Papel Literario

Hablan los autores de “Rasgos comunes”

Gina Saraceni (1966), poeta, crítica literaria y ensayista; Miguel Gomes (1964), narrador, ensayista y crítico literario; y Antonio López Ortega (1957), narrador, ensayista y promotor cultural, son los autores de la antología de poesía venezolana “Rasgos comunes”, que abarca la vasta producción del siglo XX

Saraceni, Gomes y López Ortega

 Gina Saraceni | Miguel Gomes | Antonio López Ortega

Gina Saraceni

 Gina Saraceni / “Nuevo país de las letras” | Banesco 

Miguel Gomes / Vasco Szinetar

 Miguel Gomes / Vasco Szinetar ©

Antonio López Ortega / Vasco Szinetar

 Antonio López Ortega / Vasco Szinetar ©

Por Nelson Rivera

Responde Gina Saraceni

¿Cómo se toman las decisiones en una antología elaborada por tres personas? ¿Cómo se produjeron los consensos para hacer posible Rasgos comunes?

Así como una antología despliega una pluralidad de voces a lo largo de un determinado período, una antología realizada por más de una persona implica la existencia de una comunidad de discurso cuyo interés fundamental es el debate crítico. Desde el comienzo este libro fue para los tres una investigación. La pregunta inicial que nos hicimos no fue acerca de quiénes iban a ser los autores que formarían parte de la antología, sino cómo leer el siglo XX desde la poesía venezolana; qué zonas discursivas aparecen en ella, qué preocupaciones, cuerpos, lenguas, motivos se visibilizan y qué autores contribuyen con su obra a cambiar o problematizar los debates que atraviesan la cultura, la sociedad, la política, la literatura.

En este sentido, las decisiones que tomamos estuvieron ancladas a un estudio previo y exhaustivo del campo cultural venezolano en sus diferentes momentos y etapas con miras a mapear zonas críticas y las contribuciones a ellas de los poetas.

Entonces la modernidad y lo moderno, sus ilusiones y desencantos, el cuerpo como lugar de la norma y la torcedura, de la obediencia y la disidencia, de la salud y la enfermedad, de la pertenencia y la extranjería, el paisaje como lugar para entender los proyectos nacionales y los sonidos de la patria, la terredad y el trópico, pero también el espacio íntimo; el lenguaje como experimentación y experimento, como dispositivo de creación y destrucción, como búsqueda del sentido, como registro del habla regional, campesina, local pero también de las herencias, la cultura popular, urbana; los desplazamientos, apropiaciones, reescrituras, adaptaciones de la cultura; fueron los motivos que registramos como fundamentales.

En “Criterios de esta antología” está expuesto el procedimiento que seguimos desde el inicio hasta el final del trabajo.

¿De qué modo esta antología dialoga con antologías previas de la poesía venezolana? ¿Qué singulariza a Rasgos comunes de las precedentes? 

La especificidad de Rasgos comunes radica en que fue hecha desde un ángulo de observación crítica que se aleja de la complacencia, de las cercanías, de la amistad, y que apuesta por un proyecto de investigación riguroso sobre la poesía venezolana del siglo XX: cuáles ha sido sus zonas discursivas, sus mecanismos de recepción, sus influencias, corrientes, contagio, sus cambios y renovaciones, sus novedades y obsesiones. No se trata de un panorama ni tampoco de una recopilación sino un trabajo crítico y valorativo de cada obra y autor seleccionado a partir de una perspectiva que mira el siglo como un espacio que registra sensibilidades y lenguajes e intenta hacer balances de las distintas etapas del siglo.

Queremos resaltar que hay autores importantes que empezaron a escribir a mitad o finales de los noventa que no están incluidos en la antología porque su obra impacta más el siglo XXI que el XX.

Rasgos comunes es una antología pensada además para un lector hispanohablante y su intención, entre otras, es la difusión y el conocimiento de la poesía venezolana en otras latitudes. El hecho de que haya sido publicada por la Editorial Pre-Textos permite que circule además de España y Europa en general en toda América Latina, el territorio entonces que esta antología va a abarcar es amplio y su recepción variada y plural. 

Por último, pero este es un asunto vinculado con el momento de publicación, este libro puede funcionar como un país portátil en un momento en que Venezuela es un país en fuga –hacia fuera y hacia dentro de sí mismo–, desarticulado, desanimado, desesperado, triste y la poesía puede restituir apenas un piso simbólico y afectivo.

Responde Miguel Gomes

¿Qué peso tiene el público, el lector posible en la selección que ofrece la antología? En el prólogo se habla de “público internacional”. ¿Ese público internacional es distinto del público nacional?

Una antología no es una obra de ficción, cuyos actos comunicativos permanecen, como sabemos, en un plano potencial. Concebimos nuestra antología, desde el principio, como labor de crítica literaria, así que definimos los públicos específicos a los cuales deseábamos dirigirnos.

El plural de “públicos” dista de ser accidental, porque la enunciación de Rasgos comunes tiene un doble receptor. El primario no es el venezolano, por diversos motivos, siendo el más evidente el hecho de que durante mucho tiempo nos hemos quejado del poco conocimiento sobre nosotros que se tiene en el exterior. Quisimos contribuir a subsanar ese problema, y Pre-Textos nos concedió una gran oportunidad. Menos obvia resultaba la certidumbre de que el libro no circularía mucho en el territorio nacional debido a la desastrosa situación económica.

