar la temprana muerte de Simone Weil. Inevitable es recordar la precariedad de sus condiciones físicas y el asedio interminable de la migraña por más de veinte años. También sus fobias al contacto corporal (“el matrimonio es una violación consentida”) y a una interminable lista de alimentos y preparaciones. No hay cómo eludir un hecho que considero primordial: el paulatino e irreversible abandono de su propia belleza, su transcurrir como en un lugar distinto a su propia corporeidad. Están, y cómo podrían ser olvidadas, sus experiencias místicas. Y, aún más, lo que resulta evidente o, al menos, una posibilidad originada en las lectura de sus Cuadernos, y es que Simone Weil tenía una profunda necesidad de gracia, la presencia en su alma de una fuerza que insistía en aproximarse o entregarse a Dios.

Y es así, como luego de peripecias cuya narración comprometería todavía un espacio más extenso, y que podrían conducirnos a un juicio apresurado que lo reduciría todo a un reduccionista ella-quería-morirse, la noche del 15 de abril de 1943 Simone Weil es encontrada en el piso de la habitación donde se hospedaba en Londres. Hospitalizada le diagnostican tuberculosis, que se agrava por su anorexia continua y agravada. Ya no ingiere alimentos sólidos. Logra que la trasladen a un sanatorio, a una habitación con una ventana a un campo. La noche del 24 de agosto de 1943 fallece mientras duerme.

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Simone Weil. Una mujer absoluta

Gabriella Fiori

Adriana Hidalgo Editora

Argentina, 2006

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Vida de Simone Weil

Simone Pétrement

Editorial Trotta

España, 1997