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El vértigo de las pasiones y sus desbordes

Rafael Sánchez, antropólogo venezolano residenciado en Holanda, recorre minuciosamente las políticas de masas que se desarrollan específicamente en Venezuela pero relevantes para todo el continente

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He aquí una mirada tendida sobre Venezuela, desplegada a través del campo de la interpretación antropológica. El propósito declarado por el autor es explorar las razones históricas y socioculturales que dan forma a una conducta excesiva. Es el espectáculo de las multitudes que toman los espacios públicos para sí.

Se trata del reciente libro Dancing Jacobins: A Venezuelan Genealogy of Latin American Populism. (New York: Fordham University Press, 2016). Equipado con un minucioso aparato crítico, Rafael Sánchez sostiene la tesis del teatro que se derrumba: nunca ha habido una población pasiva, una audiencia inmovilizada, a la medida de una representación estable.

A falta del individualismo de la ideología liberal, hubo multitudes empoderadas, un campo incesante de diferenciación y dispersión. Con el cambio de situación, los sujetos postcoloniales adoptan un peligroso mimetismo, matan a sus gobernantes blancos y usurpan los roles de las élites.

La creación de una forma viable de gobierno en Venezuela estuvo amenazada como en ningún otro caso. Los regímenes absolutistas son reemplazados por repúblicas y monarquías constitucionales. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, sus políticas enmudecen o son suplementadas por formas “biopolíticas” de gobierno. Pero no hubo en Venezuela tal mudez.

Luego, desde este punto de vista, la modernidad es un dominio de desidentificación, convertida en norma por “el intrínseco ímpetu igualador irreprensible de las masas”, y en la que el gobierno siempre está en búsqueda agónica de representación, solo para caer una y otra vez barrido por las masas.  

De allí se sigue que el republicanismo en Venezuela ha oscilado entre formas políticas restringentes y punitivas, y un más abierto populismo, una forma de “gobierno democrático” plebiscitario, sin éxito en la edificación ciudadana.

Desde la ruptura del orden colonial hasta la presidencia de Hugo Chávez, incluso en el presente inmediato, nunca se ha alcanzado un completo acuerdo, disciplinado, relativamente pasivo, de un espectador inmovilizado con el que los líderes han soñado.

En fin, al dar por cierta la tesis del efecto que la cuestión jacobina ha tenido en la cultura política revolucionaria, desde el origen hasta el presente, el autor  introduce un matiz que la reformula: en el espectro entero del republicanismo venezolano, desde la izquierda hasta la derecha, el impacto del jacobinismo ha sido decisivo.

Son variados los modos de leer un texto, uno probable es examinar su respaldo documental. Pero entre los centenares de títulos referidos por Rafael Sánchez, hay un par de ausencias notables: El reino de este mundo, la expansión de la idea de revolución por el Caribe, la novela de Alejo Carpentier; cuya filiación remite a Los jacobinos negros, la reeditada obra canónica de Cyril Lionel Robert James.     

Quizás uno deba pagar el precio de la anécdota, pero valga recordar que el programa inicial de Francisco de Miranda es reformista, sin excesos jacobinos. Este conocía a los revolucionarios franceses, de su embriaguez de  sangre como de palabras sangrientas, para decirlo con la viva expresión de Stefan Zweig. Cierto que Miranda va a instigar a la Sociedad Patriótica y logra la presidencia, que es la manera de vengarse del rebajamiento a que había sido sometido por sus contemporáneos.

Dividida en su parecer la élite criolla, las turbas caraqueñas son lanzadas contra el Congreso para arrancarle la decisión política de declarar la ruptura con España. No obstante, el estudio de la razón filosófica jurídica del pensamiento de la Independencia muestra que hubo especulaciones doctrinales del iusnaturalismo y del humanismo cristiano.

Si el espectador es inquieto y el teatro cae una y otra vez, necesario es puntualizar que la construcción del estado, de la nación y de las instituciones en Venezuela es una obra de las élites ilustradas. Porque, después de todo, el problema es suponer que el pueblo tiene una sola voz, que esa voz auténtica se halla en los estratos de bajos ingresos y en sus creencias, en sus lugares de culto, en su galería de imágenes que incluye vikingos, faraones y actores del cine mexicano.

Ese gran agitador de masas que fue Antonio Leocadio Guzmán, en medio de la emergencia de las guerras campesinas de mediados del siglo XIX, terminaría por aclarar que su prédica había sido para crear ciudadanos, no guerrilleros. A fin de cuentas, esa es la cuestión, el vértigo de las pasiones y sus desbordes, la retórica política partidaria y sus efectos sociales disolventes. 

Convengamos: jacobinos sí, pero en fecha reciente, bajo la influencia de la Generación del 28, del dato estructural del ingreso petrolero, y de la centralidad del estado. Está visto que no es posible igualar a los desiguales, y que también hay cegueras interesadas en el ojo de la razón.

Dancing Jacobins: A Venezuelan Genealogy of Latin American Populism

Rafael Sánchez 

Fordham University Press

New York, 2016.