Papel Literario

Serie Encuentro semanal con los garabatos de mi archivo

Un cronopio en la vida privada de Julio Cortázar

Serie “Encuentro semanal con los garabatos de mi archivo” por Antonio García Ponce. Novena entrega:  “Un cronopio en la vida privada de Julio Cortázar”

Julio Cortázar

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 Julio Cortázar 

Por Antonio García Ponce

Muy sorprendido por el tono en hipérbole con el cual Mario Vargas Llosa retrata el ambiente de casi suprema armonía que privaba en el matrimonio de Julio Cortázar con Aurora Bernárdez, tal como se lee en el prólogo del peruano a las obras del argentino en la colección de la Biblioteca Ayacucho, pregunté sobre el particular a Marta Mosquera, amiga de Cortázar, e indagué también en varias fuentes escritas.

Para los años 40 del siglo XX, Cortázar vivía en Buenos Aires con su madre, la que atendía una librería. Espigado, no paraba de crecer. Medía casi dos metros de estatura, y su cara era lampiña, como de bebé. Viaja a París en 1951, y allí toma residencia. En 1953 se casa con Aurora Bernárdez, hermana de un poeta, Francisco Luis Bernárdez, conocido en Caracas por sus colaboraciones con el diario El Nacional y otras publicaciones.

En verdad, Cortázar era impotente, sufría una enfermedad de patología hormonal, que puede ser la misma descrita en algunos textos con el nombre de insuficiencia hipofisaria anterior leve, caracterizada por el siguiente cuadro sintomático: pérdida de la libido, atrofia testicular con bolsas blandas y flácidas; pérdida del pelo de la cara y extremidades, a lo que se agrega sobrecrecimiento de los huesos largos si la hormona somatotrópica sigue secretándose en cantidades normales.

De todos modos, la relación matrimonial queda sublimada en una perfecta compenetración, tal como la describe Vargas Llosa. El autor de La fiesta del chivo evoca así la estrecha inteligencia de aquella unión:

“Los había conocido a ambos un cuarto de siglo atrás, en casa de un amigo común, en París, y desde entonces, hasta la última vez que los vi juntos, en 1967, en Grecia –donde oficiábamos los tres de traductores, en una conferencia internacional sobre algodón– nunca dejó de maravillarme el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: ‘No puede ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en su casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas y esas bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual’. Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados malabaristas y con ellos uno no se aburría nunca. La perfecta complicidad, la secreta inteligencia que parecía unirlos era algo que yo admiraba y envidiaba en la pareja tanto como su simpatía, su compromiso con la literatura –que daba la impresión de ser excluyente y total– y su generosidad para con todo el mundo, y, sobre todo, los aprendices como yo. Era difícil determinar quién había leído más y mejor, y cuál de los dos decía cosas más agudas e inesperadas sobre libros y autores. Que Julio escribiera y Aurora solo tradujera (en su caso ese solo quiere decir todo lo contrario de lo que parece) es algo que yo siempre supuse provisional, un transitorio sacrificio de Aurora para que, en la familia, hubiera de momento nada más que un escritor […]. Cada vez que él y Aurora llamaban para invitarme a cenar –al pequeño apartamento vecino a la rue de Sèvres, primero, y luego a la casita en espiral de la Rue du Général Bouret– era la fiesta y la felicidad […]. En 1967, ya lo dije, estuvimos los tres en Grecia, trabajando juntos como traductores. Pasábamos la mañana y la tarde sentados a la misma mesa, en la sala de conferencias del Hilton, y las noches en los restaurantes de Plaka, al pie de la Acrópolis, donde infaliblemente íbamos a cenar. Y juntos recorrimos museos, iglesias ortodoxas, templos, y, en un fin de semana, la islita de Hydra. Cuando regresé a Londres, le dije a Patricia: ‘La pareja perfecta existe. Aurora y Julio han sabido realizar ese milagro: un matrimonio feliz’. Pocos días después recibí carta de Julio anunciándome su separación. Creo que nunca me he sentido tan despistado”.

¿Qué pasó? Cortázar viaja a Cuba en 1967, y allí intima con Ugné Karvelis (1935-2002), natural de Lituania, bella, con rasgos de vikinga, alcohólica, celosa. Trabajaba de editora en Éditions Gallimard y era colaboradora literaria del diario L’Express. Había entablado amistad, por tanto, con todos los integrantes del boom latinoamericano. Ugné describe de esta manera su enganche con Cortázar:

“Fue en la Habana donde encontré al otro Julio, ese al que yo acompañé durante tantos años. Era en enero de 1967: yo había sido invitada por la Casa de las Américas y descubría con pasión la revolución cubana. Acorazada tras mi ejemplar de Rayuela, terminé por lanzarme al asalto del gran hombre, interponiéndome entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a depositar su llave. ¡Oh sorpresa!: me invitó a un mojito […]. Miraba, escuchaba a Julio con sorpresa. El hombre cerrado de París se desvanecía tras un nuevo ser, feliz, con todas las antenas fuera. ‘Yo conocía tu cara de sombra. Ahora sé que también tienes una cara de sol’, le dije entonces”.

Es un momento crucial en la vida de Cortázar. Venía experimentando un cambio radical en su físico: le crecen barba y bigotes, y el cabello lo tiene tan abundante como un hippie. Fruto, quizás, de un tratamiento hormonal que antes no tuvo. La pareja Julio-Ugné, después de unos diez años de amores, no congenia, y en 1979 viene la separación.

El escritor conoce a Carol Dunlop, una jovencita nacida en Quincy, Massachusetts. La unión esta vez es completa y redonda. Incluso escribieron juntos un libro, Los astronautas de la Cosmopista, dentro de una camioneta Volkswagen durante 33 días en el trayecto de París a Marsella. Sin embargo, al poco tiempo queda fulminada por la tragedia. Si es de creerle a la uruguaya Cristina Peri Rossi (Cf. http://cristina peri rossi y carol dunlop.blogspot.com), otro affaire en la vida sentimental del argentino, esa Carol Dunlop, muere en 1982, y dos años después también muere Cortázar, los dos con graves síntomas de un gran parecido. La versión digamos oficial atribuye la causa de los decesos a la leucemia, Cristina Peri Rosi insiste que no fue tal sino sida. El tiempo parece comprobar tal hipótesis. Todavía no se sabía mucho acerca del sida. Muy probablemente sucedió lo siguiente: tiempo atrás Cortázar sufrió una hemorragia estomacal y hubo que hacerle una transfusión de sangre en el sur de Francia, en 1980, para paliar la descompensación sufrida. Eran días en que apenas se requería para las transfusiones hacer un control del grupo sanguíneo Rh, y nada de búsqueda del VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana). Los dos empezaron luego a sufrir los síntomas de la inmunodeficiencia, pero en Carol tales síntomas fueron más graves porque en su historia había el antecedente de la extirpación de un riñón.

De todos modos, aún persiste la causa de la muerte de Julio Cortázar. ¿Leucemia? ¿Depresión por la muerte de Carol? ¿Sida?

Pareció ser un cronopio con un final infeliz.