Papel Literario

DIETARIO

Entrega del 14 de julio de 2019

Paul Klee: “Ángel pleno de esperanza” | 1939

 Paul Klee: “Ángel pleno de esperanza” | 1939 | Grafito sobre papel, cartón | 29,5 x 21 cm | Kunstmuseum Bern

Alexander Klee considera que en los ángeles de su abuelo Paul Klee se manifiesta la imagen interior del artista: capaz de transformar el ángel de la historia y utilizarlo como una suerte de catalizador. De este modo, el ángel se convierte en [su] lenguaje artístico. Se trata de un lenguaje que no se encasilla sino que deja lo indecible en el aire, acorde con su credo artístico “el arte no reproduce lo visible, el arte hace lo visible” (“Confesión creativa”, 1920).

El “Ángel pleno de esperanza” revela su indagación en esa emoción vital que nos mantiene de pie recreando la realidad en la que deseamos vivir.

Geraldine Gutiérrez-Wienken

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LA DIMENSIÓN VENEZOLANA DEL VIAJE

Teresa Iniesta me cuenta que va casi todos los días a una cafetería que le queda cerca de su oficina en el Instituto Cervantes de Tokio. El edificio –de tejado a doble agua, vigas de madera y grandes cenefas alucinadas en el suelo que lo rodea– recuerda a una casa tradicional o a un templo, en un barrio que antaño perteneció a los caballeros samurai. Hace unas semanas estaba leyendo, ensimismada, El pabellón de oro de Mishima cuando la interrumpió el inglés perfecto de un anciano. Tardó unos segundos en entender lo que le decía: “Me hace mucha ilusión que usted lea a Mishima, ver que después de tantos años su obra sigue viva”. Continuó hablando sobre el escritor y sus libros hasta concluir: “Como le digo, me hace mucha ilusión, porque fuimos grandes amigos”. La esposa, a su lado, asentía con la voz y con la cabeza, corroborando las palabras del desconocido. Le dolió muchísimo su muerte, se tenían realmente aprecido mutuo. Impresionada por su encuentro con ese testigo, con ese eco, Teresa no supo reaccionar y la pareja se despidió cortésmente y desapareció antes de que ella pudiera formularles ninguna pregunta.

En estos días japoneses, guiado por mi editora Chiriro Kaneko, he conocido varias librerías de Tokio y a algunos de los más importantes traductores al japonés de la literatura hispanamericana. Es fácil recordar sus nombres porque tengo las tarjetas de todos ellos –esas tarjetas que preludian cualquier realción en este país, como si la identidad y la conversación tuvieran en el papel su prólogo–: Takaatsu Yanagihara, Ryoichi Kuno, Fumiaki Noya, Akifumi Uchida, Keuisuke Dan, Nami Kaneko y Kenji Katsumoto. También, gracias a la invitación de Víctor Ugarte y de Teresa, he frecuentado a algunos de los cómplices del Cervantes en esta otra punta del mundo, a quienes conocí, por cierto, gracias a otro profesor y puente entre culturas, Diómedes Cordero, en Mérida, Venezuela, porque el mundo siempre está al revés. El traductor Ryukichi Terao, profesor de la Universidad de Waseda, y los investigadores Gregory Zambrano –que da clases en la Universidad de Tokio– y Sivia Lidia González –experta en Hiroshima y profesora en la Universidad de Kanda–, aunque ciudadanos de la República de Japón y de la República Mundial de las Letras, habitan también en la dimensión venezolana de la realidad, aros concéntricos que se expanden sin remedio.

No regreso a Venezuela desde agosto de 2012, cuando presenté con Maye Primera la antología Mejor que ficción en la librería Alejandría, pero desde entonces no he dejado de encontrarme con escritores, periodistas, académicos o artistas de ese país que conocí en Mérida o en Caracas: a Leo Felipe Campos, en Bogotá; a Beto Gutiérrez y Gabriel Payares, en Buenos Aires; a Rodrigo Blanco, en París; a Albinson Linares, en Ciudad de México; a Silvia y a Gregory, en Tokio. Cada viaje ha tenido durante los últimos años su pequeña dimensión venezolana.

Mishima se suicidó el 25 de noviembre de 1970, a través del ritual del desentrañamiento o harakiri, parte de los protocolos de los caballeros samurai. Kawabata lo hizo dos años después, probablemente intoxicándose con gas. Aunque descubras librerías maravillosas, charles con gente que comparte tus pasiones, brindes con sake y percibas lectura y cariño, en el mecanismo interior de los viajes y de la literatura hay un circuito que se nutre exclusivamente de tristeza. Es inevitable sentirlo y pensarlo. Teresa lleva quince años fuera de España. Yo hace siete que no regreso a Venezuela. Nuestra distancia, nuestra grieta es incomparable con la de los emigrados y los exiliados de los que hemos sido testigos. Lo seguiremos siendo, porque nunca cesan los ecos.

Jorge Carrión

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En la vida si algo debemos aceptar sin sufrimiento, sin angustias patéticas, es que todo, incluso lo más querido y estimulante, aquello de lo que más hemos estado enamorados, llega a un recodo del tiempo donde se arremansa y termina. No es una tragedia, es un dato de la existencia que, entre otras bondades, cuenta con la de permitir que los nuevos encuentren territorio vivificante para ellos. Así que este es mi 2016, y gracias a todos (no está de más anticiparlas, por si acaso no se pueden dar después).