Éramos, por otra parte, conscientes de que contaríamos con un público alterno; algunos compatriotas podrían leernos, ya que Venezuela, debido a la intensa emigración, ha adquirido en estos años una nueva provincia mental que está fuera del espacio que superficialmente se asocia al país. Esa nueva provincia se encuentra en Europa, en Norteamérica, en regiones de Hispanoamérica donde Pre-Textos circula. Nuestro trabajo se parecía, así pues, al de hablarles a extraños sobre la familia de uno, teniéndola, sin embargo, presente.

¿Existen antologías semejantes o con las que Rasgos comunes pudiese establecer algún paralelismo, en el resto de América Latina?

Nos constaba la existencia de excelentes antologías de la poesía venezolana; pero igualmente sabíamos de su escasa circulación fuera de nuestro país o fuera del país donde se publicaron. A ese punto de partida diferencial, agregamos líneas de trabajo que no recordábamos que se hubiesen puesto en práctica. La labor a seis manos, en equipo, ofrecía, por ejemplo, una perspectiva en la que se atenuaba la subjetividad (sin pretender que fuese posible eliminarla). Decidimos atenernos firmemente, además, a una serie de criterios de selección –explícitos, como dice Gina, al final del prólogo– que nos obligó, a veces, a exclusiones que lamentábamos: pero para nosotros era imperioso que hubiese un diálogo del corazón con el cerebro y no simplemente toma de decisiones emotivas. Asimismo, nuestra muestra no estaba signada a solas por la calidad de los textos, sino que a esta debía sumarse una capacidad de ilustrar la coherencia de una comunidad creadora –de allí el título de la antología–.

No recuerdo ningún caso en el ámbito hispanoamericano que combine esos elementos. Quizá lo más parecido sea Tigre la sed: antología de poesía mexicana contemporánea (1950-2005), que publicó en España Hiperión, en 2006. Junto con el mexicano Víctor Manuel Mendiola y el peruano Miguel Ángel Zapata, tuve el placer de ser uno de los antólogos. Como el subtítulo indica, sin embargo, era una muestra más limitada y sus circunstancias distintas, porque se trataba de valorar nombres recientes de una tradición muy reconocida internacionalmente.

Responde Antonio López Ortega

La moderna Venezuela es fruto, entre otros procesos, de importantes corrientes migratorias. ¿Hablan los poetas venezolanos de la cultura, la lengua, la tradición o los países de los que provinieron sus padres o abuelos? ¿Es legítimo pensar que el abrazo de lo venezolano está asociado a una especie de olvido de ese sedimento?

El concepto de lo migratorio sí está presente, pero no tanto en la pre-vida (el bagaje de lo anterior a la errancia) como en el presente ya vivido. Es decir, no hay tanta remembranza como sinergia cultural. Al personaje de “Mi padre, el inmigrante”, por ejemplo, no lo recordamos tanto por lo que vivió (apenas se nos dan impresiones) como por el proceso de transculturización: el asombro ante la flora podría ser revelador, como si fuese un cronista del siglo XX. Como, por lo general, los voceros (los poetas) son los herederos de esos personajes transterrados, entonces les interesa más describir ese choque cultural y no un hipotético paraje arcádico: al fin y al cabo, vienen huyendo de algo. Hay excepciones notables, por supuesto, como la de Margara Russotto, que describe escenas de familias italianas embelesadas con el recuerdo de lo que han dejado, un poco reacias a lo que identifican como un mestizaje cultural que reduce y no agrega. Otro ejemplo sería el de ese padre panadero de Eugenio Montejo: seguramente se trajo su oficio de Canarias, pero en los poemas solo nos interesa por su circunstancia actual: es el hijo vuelto poeta el que se pregunta por unos orígenes que siempre son neblinosos, como la harina que flota en el taller.

Inevitable preguntar por la presencia del petróleo en la poesía venezolana. La revisión realizada, ¿arroja alguna conclusión al respecto?

A diferencia de la narrativa, el petróleo como referente apenas aparece en la poesía venezolana. No es un asunto crucial, salvo en las circunstancias en las que se puede adivinar un efecto indirecto. Los poetas de la generación del 58, por ejemplo, reaccionan mal ante el rápido crecimiento de las ciudades, describiendo muchas veces seres enajenados. Pues podríamos deducir que ese crecimiento se debe al petróleo, haciendo ver que todo lo que toca se vuelve pecaminoso. Pero esto nos lleva a consideraciones mayores, como la de preguntarnos por qué el pensamiento venezolano ha satanizado un hecho económico tan determinante como el petróleo. Sigue viéndoselo como una riqueza mal habida. Allí tenemos un prejuicio estructural que ha campeado a través del siglo. Una economía cafetera como la de Colombia o una del cobre como la de Chile han entrado de manera franca en la literatura, pero en nuestro caso, cuando ha entrado la petrolera, es para maldecirla. Se diría que el paradigma agrícola es el que vale, mientras que el minero, riqueza fácil, se condena. ¡Pues ya el petróleo convive desde hace 120 años con la nación y todavía se lo considera una extrañeza! Yo creo que eso habla más negativamente de nosotros que del chorro negro que sube anónimamente a la superficie. En síntesis, literariamente hablando, es una asignatura que tenemos pendiente.