Papel Literario

Góngora, otra clase de luz

Una nueva edición de los sonetos gongorinos “ilumina” las dificultades de su estilo

Luis de Góngora y Argote

 Luis de Góngora y Argote / Diego Velázquez (detalle)

Por Eduardo Aguirre Romero

En 2016, me cupo el honor de presentar en León (España) un diálogo entre Antonio Gamoneda y Rafael Cadenas, moderado por la poeta Eloísa Otero. Conté allí, ante un público que abarrotaba la sala para escucharlos, que leía en esos días un ensayo sobre las fobias entre escritores de los Siglos de Oro, cuyo contenido me dejaba cada vez más desazonado, ante tanta cuchillada en verso, prosa y de viva voz. Góngora (Córdoba 1561-1627), Lope (Madrid 1562-1635) y Quevedo (1580-1645) se atacaron sin recato, aunque fue el autor de El Buscón quien llevó su inquina más lejos (compró la casa donde Góngora vivía, ya con acuciantes problemas económicos, para darse el placer de desahuciarlo). Sería simplificar achacarlo a sus fuertes personalidades o a que sus estilos fuesen muy diferentes, pues no lo eran tanto (el propio Lope tuvo su etapa gongorina). Más allá de envidias y de soberbias, aquellas enganchadas –que incluyeron la burla sobre el físico o a la maledicencia sobre el linaje– eran consecuencia de la rivalidad por la protección económica del poderoso; no bastaba con el lisonjeo palaciego, había además que desacreditar a quienes pudiesen hacerlo mejor. Triste despilfarro de agudeza. Por ello, confesé al público allí congregado mi  satisfacción por presentar dicha lectura conjunta entre Gamoneda y Cadenas, dos  excelentes poetas que además son amigos. Aquel  acto, organizado por Abanca, tuvo en mí un efecto emocional reparador. Por supuesto que el aire de la poesía actual también es cortado por cuchillos de palabras pero, como diría Kipling, eso es ya otra historia.

La poesía española de los siglos XVI y XVII no fue solo un campo de batalla para los egos, la teoría poética era vivida con intensidad y Góngora, especialmente con sus poemas Polifemo (1612) y Soledades (1613) provocó una de las polémicas más importantes de nuestra literatura, y que –sigo a Emilio Orozco– en cierta medida aún pervive, pues no hubo –ni la hay ni la habrá– una única vía.

La nueva edición de los Sonetos de Góngora, en la prestigiosa editorial Cátedra “Letras Hispánicas”, a cargo de Juan Matas Caballero, catedrático de Filología Hispánica y Clásica (Universidad de León), supone un acontecimiento para especialistas y docentes, también para quienes escriben poesía o les gusta leerla. Una importante actualización de un clásico sobre el que sigue pesando el prejuicio de que su obra es fría e ininteligible. “A pesar del lucero de su frente / lo hacen obscuro (…)”, escribió el cordobés en un soneto dedicado a quienes habían calificado de incomprensible su Soledades. Esta nueva edición sobre el Góngora sonetista ilumina cada verso opaco.

Que la anterior edición completa date de 1969, la que hizo Biruté Ciplijauskaité, denota los retos filológicos que plantea. Ahora, Matas Caballeros amplia el número de ellos hasta 212, principalmente al dar ya por definitivos algunos que eran tenidos por dudosos. Don Luis nunca vio publicados en libro su poesía, que circulaba manuscrita o en hojas volanderas, así  como por transmisión oral. “Quizá hoy podamos decir que la creación poética de Góngora en general, y hasta el propio poeta, se comprende mejor si se atendemos a sus sonetos, que ofrecen no pocas claves de su estilo y de su personalidad”, explica.  Cada uno de ellos viene precedido de un texto, que va mucho más allá de la mera ficha, pues aporta las bases para comprenderlo; un acertado criterio de edición, como el de llevar las notas al final del soneto. ¿Oscuro su estilo?  Simplemente, otra clase de luz.

