Papel Literario

Alfredo Coronil Hartmann: Día del Idioma

El pasado 13 de mayo tuvo lugar, en el Paraninfo del Palacio de las Academias, la sesión solemne con motivo de la celebración del Día del Idioma y del Libro. El orador de orden fue el poeta, ensayista y diplomático venezolano Alfredo Coronil Hartmann. A continuación, ofrecemos el texto completo del discurso que leyó ese día

Alfredo Coronil Hartmann

 Alfredo Coronil Hartmann / Rumbo Libertad

Por Alfredo Coronil Hartmann

Señores miembros de la Mesa Directiva de la Academia Venezolana de la Lengua.

Ilustres Individuos de Número y Correspondientes.

Señoras, señores.

Distinguidos amigos presentes:

“... de las aguas pesadas de la noche

mi pecho es un oscuro recipiente:

hay semillas vacías,

veranos herrumbrados,

rosas que no abrirán al aire su contorno,

retratos desvaídos,

juguetes que perdieron su eficacia

palabras que olvidaron sus llaves en el tiempo,

frutas que no devuelven la hierba de la infancia,

 un pasillo minado de fantasmas,

el cuarzo del azúcar,

las espadas…”.

Palabras, orfebrería verbal, así comencé, hace cincuenta y cinco años, un compromiso con la lengua castellana que, no soñé nunca, llegaría a conducirme –a la hoy, hazaña corporal– de ascender esta precaria escalera, que, en el imaginario de quienes oficiamos en el ara de la belleza, conduce a esta tribuna de áureos reflejos, sinónimo venezolano de la gloria.

Los honores, distinciones, palmares, preseas, suelen producir en quienes los reciben dos clases de reacciones, o la displicente vanagloria de quienes creen que los merecen todos, o la sorpresa, quizá atemorizada, de quienes nos sentimos elevados, más allá de la auténticamente modesta, estructura de nuestro espíritu. En todo caso, mi designación como orador de orden, en este día emblemático para la Academia, es un honor que agradezco, desde el más recóndito confín de mi alma: gracias.

Pensar en el idioma castellano, en el español, como ha terminado llamándose, produce, imposible dudarlo, la sensación de deslizarse por un inclinado laberinto de imágenes, vocablos, rostros y vivencias, un caleidoscopio fascinante de prístinas facetas, de engañosos, a veces aún peligrosos, oasis y fieras torrenteras.

Don Miguel de Cervantes y Saavedra murió, si ello fuera posible, hace cuatrocientos tres años, la fecha, se discute, si fue el 22 o el 23 de abril, este acto, este homenaje, esta celebración, quepa la paradoja, de ese insignificante hecho biológico, es la fiesta de cumpleaños de una lengua joven, vigorosa, interminable, perfecta.

Escoger la fecha de una desaparición física, para conmemorar el nacimiento de una lengua / adquiere/ inevitablemente, la simbología de una resurrección. Solo así es aceptable.

Alcalá de Henares, sede de una de las más ilustres universidades de España, terminó por ser aceptada como la cuna del príncipe de los ingenios españoles, como acertadamente lo definen viejos y venerables textos enciclopédicos y estudios biográficos.

Semejante honor, pese al carácter esencialmente casual del hecho, no fue reconocido, sin una puja estimulante, entre varias candidaturas propuestas y aún defendidas con sorprendente énfasis: Sevilla, Madrid, Lucena, Toledo, Esquivias. “Sin Esquivias no hubiera existido el Quijote”. Con esta frase el famoso biógrafo Cervantino Luis Astrana Marín apuntala la importancia de la recoleta ciudad en la vida de don Miguel, si aún fuese poco, allí contrajo matrimonio con doña Catalina de Salazar y Palacios, una joven de 18 años, hija de hidalgos y sobrina de don Juan de Palacios, teniente cura, de la iglesia de Santa María; en Consuegra encontramos la madeja genealógica de los López de Cervantes o Gómez de Cervantes y en el Alcázar de San Juan, una amarilla misiva atestigua que, dos Miguel de Cervantes convivieron en 1572 en la batalla de Lepanto, como se afirma en un listado, de soldados a recompensar, que Don Juan de Austria le envía a su hermano el rey, don Felipe II. Fácil es colegir la lluvia de evidencias, documentos pruebas, que alimentaron la larga polémica.

Siete, siete ciudades, el inconmensurable volumen de tal gloria, hacía generoso cualquier reparto, aún matemáticamente estimado.

