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Tercer capítulo: Dispara y olvida

Novela de ficción. Síguela los domingos en la sección de Literatura 

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Tres

La Rubí

Ahora caminaba tranquilazo –como si se hubiera quitado un peso de encima–, por el boulevard de la Av. Norte-Sur (ahora que iba de bajada, por lógica, no se podía llamar Av. Norte solamente). Era bonita la noche y, lo mejor de todo, se acordaba perfectamente dónde había parado el carro. Eso era esencial. Hasta tuvo tiempo de comprar una caja cigarrillos Negro Primero, el verdadero rompepechos, en un quiosco, y beberse, lentamente, una cerveza Polaris  fría en la barra de un bar de los viejos de Caracas,  de ésos que tenían puertas batientes que te llegaban al pecho. Siempre volteando hacia atrás, sin nervios pero atento.

Salió del tugurio hacia la noche y siguió caminando hacia abajo. Había una brisa que venía del Ávila –la misma que lo había acompañado desde que se bajó del carro–, que ahora le producía una sensación de desprendimiento, de olvido, de levedad. Sentía como aletazos de espuma transparente que lo empujaban y lo acariciaban. No estaba preocupado para nada, aquel cabrón se lo merecía. Claro que la idea no era matarlo, pero, una vez hecho, qué importaba. Después de todo, tenía un plan y una pequeña muerte no trastornaba mucho las cosas. El Patricio se había transformado en un hombre distinto, sin darse cuenta. Además, él nunca había estado en El Vacacional. Y, si había estado, tampoco importaba en lo más mínimo.

Sólo hace falta un poco de paciencia, sólo un poco de paciencia.

Las fritangas seguían fritándose en pleno bulevar y la gente se dedicaba a sus actividades normales de vender mercancías estrafalarias y el sonido del merengue y del reguetón lo rodeaban pero él seguía muy despejado hacia abajo, hacia el carro, hacia la tranquilidad del aire acondicionado.

Un par de cuadras antes de la Av. Andrés Bello, descubrió unos camiones de televisión con sus correspondientes técnicos idiotas pululando alrededor.

Estarán grabando una telenovela.

Sentía curiosidad aunque sabía que dilatarse curioseando suponía un riesgo. Pero entonces vio a los técnicos cargando cables y llevando luces hacia el interior de una casa con fachada antigua españolada de las de la vieja Caracas, y eso lo extrañó tanto que decidió asomarse.

Era la Casa de Martí, claro, la casa colonial en la que Martí vivió en Venezuela a principios del siglo veinte, cuando estuvo de paso. Se imaginó el Patricio que se trataba de una telenovela histórica, de una telenovela ambientada en la época de cuando Martí vivió en Venezuela.

Decidió entrar.

Le picaba la curiosidad porque el mundo de la telenovela siempre había sido una de sus debilidades confesas. Veía telenovelas de todo tipo y de toda procedencia, hasta se veía las telenovelas norte-americanas –por cable– que eran las peores, por cierto. Se conocía el nombre de las actrices, de la cuales coleccionaba posters en los que aparecían en bikini o en tanga, con las tetas expuestas, paraditas. Se metía en Internet Kuamtum para averiguarles la historia profesional, sus gustos, sus novios, sus medidas, sus desastres emocionales.

Discretamente, se puso la gorra negra de vendedor que decía Salmón Pacífico en diminutas letras amarillas brillantes –casi ilegibles– y que tenía un salmón rosado eléctrico dibujado en la víscera. Se puso también unos lentes oscuros, por si acaso. Sin titubear, se dirigió a uno de los tipos que estaba en la puerta, un tipo con aires de hombre de seguridad. Le dijo golpeado, pasando de largo:

–Soy el del catering, hermano.- Y entró de una vez con el mismo tranquilazo que llevaba en el alma después de haber matado al periodista arrastrao.

Adentro –en medio de un patio típico colonial– encontró el tumulto característico de una grabación de televisión. Técnicos maricones por todos lados, llevando cables o pegando gritos. Mujeres buenísimas en plan de leer sus libretos, y otras que daban órdenes a diestra y siniestra, como si el mundo estuviese al revés y las mujeres mandaran. Un poco más allá, descubrió a los verdaderos responsables del asunto. Un gordo con chaqueta marrón de cuero, barbudo, que gritaba sin compasión: “¡Muevan ese culo, que se nos va la luz!”. A su lado, un flaco perfilado, ataviado con una gorra griega y xxx aires de superioridad, fumaba despacio un maloliente habano.

Al fondo del patio interno de la casona, sentada con las piernas cruzadas y mostrando los maravillosos flancos morenos, estaba la Rubí.

¡La Rubí! ¡No se lo podía creer! ¡Y en minifalda! La mismísima Rubí con sus tetas de caramelo bajo una franela blanca, sin sóstenes, con su sonrisa despechada de “me falta un Patricio en la vida”. Empezó a sudar copiosamente el Patricio y no atinaba a respirar tranquilo.