Joaquín Marta Sosa

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MALABARISTA DE ESQUINA

El cielo azul brillante sirve de fondo. La mirada traza una línea perpendicular hacia la pelota de un rojo desteñido. La sigue otra verde y otra de un color indefinido. Por un momento parecen tropezarse en el aire. Con solo mover la vista hacia la izquierda descubres el semáforo. Estacionado en su rojo incandescente. Parece que estuviéramos frente a una paleta de colores. Decido bajar la vista en dirección a la realidad, un joven en cuyo rostro se mezcla el negro del tizne con el de la desesperanza, pretende palear su hambre con el malabarismo de esquinas. La nueva profesión ha titulado a cientos de hombres, mujeres y niños esparcidos de cuadra en cuadra por toda la ciudad. Multiplicados. El verde que se proyecta desde el poste nos invita a ponernos en marcha. El joven le roba sus pelotas al aire y camina desesperanzado entre los carros. Nadie baja el vidrio. Las miradas de los conductores parecen clavarse en el infinito. Se puede detectar el crujir del miedo sobre el pavimento. Todos aceleramos al mismo tiempo. Continuamos la marcha, el malabarista citadino siente los nudos del hambre en su estómago, los conductores respiramos en paz hasta la próxima esquina.

Inés Muñoz Aguirre

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Se pregunta Hanni Ossott en Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo: “¿Cómo restituir el instante en que nuestro cuerpo se hace canto y palabra? ¿Cómo devolver la vida al arte?”. Tal vez hoy, cabría preguntarse, ¿cómo devolverle vida a la vida?, que es la materia prima de nuestros textos.

Beatriz Alicia García

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ASUNTO DE FE

Bonita y misteriosa, la botella podría contener un elíxir valioso y delicado o una pócima mortal, creada para destruir un personaje literario, quizá Ed Ataúdes Johnson, quizá Sepulturero Jones, los desgraciados y queridos detectives de Chester Himes. Piernas y rostros como señuelo (más piernas que rostros, aunque son siete rostros y solo dos piernas los que se ven en la superficie de la botella), me asomo por el agujero y encuentro un vagón de tren repleto de pasajeros. Hay niños que juegan y ancianos que hablan de fútbol y política. También hay cuatro médicos y, casualidad del día, cinco trabajadores de los ferrocarriles, tres maquinistas y dos interventores, que discuten plantilla en mano sus horarios. Las piernas las pones tú, me doy cuenta y no ignoro el detalle. Simplemente lo postergo. Pero ahora me interesa un hombre que lee a Chester Himes y escribe en el celular. El hombre ha escrito el nombre de Mario Albarcin. Ya sé de quién se trata. Es el genio traductor que convirtió Hot day hot night en Cuando el calor aprieta. Como ves, lo primero sigue siendo la literatura. Ahora, si así lo quieres, podemos comenzar a hablar lo de tus piernas.

Slavko Zupcic

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COSO UNA ALMAZUELA

Pregunté por Venezuela
Ando buscando un país que me topo en todos lados
Pulverizado
Disperso

Cataclismo
Mal viento

Mi pregunta fue una maldición
Soy Sísifo que arrastra un gentilicio
que pesa y cae como piedra

Busco

amarillo, en árboles extraños
Azul, en otros cielos y mares
Rojo, dentro de mis venas
¿Dónde hallo las estrellas?

Pesquiso trozos de un país,
Para juntar sus pedazos.
Hilvanar vestigios de patria que encuentro por doquier.
Coserlos uno junto al otro. Tejerlos con hilos de memoria.
Que se vean las costuras.
No se escondan cicatrices
No hay puntadas invisibles

Coser un mapa que cobije
una almazuela que arrope
donde cada remiendo recuerde las heridas.
Cada retazo un dolor.

Golcar Rojas

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VIVIENDO EN LA PEQUEÑA VENECIA

I

Ante este panorama, divago. La concentración toma un camino incierto y tener un mínimo de placer ante lo que normalmente disfruto, es una tarea titánica.

II

Miro con el dolor intacto, como aquella ave moribunda, los restos de lo que queda en el paisaje; la sentencia final que juega a ser el destino de un país. La mirada y los modos del transeúnte que el poeta captura desde la nobleza y la bondad extraviada. Intento entonces preguntarme si alguna vez seremos la ofrenda y dejaremos de ser tierra mordaz. Abro un espacio que permita sentirme distinta, pero no hay espacio para nada más. Solo para creer ¿o para dudar? que alguna vez, algún día, seremos inmunes a tanto sucio.

III

Reprimir el llanto es la manera de disimular el dolor de la partida. No sabe qué le espera, ni qué pasará al cabo de unos meses de haber tomado la decisión. Lo que sí sabe es que el futuro está en otra parte, en otra ruta, distinta a la que ha transitado en sus últimos años. Aborda el autobús con la certeza de no regresar. La incertidumbre espera al otro lado del puente, ese que divide a ambos países.

Geraudí González Olivares

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REGRESO

Una mañana, años después de la muerte de mi padre, mi madre y yo regresamos a la Casa del Arcángel.

Franqueamos el portón, cruzamos el zaguán, tocamos la puerta.

Abrió una señora menuda y encorvada, envuelta en un vestido estampado con diminutas flores amarillas.

Mi madre le dijo que había vivido en esa casa.

Le pidió permiso para entrar y mirarla.

Deseo recordarla, dijo.

La señora la vio con desconfianza.

No la hizo pasar, pero no se atrevió a cerrar la puerta.

Mi madre traspasó el umbral y se detuvo.

Miré cómo miró el desierto vestíbulo, el patio de mosaicos, las puertas de las habitaciones, el pasillo que llevaba al comedor, a la cocina, y al solar.

Sentí cómo ponía en tensión su espíritu, tratando de percibir el rumor de las vidas ajenas, quizá con la esperanza de captar algún eco de la suya, que hubiese quedado resonando entre las paredes.

Miguel Szinetar