Papel Literario

DIETARIO

Entrega del 23 de junio de 2019

“Política minúscula” / Paola Romero

 “Política minúscula” / Paola Romero

POLÍTICA MINÚSCULA

Hace poco presenté algunas ideas sobre el “Estado mínimo”. Hoy me pregunto: ¿cómo hemos de representar al “Estado total”? ¿Qué pasa cuando el poder desborda los límites que le traza la ley, la sociedad civil, los grupos de presión y los intereses privados? ¿Cuáles son los síntomas que encienden las alarmas, alertando que lo político ha sobrepasado su legítimo espacio de acción y de coerción? El jurista jesuita del siglo XVII, Andrés Mendo, nos ofrece una imagen maravillosa por su radical ambigüedad. En su manual para El príncipe perfecto vemos a una pacífica ciudad amurallada. Pero estas murallas están hechas de ojos, que parecen a su vez vigilarla y protegerla de invasores no deseables. Pero ¿no miran esos ojos también hacia adentro? Observan dentro de las casas, y seguramente dentro de la conciencia de los ciudadanos. El Estado total, como lo ilustra esta imagen, es aquel que amuralla y que todo lo observa, bajo el pretexto de la protección. Prefiero la analogía de Hobbes, según la cual las murallas de la ciudad deben ser las leyes y no los hombres. Proteger a la ciudad con un Estado de Derecho, y no con la benevolencia de los ojos vigilantes.

Paola Romero

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FILOSOFÍA

Entre las promesas que en 1998 el candidato Hugo Chávez hizo a algunos colegas universitarios, recuerda aquella relacionada con la creación de un instituto de altos estudios que sería dirigido por un importante filósofo. Emocionado con la oferta, aquel catedrático tramó fantasías heroicas sobre el aspirante, propuso vínculos clásicos, se enredó en nacionalismos.

Ya en el poder, visto que se bastaba a sí mismo, el milico burló a sus felicitantes.

Solo entonces el eminente académico se dio cuenta: fue atenazado por la falencia que cubrió al país, se diluyó en el caldo de sus propios sofismas.

Carlos Sandoval

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LA DISTANCIA DE MAQUIAVELO

Mañana arrumazada en Barquisimeto. En la “comarca de fantasmas” (que otros llaman la biblioteca) me encuentro de pronto en la corte del Príncipe, donde una vez coincidió Maquiavelo con un ingeniero militar. Resulta que ese ingeniero tenía, entre muchos otros oficios, el de pintor. Se llamaba Leonardo y era un florentino nacido en Vinci, también al servicio de César Borgia, de quien hizo, por cierto, algunos bocetos de retrato. Una tarde Leonardo sorprendió al fino Secretario con un plano de Imola, en el que se mostraba su pericia de dibujar paisajes desde las alturas. Según Carlo Ginzburg, ese hecho aparecerá tiempo después en la dedicatoria del famoso “opúsculo” titulado El príncipe: “Así como los pintores pintan desde el valle las montañas y desde estas, las llanuras, de igual manera es necesario ser príncipe para conocer al pueblo y pertenecer al pueblo para conocer al príncipe”. El libro de Ginzburg es Ojos de madera. Nueve reflexiones sobre la distancia.

Freddy Castillo Castellanos

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MI HATER FAVORITO

Ha encontrado en la tormenta perfecta en que se ha convertido la espantosa crisis de nuestro vapuleado país el terreno propicio para lanzar a diestra y siniestra sus dardos envenenados. Cierto que en alguna de sus diarias inquisiciones ha mostrado su oposición a la tiranía, pero me parece que esa actitud es más bien acomodaticia y hecha a la medida al igual que los trajes que se alquilan para las bodas. Pues sus arteras embestidas verbales desde su cómoda posición de “odiador” profesional apuntan hacia algunos destacados y conspicuos personajes de la así llamada oposición al usurpador. Le ha dado a my dear hater por destrozar la reputación de Henrique Capriles Radonski, dándole con el tobo según el decir criollo, como si aquel abnegado líder encarnara lo peor de nuestros males. Y aguarda al igual que caimán en boca de caño el mínimo resbalón del valiente y sonriente Juan Gerardo Guaidó para caerle a palos.

Dicen que los haters sufren de un severo déficit de atención, similar al que experimentan las parturientas abandonadas por sus maridos en el momento del parto. Será, pienso yo, que a mi hater favorito, parafraseando una graciosa frase de una amiga, le pica el culo.

Ednodio Quintero

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ARS VIATICUM, O ALGUNAS CONSIDERACIONES POÉTICAS SOBRE EL VIAJE

Desde épocas antiguas, se sabe que el retorno es la parte esencial de todo viaje. La fascinación de lo inédito, las piruetas del entendimiento frente a lo extranjero o los misterios repentinamente develados al paladar, nada serían si el regreso a casa no lo pusiera todo en perspectiva, es decir, si el mandato del hogar no amenazase con prohibírnoslo para siempre, consagrándolo todo en cambio a la memoria. Los grandes viajes son aquellos que tienen grandes regresos, que nos motivan a vivir el hogar de una manera distinta. Aquellos que alteran para siempre la idea de lo propio y de lo ajeno. No otra cosa narra Homero en su Odisea, primer relato de viajes de Occidente: la transformación del Rey de Ítaca en mendigo. Se viaja, en general, para cambiar, para hacerse viejo y hacerse joven, y para atisbar el brillo en los ojos generosos del amante al que se vuelve. Es árido el hallazgo que a nadie se entrega: se viaja, en el fondo, para tener algo que contar, pues todo viaje es un preludio paradójico a una nostalgia: se parte en pos del alivio de volver, cargado de amores, obsequios, relatos, descripciones y cotejos. Tesoros que al partir no contemplábamos. De allí la ancestral conexión que tiene el viaje con lo escrito, con libros, rimas y canciones. Aunque también con la tristeza anfibia del que emigra, de ese habitante de un barco encallado, como las piedras que arrojamos en la playa y que después de rebotar dos o tres veces, olvidan para siempre la superficie. Cumple el que se marcha una sentencia de viaje perenne, pues no podrá volver jamás al puerto abandonado, que el tiempo y la distancia le arrebatan de las manos. Algo también sabido por los antiguos: no en balde eligió Sócrates la cicuta, confrontado con el destierro como única posible alternativa.

