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Todos Tiemblan: Zygmunt Bauman, miedos intratables (II)

En esta segunda entrega del homenaje al reconocido socióloga, el autor habla de la visión del polaco sobre los totalitarismos padecidos por la modernidad y los peligros contemporáneos a los que se enfrenta occidente

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman vivió 92 años. Nació en 1925, en Poznan, Polonia. Fue perseguido por los nazis por su ascendencia judía a partir de 1939. Tuvo que huir con su familia a la Unión Soviética. En la tierra de Lenin, el joven se alistó en el Ejército Rojo para combatir a las tropas de Hitler. Tenía 18 años y parecía que el mundo se venía abajo tras el estruendo de las bombas. Sobrevivió para contarla.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Polonia fue tomada por los soviéticos. Zygmunt regresó a su patria materna para echar raíces a mediados de la década de los 50’. En Varsovia estudio sociología y filosofía. Pronto impartiría clases en la universidad de aquella ciudad. Se convenció de que el socialismo podía vencer las desigualdades sociales y económicas polacas. Así que decide militar en el Partido Comunista. En 1968 se arrepentió: el estalinismo partidista puso en peligro su vida.

El destierro signa buena parte de la vida de Bauman. La docencia y la escritura fue quizás su única patria. De Israel a Estados Unidos, de Canadá a Gran Bretaña, las aulas de las principales universidades europeas y anglosajonas fueron testigos de su voluntad crítica. Su obra gira en torno sobre las clases sociales, el socialismo, el holocausto, la hermeneutica, el consumismo, la globalización, la pobreza, el miedo… La principal virtud de Bauman ha sido la de comprender en carne propia los fantasmas de la desorientada sociedad occidental del siglo XX. Y como padeció los totalitarismos, su obra tiene la clave para descifrar los peligros contemporáneos.

Lo impredecible

Hablemos de los reality shows. Aparte de teatralizar la vida, el telespectador juega a ser juez. Otros dirán que asume también el papel de Dios. En la arena –pienso en la del coliseo romano– salen a relucir las miserias humanas. Los gladiadores, filmados las 24 horas del día, luchan sin cuartel para pasar a la siguiente ronda. Lo que más llama la atención es la frivolidad de las relaciones entre mujeres y hombres. En las cuatro paredes la justicia escasea, porque las gradas lo que desean ver es la frialdad. A veces un participante es liquidado gracias al capricho de miles de personas que votan en tiempo real. Una democratización capciosa. Creo que se trata de simple morbo. Burlarse de los señalados y ajusticiarlos. Entre más escandaloso sea, mejor es el ranting. Las redes sociales llevan este espectáculo a niveles insospechados. El goce banal se viraliza.

Quiero detenerme en esta idea: la incapacidad de predecir el castigo aleatorio. ¿Cómo y cuando se presentará el último golpe? Sobre ello Zygmunt Bauman reflexiona en su libro Miedo líquidoLa sociedad contemporánea y sus temores. No me imagino a Bauman disfrutando su pipa viendo “Gran hermano”. Pero él aseguró verlo en la edición del 2005. Según el maestro, la telerealidad reactualiza las antiguas fábulas morales del cristianismo. Los “jugadores” tienen que aceptar el carácter implacable de “Dios”, que en este caso es el público omnipresente. La decisión de la expulsión no respeta la frontera entre “virtud” y “pecado”.

No hay un chance para confesarse y arrepentirse. El final llega de repente, sin necesidad ni motivo. Nadie puede evitar el sufrimiento. Lo que viene a decirnos que la muerte de estos tiempos se mueve aleatoriamente. “Las ‘fabulas morales’ de nuestros tiempos hablan de la iniquidad de la amenaza y de la inminencia de la expulsión, así como la de la casi absoluta impotencia humana para eludir ese destino”, puntualiza.

¿Quién consigue el antídoto para frenar las catástrofes naturales? ¿Quién consigue frenar las amenazas nucleares? ¿Quién puede detectar los blancos del terrorismo del nuevo milenio? La modernidad no se da a vasto para predecir el final de la condición humana. Por eso, la naturaleza de los miedos líquidos tienen el carácter de lo irreparable, lo irremediable y lo irrevocable. Escribe: “Los miedos que siembran son intratables y, de hecho, imposibles de erradicar: no se van nunca; pueden ser aplazados u olvidados (reprimidos) durante un tiempo, pero no exorcizados. Para tales miedos, no se ha hallado antídoto ni es probable que se invente ninguno. Son temores que penetran y saturan la vida en su conjunto, alcanzan todos los rincones y los recovecos del cuerpo y del alma y reformulan el proceso vital en un ininterrumpido e inacabable juego de escondite, un juego en el que un momento de distracción desemboca en una derrota irreparable”.

El deber de la esperanza

El intelectual debe reemplantearse las esperanzas del pasado y valorarlas a la luz del presente. Ejercicio para nada complaciente. Zygmunt Bauman pone el dedo en la llaga: el intelectual no puede dejar de reflexionar sobre las esperanzas. En una entrevista de noviembre del 2015 diría: “Mientras tengo vida, tengo esperanza (…) No niego que habría preferido terminar mi vida en un mundo menos oscuro y menos hostil hacia los seres humanos. No obstante, soy un pesimista a corto plazo, pero también un optimista de largo recorrido cuando se trata de luchar por un mundo más luminoso y más amigable”.

El deber, el pensamiento y la comunidad van juntos en la obra de Bauman. Quien escribe, dentro y fuera de la Academia, debe ofrecer a la gente las certezas para que el mañana sea más llevadero. El intelectual debe mirar desde la niebla y estar atento a los icebergs… Estar vigilantes día a día, conforme al movimiento caótico del mundo líquido. Advertir la inminente catástrofe, podría decirse; o como lo dijo Jean-Pierre Dupuy, “hacer evitable lo inevitable y, quizás, incluso, de convertirlo en algo imposible de producirse”.

Cuando Bauman llega al final de Miedo Líquido, expone quizás con más exactitud la misión de todo humanista frente al angustiante futuro. Sumándose a la tradición profética de Kant, Bauman expone así su praxis totalizante: “Nosotros podríamos profetizar que, si nada la refrena o la domina, nuestra globalización negativa –y su modo alternativo de desproveer de su seguridad a los que son libres y de ofrecer seguridad en forma de falta de libertad– hace ineludible la catástrofe. Si no formulamos esta profecía y no la tratamos en serio, pocas esperanzas puede tener la humanidad de convertirla en evitable. El único comienzo prometedor para una terapia contra el miedo que crece y, en última instancia, nos incapacita es ver más allá de él, hasta lo más hondo de sus raíces, porque el único modo prometedor de continuar dicha terapia pasa por enfrentarse a la tarea de arrancar esas raíces”.