Papel Literario

Rafael Montilla, el Morfeo de la posmodernidad

“¿Estamos en presencia de un artista que, en cierto sentido, personifica al Morfeo de la posmodernidad que nos brinda la ‘píldora roja’ y nos invita a trascender nuestros patrones mentales artificiales para que ‘nos demos cuenta de que no somos lo que realmente somos / no vivimos nuestra vida’ y de que somos ‘patrones implantados’?”

“El Ávila”

Rafael Montilla

 “El Ávila” (2018) 

Por Gustavo Hernández Díaz | Johanna Pérez Daza 

Venezolano residenciado en Miami. De habla apacible y voz sosegada. La búsqueda interna impregna su propuesta que se pasea por distintos formatos y soportes. En sus referentes se encuentran Wassily Kandinsky, Piet Mondrian, Emma Kunz, Franck Stella, Rolando Peña “El Príncipe Negro”. Entre sus maestros cita a Sri Aurobindo, George Gurdjieff, Juan Víctor Mejías, Gandhi y a un “recogelatas” que marcó su vida. Su pretensión es pasar desapercibido y dejar que la obra hable por él. Su trabajo “Kubos en acción” ha tomado las paredes de Miami, Las Vegas, Nueva York y otras ciudades. Hablamos con Rafael Montilla y compartimos con él algunas reflexiones que permiten acercarnos a sus búsquedas expresivas a través del arte.

Lo primero que hay que resaltar es la triangulación artista-obra-comunidad como invitación a pensar. Veríamos grandes transformaciones “si tan solo una parte de la humanidad empezara a enfocarse más en nuestra dimensión interna”, sostiene. Le preocupa el presente y futuro de la sociedad y las condiciones impuestas por el sistema: “la matrix no es una democracia, los dispositivos tecnológicos suelen distraernos y confundirnos, automatizar a la gente. Nos aislamos y no hay libertad, y quien se atreve a ir contracorriente es criticado”.

Le interesa comunicarse y llegar a más personas, para esto las intervenciones urbanas –a partir de la geometría abstracta– han sido particularmente oportunas en cuanto a alcance y difusión se refiere, al punto de afirmar: “la calle es mi galería. Las calles son mis redes sociales”.

“La calle me permite llegar a muchas más personas y esto está haciendo efecto porque la gente mira los Kubos, los reconoce e identifica. No les coloco firma, no la necesitan porque ellos se desarrollan solos y la nueva tendencia es que la gente al ver la obra sepa de quién es. La obra, en sí misma, es mi propia firma”. Obra y artista fusionados en una identidad.

Se define como un irreverente que no pide permiso ni quiere hacerlo: “si pido permiso, se pierde la magia”. Se apropia del espacio porque lo siente propio. En la medida en que la gente conviva con la obra se logra que sea realmente colectiva, nuestra: “dejamos de ser lo que somos, luego de interactuar con una obra de arte”, asegura.

Su propuesta artística es una exhortación para “rebelarse y ser uno mismo”, comenta Montilla, quien, además, se preocupa por los patrones que rigen nuestras vidas: “criticamos y repetimos los errores que criticamos, porque estamos programados”. Afirma que hay que “ir a lo interno, el Yo de cada persona y sacarlo, sin ser manipulado”, y más adelante nos persuade: “hay que atreverse a experimentar y mostrar las distintas capas que nos componen, dependiendo del lugar y las circunstancias que nos toquen vivir”. De aquí que las emociones y vivencias sean parte fundamental de su obra.

Ha vivido en la India y de allí se trajo el aprendizaje de que uno está donde puede aprender, para evolucionar, crecer, no hace falta estar en ningún lugar especial. Sobre retos futuros comenta que “me motiva saber que debo seguir trabajando, seguir tomando el espacio y avanzar”.

Plantea una autoevaluación como sociedad en la que atiende, paralelamente, la revisión crítica desde la mirada de un artista preocupado, entre otros, por temas como los apegos materiales, los antivalores, la contaminación y la dependencia tecnológica. Advierte: “la espiritualidad no va en contra de la tecnología, uno crea a la tecnología y esta a su vez nos crea a nosotros, nos permite avanzar, sirve de escalón para evolucionar. Pero no hay que dejarnos controlar. Mientras la tecnología avance, mejor para todos, para nuestra evolución interna y externa. Somos como cuando nacimos, pero empezamos a contaminarnos”.

Experimenta con distintos materiales y procesos. A través de las fotos en ilusión 3D asume el reto de equilibrar la belleza de la imagen más allá de los bordes y la rigidez. En el “Big Bang” expuesto recientemente en el museo de Coral Gables abordó la expansión como vía para “sacar nuestro potencial, todo lo que realmente somos”. En su conjunto, su trabajo artístico se sustenta sobre una premisa: “el mundo está en la mente, no la mente en el mundo. En la mente se crea todo”.