No son mi fuerte las abstracciones, los escritores hacemos juegos malabares con los vocablos, esas huidizas amantes de nuestra imaginación, tentado estoy –quien no lo estaría– de dejar que esas imágenes fluyan a su arbitrio, por este recinto colmado, hoy y siempre, por los más ilustres talentos de nuestra patria. El amor a la concreción, a la esencia, suele no frenar, pero sí morigerar, las fantasías de los hombres.

La practicidad, se diría hoy el pragmatismo, sin asociar el vocablo al grupo de grandes pensadores, que desde los claustros de la Universidad de Harvard, dieron nacimiento a esa escuela del pensamiento filosófico. La velocidad avara de un tiempo, cada día más escaso, nos obliga a limitar, a precisar conceptos y sonidos, palabras, elementos. Esta cicatería forzada recoge las velas, atempera los impulsos de unas alas aún sedientas de espacios, de ignotas dimensiones, de huidizos, inalcanzables horizontes.

Aquel año de 1616 no se sació con la magra estructura física del inmortal manco de Lepanto, llevose también las imperecederas arboladuras del Inca Garcilaso de la Vega, esplendido escritor peruano y del príncipe de los escritores de lengua inglesa, William Shakespeare. Ah sublime fagocitosis. Podríamos llegar a la peligrosa y engañosa premisa de que la gloria no atraganta.

La verdadera edad de la lengua, que homenajeamos en Cervantes, no es micrométricamente precisable, son unos ocho siglos de existencia, desde que apareció como lengua escrita en los versos memorables del Cantar del Mio Cid. Es pues una lengua conservadora, que desde el primer momento adquirió la mayor parte de sus rasgos esenciales, y ha evolucionado con relativa lentitud. Si de esta transmisión en el tiempo, pasamos a su expresión geográfica, pese a diferencias que llevaron a nuestro gran lingüista y amigo don Ángel Rosenblat, de suyo serio, al deseo tangencial de reunirlas y dar a la luz un delicioso libro, de pequeño formato, pleno de fino humor, trazando un casi humorístico retrato de las penurias de un hispanoamericano, que viajara haciendo escalas por nuestros países. Al margen –desde luego– de su consagrado estudio Buenas y malas palabras y de toda su extensa obra, que fuese cuidadosamente estudiada y recopilada, en el libro Bibliografía de Ángel Rosenblat, por la muy ilustre ocupante de la letra “H” de esta corporación, la doctora María Josefina Tejera y editada por la Universidad Central de Venezuela. Es fácil observar la sorprendente uniformidad de los países hispánicos, en comparación con las diferencias notables del inglés o el francés que se habla en sus antiguas y respectivas colonias. Ello es atribuido a la claridad de su sistema fonético y a su firme contextura gramatical.

Me siento obligado a señalar que, se trata de una uniformidad puramente relativa. Desde el punto de vista de “evolución lingüística” y gramatical es admisible que lo sea, pero en el uso y significado de muchas palabras no. De hecho, la Real Academia Española se tuvo que dar a la tarea de revisar el idioma en cada uno de los países de habla hispana, teniendo como resultado la aceptación de giros locales y algunos gramaticales, los cuales se recogen en el Diccionario panhispánico de dudas. También se da el caso de acepciones de palabras en desuso que perviven en ciertas regiones (en cierto modo un estancamiento en relación con la dinámica del lenguaje en otras).

No tendría sentido alguno emitir juicios de valor sobre la calidad de las distintas lenguas modernas, todo juicio tiene algo o mucho de subjetivo, diría simplemente, que en mi aproximación como escritor a los distintos idiomas que relativamente conozco, aprecio en el español la donosura y consistencia necesarias para el trabajo poético, la ductilidad, la gracia, la sonoridad, meritos que compartimos por igual con el inglés y se afirma que ocurre con el alemán, a diferencia del francés, que aprecio perfecto en la prosa y opaco en sonoridad, para la poesía. He disfrutado mucho a Gabriel D’Anunzio en su lengua de origen, la prosa italiana es de belleza transparente.

El gran Víctor Hugo afirmaba, respondiendo a una pregunta sobre las bondades de los diversos idiomas, “el inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las ciencias, el francés es el lenguaje del amor y el español ¡ah el español! Es el idioma para hablar con Dios”. La pequeña historia recoge una valoración muy similar de las diversas lenguas, del rey Carlos I de España y emperador Carlos V, del Sacro Imperio Romano Germánico, quien sufrió los reveses de su tardío aprendizaje del español, gobernante como lo fue sobre un mosaico heterogéneo de razas y de lenguas.

