Papel Literario

Jesús Sanoja Hernández

Entre el ensayo, la crítica, la semblanza y el conocimiento de sus colegas, “Señas de una generación” (Madera Fina, 2017) reúne 23 perfiles de protagonistas de la cultura venezolana, escritos por Adriano González León. Este dedicado a Sanoja Hernández es apenas una muestra de un libro donde la prosa resplandece de la primera a la última página

Jesús Sanoja Hernández

Vasco Szinetar ©

 Jesús Sanoja Hernández

Por Adriano González León

Allí está, en el bar de mediodía, huraño y cargado de libros, con inclinaciones de cabeza como mecanismo de defensa contra el diálogo directo, mordaz y oportuno en las respuestas tiradas al desgaire, cabalístico, inteligible a veces, acosado por su peculiar simbología expresiva, siempre en urgencias de trabajo, compromisos extrapoéticos, reclamos periodísticos y turbadora sed de vida. Jesús Sanoja Hernández ha sido la imagen más difícil de reconstruir. En su expediente ha conquistado varias fichas de antipatía y malcriadez. Algunos amigos lo creen intratable y soberbio. Su costumbre huidiza, su estar de paso en las reuniones, le han aportado esa fama. Y en el fondo, Sanoja es tímido a pesar de su muralla de seguridad, es generoso por encima de su exigencia crítica, es hombre que reparte entusiasmos y estímulos, lee con calor a sus compañeros, corrige, advierte, señala rumbos, reclama, posterga sus visiones y su comunicación para que la voz de los amigos vaya primero a probar suerte, y deja para lo último su manotazo creador y fulminante llamado La mágica enfermedad, después de veinte años de trabajo y hazañas compartidas, cuando ya todos han ingresado en el viaje y el autobús tronante se abre camino por el país enfangado y turbulento, con una mano que se asoma a la ventanilla final, la de Jesús, para decir aquí vamos y “allá va el azulejo entre montes y aparejos, allá va el tucusito rondando su corazón de magia”. Por la ruta enigmática y el aire del camino se desparramaron todos y cada quien ha ido a buscar su sal y su sustancia, con las dificultades y el coraje asumido en bocanadas exteriores o en lenta soldadura interior. Quedan la brecha abierta y los atajos posibles, pero, ¿quién, de la generación de Sanoja, no lleva alguna marca y alguna palabra suya, quién, incluso, de pronto no lleva demasiado, quién, incluso, no ha olvidado que le enseñaron mucho y le dijeron esto y aquello, en el fervor, cuando Sanoja repartía su mundo entre activismo político y el ejercicio de empuje hacia los que querían escribir? Saldo difícil a la hora de montar este expediente. Ni muchos políticos a los cuales les puso en buen verbo sus lugares comunes, ni muchos iniciados en poesía a quienes señaló el fulgor, recuerdan en buen balance sus deudas. Por fortuna, la poesía es un acto de reconciliación solitaria, entre otras cosas, y La mágica enfermedad se encarga de reivindicar tristezas, así como nos adelanta la imagen del Sanoja pleno, al margen de reuniones y cuartillas de emergencia, más allá de los seudónimos transitorios, un dar la cara en resonancia y asunción de sí mismo, porque mucho tiempo ha sido invertido en dar la cara por los otros para riesgo y freno de la propia creación.

