Papel Literario

Entrevista a Martín Chirino

“Creo que lo único que a mí me ha importado toda mi vida es ser un liberal de verdad, ser consecuentemente liberal y entender que incluso aquello que me destruye, si es bueno, es mejor”

Martín Chirino

El Mundo

 Martín Chirino 

Por Elena Cué

Martín Chirino (Las Palmas, 1925), creció en la playa de Las Canteras sintiendo la arena, el mar y la brisa mientras observaba un horizonte que soñaba mover. Lo telúrico, lo ancestral y lo mítico de su lugar de origen purifica a fuego el alma del forjador para tomar una nueva forma en la materia, en este caso el hierro, surgido de lo más profundo del interior de este escultor del viento. El lugar particular le ha enraizado a lo primigenio y sus sueños y anhelos le han llevado a lo universal. La espiral, símbolo del origen y formación del universo, define a este artista en busca constante de la verdad.

“Mira esta escultura, voy a hacer con ella un homenaje a Picasso. Mira lo bonito que va a quedar lo que está debajo, que son las sombras. Es fácil dibujar o pintar sombras, pero el desafío para un escultor es materializarlas, darles un peso corpóreo”.

―¿Por qué no me habla de cuáles han sido las sombras de su vida?

“Fíjate que yo creo que todos llevamos un personaje dentro que nos da respuestas y que nos cuestiona, es un personaje con el que tú dialogas. Yo soy una persona calmada porque las respuestas las voy buscando en mí y me afecta muy poco el entorno. Eso lo vi muy joven al leer el Demian de Herman Hesse, que me impactó en el doble sentido de que el protagonista hablaba todo el tiempo consigo mismo y fue capaz de aflorar una verdad extraída de la realidad...”.

―¿Y cuándo descubrió a su otro?

“Date cuenta de que soy el número 12 de mi familia. Yo era un crío que vivía en una casa muy grande, en la playa de Las Canteras y de pequeño me busqué mi sitio, mi refugio, en una habitación perdida, y allí ocurrían otras cosas. Y yo creo que ahí se fue forjando mi otra personalidad. Me solía sentar a caballo encima de una puerta de una habitación donde se guardaban las sábanas y yo me escondía allí siempre”.

―Y con tantos hermanos ¿cómo era la relación con su madre?

“Muy buena porque mi madre era hija única, se casó con mi padre y empezó a tener hijos. Leía a Balzac que le encantaba, porque contaba cosas muy interesantes y que reflejaban la vida misma. Ella no tenía un criterio literario sino una pasión por leer todo. Y se lo leía a la gente con la que trabajaba en la casa. Mi madre era una persona muy especial y me llevé muy bien con ella toda la vida. Era muy calmada, muy suave, pero tenía fuerza dentro de ella”.

―¿Qué es lo que añora?

“Yo creo que me falta un lugar a donde pertenecer y donde ser. Y toda mi trayectoria vital y artística está condicionada por esa búsqueda”.

―¿Qué discurso cree que ha tenido su obra a lo largo de su vida?

“Mi inspiración nunca ha sido divina, mi inspiración es la vida misma; es decir: estoy hablando de una espiral que es identitaria, porque es la de mi tierra y me hace sentirme canario. Un día me pregunté por qué y al final me doy cuenta de que mi capacidad de fábula es la de cualquiera, pero lo que yo realmente he hecho es mirar y mirar de una forma exhaustiva. Así me puse a estudiar toda la trayectoria de la espiral, no solo en mi pueblo, sino de otros, y cómo, de pronto, te das cuenta de que no has descubierto todo lo que buscabas en ninguno de ellos. Lo más que se puede decir es que la espiral es un símbolo cultural y, aunque nadie sabe por qué, está presente en todo el universo”.

―De Canarias se instaló en Madrid donde residió varios años y después se fue a Nueva York...

“De Madrid acabé yéndome a Nueva York, pero antes, hubo un contacto definitivo para ello: el poeta John Ashbery, que había venido a la España de Franco con Frank Ohára, los dos juntos. El traductor de ambos fui yo porque no había mucha gente que hablara inglés en esa época en España. Venían pocos días y tenían que montar una exposición en el MoMa y como yo les traducía, Juana Mordo siempre se enfadaba conmigo porque pensaba que no le había dicho lo que ella quería”.

―Ha sido un lector ávido, ¿qué escritores le han marcado?

“Muchísimos, pero Joyce fue una pasión mía, además lo leía en inglés. Incluso me fui a Irlanda, a Dublín, después de leer Dublineses, a ver si conseguía saber algo de aquello. No me enteré de nada. Yo me preguntaba dónde están los dublineses de Dublineses. Pero los dublineses de Joyce en el sentido más exquisito no los conocí. Ya era tarde, no era el momento histórico”.