El genio del castellano o español escrito ha producido, en esas ocho centurias, verdaderas riadas de grandes prosistas y poetas, no tendría objeto intentar mencionarlos, lo cual, inevitablemente, conduce a omisiones deplorables. Siempre en el campo de la veneración personal, forzosamente subjetiva, me acompañan, imprescindible equipaje, las deliciosas Serranillas del Marqués de Santillana, los versos de sus sobrinos Gómez y Jorge Manrique, las redondillas de Diego Hurtado de Mendoza –según Lope de Vega, insuperables– o el delicioso verbo del Lazarillo de Tormes que, finalmente, se reconoce como suyo.

En las más próximas creaciones de la generación del 98, encuentro en un gallego, el mejor castellano en prosa que jamás haya leído, me refiero, desde luego, a don Ramón María del Valle-Inclán, cuyas Sonatas son para mí, junto al Juan de Mairena de Antonio Machado, la poesía de Miguel Hernández, de Lorca, de Vallejo, de Jorge Luis Borges, las Meditaciones de Marco Aurelio y, en momentos de gran valor y de coraje espiritual, de Cioran, y la indispensable Biblia, mis libros de cabecera.

Pero este apresurado paseo por las capillas sixtinas del idioma, luce exótico, en el entorno real en el cual estamos inmersos. Por una parte las lenguas, todas ellas, están bajo el asedio y la agresión de una revolución tecnológica que con sus abreviaturas, siglas, signos y claves enigmáticos, amenaza ciertamente en reducir el habla y la palabra escrita a un simple mensaje taquigráfico, inarmónico y frustrante, a un balbuceo torpe, incompatible con la belleza, cuyas formas dicta inapelable, la limitada panoplia de unas teclas, absolutamente desangeladas.

Pero estas palabras, en la augusta escenografía de este salón, cargado de historia, no pueden ser un réquiem por la lengua de Jorge Manrique, del Lazarillo, de Santillana o por la muy nuestra y plástica prosa de Gallegos o el estro poético de Vicente Gerbasi o de Ida Gramcko, dos volcanes de genio derramados, inagotables, auténticos tsunamis o sunamis –aceptando la voz nipona– de belleza.

El enfrentamiento del idioma, encarnación del espíritu de un pueblo, de una cultura, de una fe, frente a la degradación espontanea o impuesta, de los gonfaloneros de la vulgaridad, la plebeyez y la estulticia, disfrazadas de fabla popular, ha sido y será constante, reiterado inagotable. Esa es en buena medida la razón de que existan corporaciones como la Real Academia Española, universidades, preclaros institutos de investigación filológica, la fonética, la música verbal del genio humano, por largos siglos, pequeños grupos de tonsurados encerrados en sus claustros lo preservaron o ya más numerosos, desafiaron los rigores del ágora, de la confrontación, del debate, rescataron el alma de la lengua castellana, sabían, sabemos, que un luminoso átomo puede salvar esa llama sagrada y preservar al hombre su derecho a expresarse, deslastrado de escoria, transparente, único y perfecto.

No obstante, hay que admitir que las apariencias no nos favorecen, en Venezuela en particular, ya no nos expresamos en español, el riquísimo caudal de vocablos, metáforas, sinónimos, el insondable desván de recursos a la mano, que produjeron a un Luis de Góngora, no parecen tentar a los ciudadanos de hoy, les place en cambio, un regodeo en lo grotesco, en lo feo, en lo deleznable, en lo innecesariamente vulgar. Y es pertinente señalar que, dicha abdicación al buen decir, no está condicionada por clases culturales, sociales, académicas, económicas, no, en absoluto, es lo mismo una conversación o una discusión entre universitarios, obreros, verduleras o políticos y representantes. Tampoco influye el tan trajinado género, hombres, mujeres, niños, todos atropellan al idioma y a la más básica urbanidad, he dicho con frecuencia que cambiamos las palabras, esos maravillosos instrumentos de construir estrellas, por una verdadera coprolalia, deplorable y abyecta.