¡Coño, coño, Patricio, la Rubí, la Rubí en persona! 

Tenía en la mano la Rubí un libreto y lo leía como quien se aprende un catecismo, repitiendo las palabras con los labios, dulcemente. Era una especie de visión angelical para el Patricio. ¿Qué estaría diciendo la Rubí? Se maldijo por no haber aprendido nunca a leer los labios.

Pero, se le acababa el tiempo y se estaba poniendo nervioso. No conseguía imaginarse una manera de acercársele. Y eso que era imperativo que le hablara, que la viera de cerca; sentir su perfume, verle las piernas torneadas y soleadas de un marrón oscuro como una fuerza de la naturaleza. Se le acababa el tiempo, hermano. Algunos técnicos lo miraban ya como diciendo “quién es este tipo” y eso le daba sólo unos cuantos segundos hasta que le preguntaran, hasta que lo descubrieran, hasta que lo sacaran, hasta que lo alejaran de la Rubí. Eso lo terminó de decidir. No lo iban a alejar de Rubí.

Con paso firme y la cachucha baja se fue rodeando los equipos de grabación, disimulado pero con un ojo prendido tras la visera, y, sin pisar ni un cable ni producir la menor sospecha, se le llegó a la Rubí hasta justo enfrente. La diva subió la mirada. El Patricio le veía las piernas como si tuviera una cinta métrica en los ojos, se las veía largamente, se las veía inolvidables. Se asustó la Rubí. Este tipo era diferente. No era la mirada normal de uno de los técnicos. Ya estaban acostumbrados, ya sabían que no sacarían nada de ella.

Era un tipo de un metro ochenta, flaco y enfermizo, vestido con bluyines desteñidos, con una chaqueta de cuero argentino barato, una arrugada camisa de lino azul, y con un aura de muerto en vida que no se la quitaba nadie. El rostro, ovalado, estaba enmarcado por un pelo liso y negruzco, la nariz era curveada y los ojos estaban muy separados. Tenía los ojos un poco enrojecidos y la mirada fija y desafiante. No era como los técnicos, para nada, no sólo era deseo lo que proyectaba. Este tipo era un caso aparte.

¡Cuidado! Este es un loco de verdad. 

Se olió el peligro la Rubí y ya iba  a gritar, cuando el tipo habló:

–Señorita Rodríguez, su pedido de salmón la espera en el carro… –dijo el Patricio.

La sonrisa del Patricio era de espanto y la Rubí vio perfectamente asomarse el cañón de un arma, camuflado junto a una carpeta de esas con ganchos de presión. Él vio cómo a ella se le dilataban las pupilas, del puro miedo, y se le arrodilló al lado con la sonrisa fija en la boca y los ojos duros:

–No te va a pasar nada, Rubí, si te vienes conmigo... ¡Pero ya!

... si no te vienes, te mato aquí mismito –la dejó que digiriera sus palabras. La vio estremecerse. La vio sudar.

Pero era mucha mujer, no se amilanó del todo.

–Si me matas, imbécil, no vas a salir vivo de aquí –dijo la Rubí.

–Ji,ji,ji,.–se rió el Patricio, con su risa más aguda, la que reservaba para las situaciones inverosímiles– Ji,ji,ji, Rubí, antes de muerto, te dejo con el gusanero en la boca.

Y todo fue dicho en tono tranquilo, sin una punta en la voz, sin un sobresalto, como para que los técnicos no vieran la gravedad del asunto.

La pobre Rubí no pudo hacer nada. Era sólo una mujer indefensa, sólo una mujer, después de todo. Se congració consigo mismo el Patricio. ¡Podía lograrlo, podía lograrlo! Se la amarró del brazo, sosteniendo la sonrisa a toda costa, mientras caminaba hacia la salida, en medio del tumulto de técnicos y jalabolas.

Pero el tiempo se detuvo y supo que algo iba a pasar. Los estaban mirando.

Le susurró:

–¡Di algo, estúpida, que te mato!

Era tarde. Se les acercaron el gordo con la chaqueta marrón –el de la barba patética– y un par de fornidos cargadores de cables con pinta de peleadores de Sumo.

Los disparos sonaron durísimo como cuando explotan fuegos artificiales en un partido de béisbol. Pero no eran fuegos artificiales, no señor. Les disparó a los tres a conciencia. Tres disparos, uno para cada uno. Los tipos cayeron en perfecta cámara lenta, haciendo movimientos ridículos, como de borrachos que se despegan de sus sillas, como de nubes que se separan del cielo. Los vio caer y con la misma siguió arrastrando a la Rubí del brazo.

Ya en la calle, disparó dos veces más –por si acaso–, en dirección a la puerta de la casona de Martí, y se guardó la pistola en el bolsillo de la chaqueta, como si nada. Dirigió sus pasos y los de la Rubí –a la que tenía agarrada fuertemente más arriba del codo– hacia arriba, hacia la Esquina de Capuchinos. El carro estaba cerca.