―Comentó que fue el causante de su locura...

“Hasta que conseguí entender un poquito de Finnegans Wake, una obra imposible que luego he conseguido traducir a mi visión de hombre latino. Por eso es muy bonito cuando, en el Ulisses, Joyce se coloca en esa posición tan extraña como si hubiera sido Dios. Era muy difícil lo que se planteaba para lograr un pensamiento que fuera total, y eso no lo consiguió ni lo consigue nadie”.

―Pero se intenta...

“Fíjate que a lo mejor nuestra infelicidad esta ahí”.

―Y aparte de Joyce, ¿qué escritores le han marcado?

“Ortega y Gasset, me enseñó a encontrar un modo de expresión. Para mí fue extraordinario, yo creo que no hay nadie que haya manejado mejor el castellano, de manera tan coherente y tan perfecta como Ortega y Gasset. He tenido pasión por él, incluso El espectador lo he llevado conmigo como si fuera un tebeo. Luego hay poetas, como Antonio Machado, que sigo constantemente su pensamiento y sus metáforas”.

―¿Y escribe?

“A mí nunca me ha gustado ser escritor porque me da miedo, porque la palabra escrita tiene sus problemas porque expresas el pensamiento. El rigor no me lo permite. Escribo para mí, cosas sobre mí, lo que yo sé, lo que yo siento, lo que pienso. Es como si me hubiera escrito yo mismo”.

―¿Y esa frase suya de que no hace escultura sino que escribe escultura?

“Quiere decir que a la vez que las hago tengo que desarrollar un discurso coherente para que se entienda, es como si las escribiera. Voy escribiendo en papeles sobre las circunstancias, una frase bonita, lo que me parece, voy interrelacionándolo todo a ver qué es lo que pasa, es una manera de entenderlo”.

―¿Se tambalearon sus valores como consecuencia de haber vivido una época tan convulsa como la que vivió?

“Con los valores no se nace sino que los vas adquiriendo o los mejoras con el tiempo, te enriquece. Evidentemente, yo como todos he tenido grandes problemas por haber creído a pies juntillas algo que no estaba demostrado. Lo que diga la Iglesia es transitable por decirlo de alguna manera, conversable, y todo lo que es conversable está sometido a la posibilidad de ese cambio pero uno tiene que estar consciente y entonces dar el paso adelante y colocarse en la otra situación. Los valores más elementales son los que me enseñó mi madre, me enseñó a ser religioso y no quiero fallarle, por eso prefiero creer que no creer, es una elección, lo que hago por el respeto que le debo a mi madre. Porque yo sí que quiero venerar cosas, quiero respetar...”.

―¿Pero lo siente? O a base de querer ha conseguido mantener...

“No, porque yo creo que el pensamiento no solo está sometido a la pasión sino también al cerebro, quiere decir, yo he dicho la palabra venerar, venerar es algo que tú te impones, pero no, tengo una posibilidad de exigencia conmigo mismo como cualquiera”.

―No estamos hablando entonces de fe sino de una imposición racional y un querer...

“Utilizar mi cerebro para seguir manteniendo la fe en unos valores, por amor a mi madre”.

―Para mantenerlo hay que ejercitarlo, ¿lo ejercita conscientemente?

“Claro, yo siento un gran respeto por los demás y mi madre es la persona que más respeto en el mundo porque me enseñó cosas que me produjeron gran felicidad cuando era pequeño y cuando fui mayor siguió siendo mi amiga, una persona que me quería y ella me decía: tienes que respetar mucho a los demás para que te respeten.

―Aparte de su madre ¿quiénes son las personas que más le han impresionado en su vida?

“Una es más frívola y la otra puede ser como más ficticia porque pertenece al mundo del arte. Una es Donatello que es un personaje que me impresiona, siempre me ha dejado loco y su obra me deja aterrado cuando la veo. La otra es Greta Garbo, un símbolo para mí, una imagen fría, intocable, me gustaba tanto...”.

―¿A qué cosas ha permanecido fiel después de una alta edad?

“Creo que lo único que a mí me ha importado toda mi vida es ser un liberal de verdad, ser consecuentemente liberal y entender que incluso aquello que me destruye, si es bueno, es mejor”.

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Esta entrevista fue publicada en el diario ABC el 26 de junio de 2015. Elena Cué, además de colaborar con el mencionado diario, es creadora del blog http://www.alejandradeargos.com.