Es de simple criterio racional, sin perspicacias sobresalientes, obvio que más allá del simbolismo de la fecha, la formación de la lengua romance que empleamos, fue –atributo común de casi todos los idiomas– un proceso de relaciones, interrelaciones, yuxtaposiciones y enfrentamientos que se encuentran en los orígenes de todas las hablas del planeta, si no fuese así viviríamos en una Torre de Babel, indescriptible.

Algunos doctos estudiosos de nuestra lengua, en un esfuerzo de precisión, toman a Alfonso X, “el sabio”, quien ciñó la corona de Castilla, del 1252 al 1284, como el virtual padrino del idioma, no solo por su importante obra personal, sino por la de un conjunto de sabios en las lenguas hebrea, árabe y latina, que integraron su scriptorium real conocido como la Escuela de Traductores de Toledo, fue tan trascendente su producción, que se estima que inicia en buena medida la prosa en castellano.

Don Andrés Bello –a decir de don Marcelino Menéndez y Pelayo, el más grande hombre de letras de la América Hispana– afirmaba que “todos los hablantes somos gramáticas vivientes de nuestra lengua”. Pero esa gramática que todos los hispanos llevamos dentro no puede consistir en aceptar, sin beneficio de inventario, por plebeyez de espíritu o por esnobismo, la primera bufonada que nos salga al paso, es necesario reelaborar o recrear la expresión personal auténtica, según el genio de la lengua materna.

En el proceso de franca involución cultural que vive Venezuela, se ha dado en exaltar las palabras soeces o vulgares como populares y castizas, contraponiéndolas al lenguaje cuidado, que es tildado de cursi, rebuscado y clasista, por no decir escuálido, curioso comodín de esta nomenclatura.

Esas formas desaseadas del habla inculta son precisamente antivernáculas. Castizo equivale a propio de la casta, de la raza, pero las desviaciones o degeneraciones de la casta no pueden llamarse castizas, ni en biología ni en lingüística, no lo son, en cuanto se apartan de los tipos normales de su especie, por el contrario, son diametralmente opuestas a lo castizo. Importa pues no confundir la evolución normal del idioma, con la descomposición degradadora.

En los confines de los siglos XIX y XX dominaba en la investigación filológica la concepción de las lenguas como seres vivos, sujetos al proceso biológico: nacimiento, crecimiento, plenitud, vejez y muerte. La lingüística era por consiguiente, ciencia natural. Las mayorías fueron educadas de un modo, directo o reflejo, en aquellas ideas naturalistas de los neogramáticos. El ejemplo de la descomposición dialectal del latín y el nacimiento de las lenguas romances venía a probar aquel proceso biolingüistico, inevitable e independiente de la voluntad humana.

Rufino J. Cuervo llegó a temer que, andando el tiempo, nuestra lengua común llegaría a disociarse en un enjambre de lenguas neohispánicas. No obstante la dialectología y la gramática evolutiva han dado a nuestra lingüística un viraje en redondo. A medida que la ciencia ensanchaba su campo de observación, se vio, por ejemplo, que el griego, lejos de dividirse, fue reduciendo las divergencias dialectales de los tiempos homéricos, a la unidad del dialecto común, tanto en Atenas como en Alejandría y en Bizancio. Evolucionó ciertamente, pero en líneas convergentes, determinadas por la unidad sustantiva de la cultura helénica.

Las acechanzas del hoy son más complejas, yo diría deletéreas, la impronta del lenguaje impuesto por los celulares y la internet ya es destructiva, deplorable, pero es preciso tener y mantener conciencia de que no es solo la inventiva tecnológica la enemiga de la lengua cervantina, o inglesa o gala, el carácter acelerante de esas innovaciones encuentra cauce propicio, yo diría necesario, en una pobre educación básica y aún superior, en todo lo que se refiere al humanismo e inclusive a la urbanidad.

Son estos tiempos de perplejidad y angustia, no creo exagerar al afirmar que, en Venezuela hoy, ya no se habla castellano o español, los hijos de la patria de Bello, hemos llegado a tal estado de indefensión lingüística, que no sabemos expresarnos, sin el auxilio, no solo de otras lenguas, sino de las más soeces palabras o modismos, una verdadera coprolalia, generalizada que poco atiende a esferas sociales o profesionales, al género –ese concepto deletéreo tan de moda– a la formación académica, ni a las más elementales formalidades que, a cualquier individuo educado, imponen posiciones o circunstancias.

El triunfo moral del lumpen intelectual en boga ha hecho de nosotros invitados impresentables, en cualquier foro, simposio, o cualquier sala del hogar de una familia decente, en cualquier continente.