De la conversación con Rafael Montilla y el acercamiento a su obra surgen estas reflexiones que abarcan la semántica del Kubo, la estética y la filosofía del ser:

Uno de los aspectos importantes de la comunicación es la interacción que establece la persona con la realidad y la cultura glocalizada de tecnologías, esto es, qué dicen en un primer momento las emociones respecto de la expresión artística, sin ningún tipo de mediación racional devenido muchas veces en catálogo museístico. En su propuesta artística el cubo es protagonista en su manifestación fotográfica, escultórica y en arte urbano. Sus intervenciones cubistas nos demandan mayor atención humana hacia la ciudad y la naturaleza misma. Estamos en presencia de una estética muy singular donde la “K” de “Kubo”, es una irreverencia semántica novedosa que nos invita a pensar en un neo idiolecto con la K para significar Kurbano (K más urbano), Kunatural (K más naturaleza).

Cuando sus Kubos conversan con la ciudad y la naturaleza, se mueven sobre lo sólido y lo líquido, como los habitantes de una urbe. Sus Kubos encierran policromías de sensaciones que dependen del estado emocional del día. Emociones y Kubos y viceversa, se fusionan en un diálogo tridimensional que nos invita a percatarnos de nuestra posmoderna y fluida existencia, urgida de rapidización y de prematuridad. Sus Kubos, al contrario, nos brindan total sosiego para la meditación y la comprensión humana.

Los Kubos fragmentados podrían entenderse como una manera de mostrarnos que no se trata de imponer la razón sino que existen variopintas maneras de acceder a la realidad gracias a una “Kubo-realidad” que se puede ver desde arriba, desde abajo, de lado a lado. Sus Kubos no imponen una perspectiva: es multicultural, diversa, convoca a la armonía de los contrarios, esto es, de una ciudad ruidosa, abrumadora, vehicular, contaminada de hollín y sonidos, trascendemos al confort de los Kubos, antídotos de lo adverso-cotidiano y que nos develan otros ángulos de la existencia. Sintonizan con el percatarse de que “vivimos”, nos sentimos, nos padecemos, nos enamoramos y nos unimos en ese perenne replantearse a diario entre Kubos de poemas y entre ese “olvídalo todo y se tú mismo”. Los Kubos me narran la urbe y me develan la naturaleza cuando por fin me atrevo a cerrar los ojos delante de los demás. Soy libre.

“Esta es tu última oportunidad. Después de esto, no hay vuelta atrás. Toma la píldora azul: el cuento termina, despiertas en tu cama y creerás lo que quieras creer. Toma la píldora roja: permaneces en el país de las maravillas y te mostraré qué tan profundo llega la madriguera. Recuerda, todo lo que estoy ofreciendo es la verdad, nada más”. Se lo recuerda Morfeo a Neo, que en su “vida azul” es el señor Anderson. ¿Acaso la estética del Kubo no significa ponernos en la situación de elegir entre el proseguir en la mismidad posindustrial-tecnológica o en la condición de plantearnos una ruptura ontológica definitiva? Preguntarnos, por fin, qué es humano y desde allí emprender un genuino acto de transformación espiritual, moral e intelectual. ¿Estamos en presencia de un artista que, en cierto sentido, personifica al Morfeo de la posmodernidad que nos brinda la “píldora roja” y nos invita a trascender nuestros patrones mentales artificiales para que “nos demos cuenta de que no somos lo que realmente somos / no vivimos nuestra vida” y de que somos “patrones implantados”? ¿No estaremos atrapados en “Las ruinas circulares” de Borges, tratando de reinventarnos en nuestros sueños porque la matrix, Kubo azul de nuestras vidas, es asfixiante, está cubierta de capas sobre capas, de culpas sobre culpas, de dependencias, victimizaciones y complicaciones?

Estas interrogantes nos confirman que el arte no está llamado a resolver preguntas, sino a plantearlas. “Muestra tus colores verdaderos”, Montilla recuerda a Cyndi Lauper y enlaza sensibilidades. Hombre y artista cohabitan como obra y ciudad mediante las búsquedas relacionadas con la armonía, sus indagaciones personales y la identificación de nuestras necesidades y anhelos. Por eso al preguntarle ¿qué hace feliz a Rafael Montilla?, contesta seguro y sin titubear: la paz.

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El trabajo de Rafael Montilla puede consultarse en este enlace: http://www.rafaelmontillaart.com