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Todos tiemblan: De Emil Cioran para los historiadores

El miedo suele ubicarse en los peligros inminentes, ya sean reales o imaginarios. El Corán, el Talmud, la Biblia (agréguese los credos que se deseen), cada uno posee una visión de los temores sociales. En cambio, los de Emil Cioran son unánimes, homogéneos. Es menester comprenderlos como referentes filosóficos: abonan la perspicacia del investigador

Emil Cioran
Por Carlos Alfredo Marín / @Aedoletras

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En el comienzo de las cosas está el miedo. Emil Cioran (1911-1995) goza en demostrarlo. Su investigación rebusca en la ontología de la muerte. Late en sus aforismos la risa burlona. En el fondo, él se aparta de los mortales. Somos nosotros los señalados, los cobardes. Él solo es espectador; nosotros, la manada que sigue el rumbo al despeñadero.

Según el escritor rumano, el miedo es anterior a la formación del Hombre. Si alguna vez hubo Dios, el miedo fue la fuerza que catalizó el caos y la materia. Estamos hablando del miedo como material cósmico, inmanente: la potencia que une a los átomos…

Spinoza creyó que Dios era la Naturaleza misma en sus múltiples modos, y que en ese orden “geométrico” los seres humanos pueden ser felices si saben manejar las pasiones tristes. A Cioran, la propuesta de los filósofos como Spinoza le importa un rábano. Porque, entre otras cosas, el hombre está “condenado” a seguir reproduciendo los mismos errores. Así de plano. No hay lugar para éticas, ni recetas civilizatorias. Todo lo puede el miedo. El propio universo lo sabe: la nada.

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¿Cómo atrapa el historiador las pulsiones del miedo? ¿De qué forma acercarse a las fuentes? Reflexionar sobre ello es más que necesario. En torno al diario y el historiador, Emil Cioran respondió a un periodista argentino en 1985: “Lo que me interesa es lo que tiene algo de documento directo, de confesión personal: las correspondencias, los diarios íntimos, las memorias... Allí donde el autor habla de sí mismo, porque sobre uno mismo es sobre lo único que se puede hablar. El yo es el único tema del escritor, sus propios problemas”. He allí la expansión de la lectura: lo íntimo, lo emotivo. Todo depende de la sensibilidad del historiador.

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Como historiador me gusta hurgar en los mapas. En ellos mis alumnos rompen el celofán que los aparta del pasado. Una vez allí, junto a la imaginación: demostrar que la oscuridad esconde la luz. Pasear por los efectos de la moral y la religión. Sumergirnos en las ideas del tiempo y el espacio. Vislumbrar a Dios, creación del Hombre. Desnudar las pulsiones de muerte de las sociedades a lo largo de la historia…

Los mapas siempre me llevan a filósofos, historiadores, antropólogos y literatos. No veo fronteras para tratar de asir la idea del miedo social. Hay que ir a los pliegues de la cultura y el poder. Enfilar el método de la sospecha a lo Nietzsche, para rumiar los textos y las mediaciones que los atraviesan. Solo así la clase toma un vuelo propio en las aguas de este presente escabroso.

Pienso en este pasaje de Emil Cioran de su libro De lágrimas y de santos para la clase próxima; fijarlo para localizar en él alguna piedrita poderosa entre la muerte y el miedo: “Ese temor repentino, surgido de ningún lugar, que crece en nosotros y confirma nuestro desarraigo, no es ‘psicológico’, no pertenece más que en último lugar a lo que llamamos alma. En él resuenan los tormentos de la individuación, el viejo combate entre el caos y la forma. No logro olvidar los instantes en los que la materia resistía al Todopoderoso”.

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El miedo suele ubicarse en los peligros inminentes, ya sean reales o imaginarios. El Corán, el Talmud, la Biblia (agréguese los credos que se quieran), cada uno posee una visión de los temores sociales. En cambio, los de Emil Cioran son unánimes, homogéneos. Es menester comprenderlos como referentes filosóficos; de hecho, abonan la perspicacia en el investigador. Fernando Savater bien lo dijo: leerlo es saludable porque él saca a la luz lo que casi nadie se atreve.

Algo en mí se aturde con las vehemencias. Me revelo contra las condenas que se enuncian desde allí. En Desgarradura, apunta el escritor: “Cuando lo arbitrario degeneró en terror, a los oprimidos no les quedó más esperanza que la de ser liberados un día por un acontecimiento de dimensiones cósmicas, cuyas grandes líneas, e incluso los detalles, se pusieron a imaginar. (…) No habrá nuevo cielo ni nueva tierra, ni tampoco ángel para abrir el ‘pozo del abismo’. ¿Acaso no poseemos nosotros mismos la llave? El abismo está en nosotros y fuera de nosotros, es el presentimiento de ayer, la interrogación de hoy, la certidumbre de mañana. La instauración y el desmembramiento del imperio futuro se efectuará en medio de conmociones sin precedentes”.

Así se presentan los miedos genésicos de los cuales, según el búlgaro, no podemos escapar. ¿No es la llave para fascismos latentes? ¿No es otra invitación a Behemoth y Leviatán? Es la tierra prometida para las mismas atrocidades que Cioran denuncia. Profeta satírico, promete más de lo mismo. Carnívoro de su propio verbo, se detiene en el tiempo para hacer puros amagues. Con todo, Cioran hay que tenerlo a tiro, como luz del desastre. Del pesimismo también se restan los minutos que vendrán.

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La idea de la historia. ¿Cómo figurarse los entornos de la “verdad” y la “moral”? Porque el miedo social se refracta dependiendo del sitio en que se le alumbre. De allí los riesgos; o mejor dicho: la aventura en desentrañarlo para comprenderlo intempestivamente.

Sobre ello, capturé este pasaje de Cioran ubicado en Desgarradura: “Nada más fácil que denunciar la historia; nada más arduo en cambio que librarse de ella, cuando de ella se emerge y olvidarla resulta imposible: ella es el obstáculo a la revelación última, obstáculo que únicamente puede vencerse si se ha percibido la vacuidad de todos los acontecimientos (…) Comprendemos entonces las palabras de Momsen: ‘Un historiador debe ser como Dios, debe amar todo y a todos, incluso al Diablo, en otras palabras: dejar de preferir, ejercitarse en la ausencia, en la obligación de no ser nada. De este modo, es posible imaginar al liberado como a un historiador súbitamente aquejado de intemporalidad’”.