Es quizás esto lo que le ha hecho decir, en la página 51 de su libro, “ando buscando las cuerdas con que atar mi duelo”. ¿Cuál duelo? Probablemente el de la comezón, el desencuentro, la rebeldía interior frenada por el acuerdo militante, la confrontación de inconsecuencias a lo largo de la historia nacional (Sanoja es rastreador de archivos) que ha acrecentado la desconfianza, en grado tal que él mismo se ha fabricado códigos y murallas. Comprensivo y dialéctico, de pronto se nubla y se vuelve un caballero inexpugnable en su castillo moral. Es cierto que más allá del foso y el puente levadizo hay miseria y podredumbre. Pero, ¿cómo garantizar la nobleza de las galerías interiores porque han sido habitadas desde siempre, cómo establecer la rectitud y la fidelidad de ciertos guardias porque han combatido desde hace mucho tiempo? Sanoja, en ocasiones, santifica el pasado. Los que pelearon, los que fueron presos, los torturados, los carcelarios, los que llegaron temprano, tienen toda la razón. Y no es así. Ser héroe o mártir es un alto prestigio del espíritu. Dar la piel y la sangre por una causa, merece todo respeto. Cristianísimo respeto. Pero ello no es un pasaporte para aglomerar toda la luz y la verdad. ¡Quién sabe si por eso murieron, en honorable y ejemplar conducta, pero la realidad siguió trabada de complicaciones y rechazos! Abroquelado en su limpiador, Sanoja, a ratos, ha desnivelado la perspectiva. La santificación del pasado, en sus artículos de prensa, le provoca dudas hacia el porvenir. La experiencia histórica enseña, pero no es invulnerable. Vimos muchos gritadores, vimos muchos revolucionarios, a los cuales el tremedal convirtió en espejismos de la sabana. Vimos incluso vacilar y dar traspiés al propio autor de la frase. Pero ello no es absoluto ni puede blandirse como consigna, porque se arriba a un determinismo desastroso. Hay siempre una desatada posibilidad, las miras renovadas, el blanco donde apuntar situado en otros kioscos de la feria. Entre asepsia y exigencias unilaterales se pierden los estribos, tanto como aquellos que en mala hora hablaron de bajeza moral para referirse a Sanoja. Baraturas de pelea política, recursos de emergencia, juego de deslenguados. Sanoja político cayó en la trampa. Sanoja poeta, Sanoja íntimo, ya había dado su mejor respuesta:

“Una y otra vez la insistencia, ahora es pájaro,

ayer fue diente, arroja en tus adentros

la materia irrefrenada de un deseo.

Parte, busca al fin la raya donde quedes

tumbado para siempre, donde diga ‘aquí yace él’

y se vea entonces como desde un largo

un hombre tembloroso en mitad del cielo”.

Por ese lado, el mejor, está Sanoja el verdadero. Él mismo no lo sabe. Alarga sus compromisos, escribe columnas, busca en los anaqueles, estudia el pasado, se endurece. Por mucho tiempo está ausente de tertulias y cervezas, se enclaustra, ensaya golpes en su ring privado. Sale a cumplir, muy de madrugada, con su trabajo periodístico, con los requerimientos excesivos, con aquellos que esperan que su palabra ayude a sobrellevar las contiendas. Se vuelca, aunque su conflicto interior no se derrame. Los que participan de su inmersión en lo exterior no entienden a cabalidad su peripecia. Él mismo, a sabiendas de que debe decir cosas por otros, retuerce el lenguaje, apuesta a significados personales, juega con una retórica de prensa diaria. La situación es trabada y la lucha consigo mismo, feroz. ¿Por qué, entonces, no imponerse una tregua, dejar que las corrientes del gran río que iluminó su infancia le acerquen en plenitud embarcaciones y cometas? ¿Por qué las figuras tronantes de la selva, los locos traficantes de Tumeremo, entre fiebres y alcohol, rejos y metales preciosos, no contagian a tiempo largo su enfermedad que es mágica y desatada? Allí estará entonces el reposo maduro, la hora de aquietarse o desbandarse por sí solo, ya que Sanoja ha quemado mucha hombría en bien, más que mal, de los demás. Pero tampoco es hora de sermones, porque caemos en lo mismo. Todo esto no es sino producto de haber visto una poesía rigurosa al lado de un hombre riguroso. Estallidos, trasbordo de imágenes, vivencias de la explosión selvática con pulituras del idioma, menciones del Orinoco con recuerdos a Venus y Menandro, totalidad de las complejidades, en este, nuestro mundo, donde Sanoja no se resuelve, aunque diga con los versos finales de su libro, “en podas, podas, y quedaré cuerpo, quedaré nada”, sino que avanza, a punta de aguacero y constelación, con fieras y riquezas verbales, machacando historias luminosas y frenando la impertinencia de los adjetivos, a pulso terreno, en su lucidez y su magia, para ser como él lo había dicho antes, dialécticamente, el poeta, es decir: un hombre tembloroso en mitad del cielo.