Pongamos un solo ejemplo: el soneto número 168, escrito en 1619, en apariencia dedicado a Júpiter, cuyo atributo es el rayo. Gracias al texto introductor accedemos a la clave que revela su sentido: alude a Alfonso Pérez de Guzmán, VII Duque de Medina Sidonia, fallecido al ser alcanzado por tal descarga. Sus coetáneos lo sabían, pero unos lo aplaudían como un ingenioso juego de imágenes  y a otros –Lope– les irritaba el artificio.  El gran trabajo de edición nos permite comprender lo que a priori era enigmático: “Tonante percibían como monseñor, / ¿de cuándo acá / fulminas jovenetos? (…) las hojas infamó de un alhelí, / y los Acroceraunios montes no. / ¡Oh, Júpiter, oh tú, mil veces tú!”. Jauregui le reprochó confundir dificultad, que él mismo defendía, con oscuridad. Pero don Luis fue muy consciente de que se dirigía a las élites. Claridad y oscuridad son meras etiquetas. ¿Fue Juan Ramón un poeta claro? Depende, no en Espacio. La del Moguer fue también otra clase de luz.

¿Conceptistas contra culteranistas? La crítica rechaza desde hace mucho tal clasificación. La poesía de Góngora fue escrita siguiendo un coherente plan estético, con el que llevó al límite planteamientos que estaban ya ahí. Cervantes, en su Viaje del Parnaso elogia la poesía de Lope y de Quevedo, pero también la del cordobés, pese a que en el prólogo de su Quijote abogara por escribir “a la llana”. No hay contradicción en ello, sino verdad poliédrica, pues también un estilo llano puede estar muy elaborado.

En versos y en cartas de don Luis encontramos abundantes muestras de su buen humor, incluida la autoparodia. Sin duda, ha contribuido a la pervivencia del tópico sobre su antipatía, el genial retrato de Velázquez, en el que lo plasma como alguien a quien conviene no pisar; pero las velazqueñas son finas pinceladas comparadas con los brochazos quevedianos del “érase un hombre a una nariz pegado / érase una nariz superlativa”, reproducido durante años en los manuales de bachillerato. Mucho rentabilizó don Francisco su indignación por un soneto gongorino acerca de la pestilencia del río Esgueva. Pese a todo, los tres habitaban en ese extenso territorio aurisecular llamado concepto. O sea, metáfora.

La Generación del 1927 recuperó a al autor de Soledades, tarea que ya había iniciado Rubén Darío. En el mundo académico imperaban los reparos expresados por don Menéndez Pelayo, aunque, bien leídos estos y frases lapidarias aparte, más que negarle virtudes le reprochaba haber ejercido una mala influencia en la poesía española, con emuladores rivalizando por escribir en inescrutable; reproches similares le haría después Machado, a través de Mairena. O sea: Góngora y su poesía, sí; sus malos emuladores, ya no. Dámaso Alonso fue el gran recuperador de la poesía del cordobés.

No confundamos ocultación, con ausencia de sentimientos. El autor de algunos de los mejores versos de nuestra literatura vivió con intensidad, aunque la suya no fue la existencia del hombre de acción. Pese a nacer en familia de alcurnia sufrió la pobreza vergonzante, producto de su gustó por el naipe y el lujo ostentoso, fue herido por el desengaño de la Corte… y todo está en su poesía, expresado bajo otra clase de luz.

Unos años antes de morir, irritado porque le atribuyesen poemas que no eran suyos y  acuciado por los problemas económicos, aceptó la publicación manuscrita de sus sonetos, tarea de la que se encargó su amigo Chacón, quien dejó fuera aquellos que pudiesen resultar molestos, con lo que excluyó registros fundamentales. El cordobés muere en 1627 y un año después los tres volúmenes del manuscrito son adquiridos por el conde duque de Olivares, a quien está dedicado. Los gongoristas han tenido que hacer minuciosas tareas de cotejo, a la búsqueda de lo purgado.

Lástima que Góngora, Lope y Quevedo no lograsen ser amigos, aunque sin duda hubieron de admirarse, siquiera a regañadientes. Según Orozco, los dos primeros llegaron finalmente a perdonarse. En este libro el lector encontrará versos “de combate” que don Luis les dedicó, casi siempre como respuesta a ataques previos. Pero hallará también muchísimo más, 212 sonetos, una amplia mayoría de ellos perfectos, accesibles como nunca antes, gracias a una admirable investigación de años. Un clásico revivido, a través del rigor metodológico, pero también del amor a nuestra gran literatura.

No estamos ante un libro que se pueda leer como un poemario, pues no lo es. Las explicaciones de Matas Caballero no son el cofre sino ya parte del tesoro mismo. Esta edición de Sonetos es un logro mayor de nuestra filología; por tanto, individual y a la vez colectivo. En efecto, la poesía de Góngora no fue oscura sino escrita con otra clase de luz. La que habita en estas resplandecientes 1740 páginas.

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Sonetos

Luis de Góngora

Edición de Juan Matas Caballero

Editorial Cátedra

España, 2019