La tarea que se impone a corporaciones como esta, que hoy tiene la bondad de recibirnos, es enorme. Sin pretender –desde luego– que se subrogue la indeclinable responsabilidad de la educación, que corresponde al Estado, el cual, en nuestro caso, no solo no vela por la preservación de la lengua, sino que promueve a través de los malos ejemplos y de la elevación de lo vulgar a paradigma, los peores daños a la cultura en aras de un hipotético popularismo, inasible y falaz.

También coincide este aniversario con el nonagésimo cumpleaños de Doña Bárbara, aquella novela, de un joven escritor venezolano, que lo proyectó a la merecida inmortalidad, labrada en una rica, rebosante prosa, llena de imágenes y de plasticidad. Solo tenía 43 años. Más de cuarenta ediciones, reediciones y traducciones muy numerosas acreditan su hazaña.

Algunos críticos, muy respetables, señalan como elementos de menguante valor, en Doña Bárbara el que, en su estructura y estilo, abundan recursos y giros decimonónicos, señalan la utilización de imágenes obvias: la barbarie de la protagonista doña Bárbara, la luz civilizadora de Santos Luzardo, el peligro de Mister Danger, por ejemplo.

No obstante, no pueden ignorar la calidad profunda de la obra, la magnificencia de palabras y giros rutilantes y terminan expresando –como el resto del mundo–: ¡Es una gran novela!

La explicación de estos justificados señalamientos, es evidente, el escritor no puede –con escasas excepciones– ser ajeno o inmune al influjo de su tiempo y su circunstancia. Yo comulgo con Ortega y Gasset en que el hombre es el hombre y su circunstancia, la de Venezuela en el tiempo en el cual Gallegos pensó y creó a Doña Bárbara no era precisamente del siglo XX, arrastrábamos aún usos y gustos del siglo XIX. Desde ese ángulo, Doña Bárbara es bárbaramente auténtica y para esa Venezuela, auténtica y moderna.

Venezuela otrora tierra pródiga en talentos, personalidades y notabilidades produjo, a lo largo del pasado siglo una verdadera pléyade de finos y aún egregios cultores del lenguaje, sin presumir de crítico –no lo soy– me atrevo a mencionar, como pobre tributo a sus memorias y basado repito, exclusivamente en mi personal empatía con su prosa, algunos nombres que, a mi juicio, son inescapables en esta ocasión, don Mariano Picón Salas, don Augusto Mijares, José Rafael Pocaterra, Mario Briceño Irragorri, Juan Oropeza, Arturo Uslar Pietri. Hago el difícil, escabroso esfuerzo, de limitar una enumeración que podría rebosar hacia la prosaica forma de una guía telefónica.

En un Día del Idioma, es inconcebible la ausencia de la poesía, terreno especialmente resbaladizo para mí, no puedo obviar a Bello, a Pérez Bonalde, al atormentado José Antonio Ramos Sucre, a don Fernando Paz Castillo, Andrés Eloy Blanco o Jacinto Fombona Pachano. Para mí, y sin desmedro de la gloria de nadie, el siglo veinte lleva la rúbrica de Vicente Gerbasi, de Ida Gramcko y de Rafael Cadenas.

En estos momentos de descreimiento y confusión por los que atraviesa Venezuela, me llega el eco de la lira de Ida, nunca más pertinente, diciéndonos:

“Si la patria está triste

triste ha de estar el hijo que la bese

y alegre solo cuando la conquiste

porque antes ni le es fiel

ni la merece”.

Pero no todo es evocación, saudades, repitiendo el hermoso vocablo portugués, que mereceríamos haber inventado los españoles, pero que, con impulsos dignos de un anglosajón, esos grandes piratas, nos apropiamos/ para bien/ exhibiendo/ el más puro de los títulos,/ el amor a la transparencia, con la venia de Don Luis de Camoens.

***

Todos los que colmamos este salón, por diversas que sean nuestras calidades, amamos la belleza, cadencias apenas intuidas, reflejos misteriosos, silenciosas armonías del espíritu, todos, desde la pequeñez de nuestra estructura humana, anhelamos el reposo del gesto, el instante en que la luz, atraviesa el cristal y se dispersa, en reflejos de asombro, arcanos, inesperados, alucinantes, esa pleamar de paz / en que reencontramos o reconocemos a Dios.

Muchas gracias.

Caracas, 13 de mayo de 2019.