Gabriel Payares

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La muerte cabalga con crueldad encrespada en el lomo. Sentimos el zarpazo.

Noches de insomnio. La espesura ansía voz. Grito que retumba en el oído medio. Los nombres de los caídos forjan un mapa doliente de este tiempo oscuro. La línea gruesa con sus rostros traza una y otra Venezuela, hay listas de excluidos de cualquier bienestar. Escrutar la línea divisoria convertidos en dos partes / dos bandos. El ahora ocurre sin medias tintas. Tímpano rasgado. Oír al otro se hace exigencia. Oír la radio. Oír las calles, el llanto de las madres. Oírnos. Aún aislados. Deprimidos. Dislocados. Humillados. Separados. Sufrientes. Rotos. Diluida la convergencia, las disonancias precisan otro campo oyente. Conjeturas que develan otras claves. Desde el ápice, con pies plantados sobre el fango, resistes buscando respirar, rabiar, abrirle boquetes al silencio. Las preguntas-látigo lanzas en busca de justicia. Llega, sacude heridas. Un ahora ruin, es lo que se escucha.                                                                                               

Edda Armas

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BARBERÍA DELIRANTE, 5

Para no parecer recién salidos de una película, los espías gringos han comprado un colegio en Valencia. Los hombres, rubios y con gafas, usan camisas manga corta, espantosas siempre. Las mujeres no van a la peluquería ni se pintan las uñas. Tengo un cliente que cree que son mormones. “Claro que son mormones”, clarificó. “Pero fundamentalmente son espías”. Y siéndolo, poco importan que sean católicos, evangélicos o testigos de Jehová. El jefe de la misión no dice su nombre aunque podría llamarse Michael Corleone porque carece de escrúpulos. Dan fe de ello las actas de sus empresas en Panamá e Israel. También aquellas tres películas de James Bond. Obviamente, es el director del colegio. Su misión es formar los espías que en el futuro han de convivir (por espiar) con los exalumnos del colegio ruso y la escuela cubana. Si ya hay sopotocientos espías, dentro de unos años esto será un hervidero. Habrá que sacudírselos a sombrerazos. Cien, doscientas patadas tendremos que dar, rascar el mapamundi para que debajo de la tinta aparezca un hombre normal bebiendo petróleo en una taza desportillada. Hay otro cliente que dice que lo único bueno es que los espías gringos del futuro hablarán inglés, cantarán en inglés y escribirán sus informes en inglés. No es seguro, quienes conocen a Michael dicen que sus dotes pedagógicas son escasas, escasísimas. Quizá sea mejor no tener hijos o, de tenerlos, de verse obligado a ello, escolarizarlos en la mañana en el colegio gringo y en las tardes en el ruso. En medio de toda esta desgracia, humildemente, lo único que espero, lo único que puedo esperar es que sus padres sigan viniendo a la barbería.

Slavko Zupcic

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NIMIOS (II)

Dos poetas latinos. Tras una primera leída, Lejos de Roma, novela del colombiano Pablo Montoya, parece desgajarse de algunos capítulos de La muerte de Virgilio, del vienés Hermann Broch. Y no por el obvio motivo que las une: los personajes centrales son poetas latinos; en la obra de Montoya es Ovidio, en la del austríaco, ya lo indica el propio título, es el autor de la Eneida. Pero algo sobresale en el discurso narrativo del primero: Montoya contiene la presencia de Ovidio en dos escenarios: el lugar en el cual está exiliado (Tomos) y otro constantemente evocado (Roma). El punto de vista no sale de los predios temporales (costumbres y hábitos), no hay juicios de valor: no existen reproches éticos ante la condición de los esclavos; es el pensamiento acrisolado de la época imperial romana, de sus armas y formas de amar y despreciar.  Broch, en cambio, suelta desde el inicio de su novela un argumento que quizás sale de esos entornos cronológicos de quien narra: hay un vistazo al pensamiento moderno, posterior al esclavismo. Al menos al instante de especificar las adversas condiciones de los esclavos: “veía deslizarse la línea de la costa con su cenefa blanca y pensaba en los cuerpos de los mudos esclavos encadenados en el vientre de la nave, ese vientre sofocante y abierto, pestilente, tronante”.

Néstor Mendoza

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II

antes de que se acabe la vela

ir terminando lo que nunca se pudo terminar

colocar lo más preciado cerca de la llama

antes de que la llama fenezca

mirar al público: sin inteligencia ni predicamentos

sonreír desnudamente

mientras el cuerpo da paso a la angustia

y la llama agoniza

después queda el tizón de un cigarro

al que se vuelve después de un olvido

José Miguel Vivas