Levantó la mirada: los vigiglobos, los ojos en el cielo, no estaban por ningún lado. Todo sereno. Se situó:

 –Tengo una pistola, me quedan cuatro disparos, si es que esta antigualla no se tranca. Estoy asustado, pero tengo a la Rubí.

La gente se empezó a acercar a la fachada de la casona pero no les hizo el menor caso. Todo había sido muy rápido. Aunque lo hubieran visto –cosa que dudaba, porque los últimos disparos los hizo con el brazo doblado y pegado a la pierna–, nadie se atrevería a acercársele o a seguirlo.

¡El carro, el carro, el carro!

El carro lo esperaba cerrado y silencioso y lo abrió con dos beeps a los seguros. La metió a la Rubí –su trofeo– por la puerta del copiloto y se le montó encima, pasando sobre el cuerpo carameloso de la diva, hasta situarse al frente del volante. ¡Brummmm! Prendió el carro con furia y le pareció que el mundo cambiaba, que ya no era un bípedo indefenso. Ahora era un hombre con un poder: el poder de raptar a una mujer, de alejarla rápidamente de su mundo estúpido, el poder de hablar con ella, el poder de mancillarla, el poder de asustarla. En realidad, el poder de matarla.

No quería matarla, por cierto. Sólo conservarla. Tratarla como una muñeca. Pero resultó que la muñeca hablaba y hablaba. Justo cuando nadie ni nada tendría que hablar, la muñeca hablaba y cómo:

–¡Marico, oye, tú, es contigo, maricón! ¿Qué coño crees que te va a pasar? ¿Ah? Sucio, homosexual reprimido,  hijo de puta, pedazo de mierda, baboso, no se te para….

Sin mediar palabra, le estampó un cachetón que le estrelló la cara contra el vidrio del carro. La Rubí quedó desmayada con la cabeza de lado y la boca abierta. Le salía sangre por la nariz y un hilillo rojo se le descolgaba de los labios.

–¡Cállate! –le dijo brutalmente.

Ella lo miró con una mezcla de rabia y sorpresa, pero no abrió la boca. 

Enfiló hacia el norte, buscando la Cota Mil, buscando la seguridad de la autopista, buscando aquella vía sin restricciones ni controles que flotaba sobre la ciudad y le permitiría escapar. Estaba seguro de que ya la policía –la Polican–, había sido notificada y, mientras manejaba, no muy rápido para no llamar la atención, pensaba cuál sería el siguiente paso. Nadie lo había visto montarse en el carro con la Rubí. Al menos, estaba seguro de eso. En medio de la algarabía producto de los disparos, la gente se concentró frente a la casa de Martí y nadie los siguió. Se había asegurado, mientras arrancaba, por el espejo retrovisor. Tampoco los globos vigilantes –los vigiglobos– lo pudieron ver. Tenía una pequeña ventaja.

¡La gorra. La gorra y los lentes oscuros!

De un tirón se quitó la gorra y los lentes oscuros y respiró profundo. Miró de soslayo a la Rubí y descubrió una sonrisa minúscula en la comisura de los labios de ella, mientras se limpiaba la sangre. Estuvo a punto de preguntarle de qué se sonreía, pero se detuvo. No podía. Le acababa de pedir –de ordenar– que se callara. ¿No perdería autoridad sobre ella si le preguntaba de qué coño se estaba sonriendo? Seguro que ella pensaría que era un indeciso, un inseguro. “Estúpido, ¿quieres que hable o no quieres que hable?”, le diría ella. Pero por nada del mundo quería darle esa imagen a la Rubí.

Decidió sorprenderla. Ya que ella se burlaba de él, él se burlaría de ella. Sin decir nada, pulsó un botón y, al instante, empezó a sonar la canción de la propia Rubí, que mugía con voz dulzona: “Ya no te quiero ni en sueños, caminante, pasa ya de largo que yo menos mal que te olvidé…”.

Los dos se voltearon simultáneamente y se encontraron las miradas. Él con una sonrisa de ganador que anunciaba con descaro: tengo muchos trucos para ti. Y ella con una expresión de desconcierto total, como si pensara: ¿quién es este sicótico? La había sorprendido por completo y esto lo reconfortó maravillosamente. No obstante, le duró poco la alegría. Las cosas habían cambiado con el rapto de la Rubí.

Más temprano que tarde me van a perseguir implacablementeEso es seguroTengo que pensar, tengo que encontrar un sitio donde pensar.

A lo lejos apareció el arco metálico de la alcabala que era, a la vez, la entrada y la salida del cantón del centro. Si el “Sistema” estaba alertado, se dispararían las alarmas cuando cruzaran debajo del arco de metal, que no era más que un enorme escáner conectado al Cuartel General de la Polican. Pero no lo creía. Todavía no.

Dudó un momento y luego pisó a fondo el acelerador. Afuera del carro, como si se tratase de un juego de computadoras pixelado, transcurría vertiginoso el paisaje de la ciudad encerrada en el valle.