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Rafael Guerra Ramos: el guerrero solitario

Nació bajo la tiranía del Benemérito Juan Vicente Gómez, creció bajo la luz engañosa del esplendor petrolero y debutó como agitador popular en los liceos para enfrentarse a la Junta Militar de Delgado Chalbaud, la dictadura de Pérez Jiménez, los arrebatos de Chávez y la tiranía de Maduroro

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La Cárcel Modelo fue su universidad, la tortura su experiencia, el liceo Fermín Toro, su formación y el exilio la dura escuela de una vida de saltimbanqui por la geografía latinoamericana en la que pudo conocer la pobreza, pero también el cariño de quienes le ofrecieron amistad y protección en sus momentos más duros. Hoy, a los 87 años de edad, Rafael Guerra Ramos se levanta muy temprano en Caracas y revisa las noticias para saber adónde dirigirse y en qué lugar hacerse presente durante las marchas de protesta, como lo hacía cuando a los 16 años formaba parte de las República Liceísta, que contaban con un Poder Legislativo y una cámara compuesta por dos delegados de cada aula o sección. Así, entre deportes, la política, la literatura y la diferencia de ideas, nació en el Liceo Fermín Toro una conciencia social y política, bajo la dirección de quienes durante muchas décadas hicieron historia en la batalla para luchar contra las dictaduras e injusticias de la época.

Los jóvenes de entonces recibieron clases de autoridades como Mariano Picón Salas, Carlos Augusto León, José Nucete Sardi y Miguel Otero Silva. Qué más podía pedir el muchachito que había tenido que migrar de sus pueblos empobrecidos del Guárico, para buscar una nueva vida después de la muerte de su madre y deslumbrarse con el olor del petróleo en Pariaguán, en donde parecía asomarse la prosperidad, mientras  él tenía que llevar a su hogar el agua del surtidor público y por ello llegar a la escuela siempre tarde. Junto con su padre vendía gallinas, cochinos y cereales, hasta que el paludismo, el sarampión y la anemia castigaron su frágil cuerpo. Los contratiempos en la provincia lo llevaron a Caracas. Le dio la espalda al falso rayo de luz de la industria petrolera y se marchó con la ilusión de darle un vuelco a su existencia e ingresar a un liceo.

La primera República. La experiencia en el Liceo Fermín Toro le ganó el nombramiento de diputado independiente en la República Liceísta, pero seguía navegando  en dos aguas: el partido AD, del cual su padre era militante, y el Partido Comunista, que en esos tiempos fascinaba a los jóvenes, así que a los 22 años repartía su tiempo entre lecturas, un trabajo en el hipódromo, estudios de bachillerato nocturno y la militancia política que lo llevaría más tarde a la cárcel, el exilio y la clandestinidad. La huella de la tortura y el exilio lo llevaron a conocer en 1952 el primer latigazo de la opresión, junto con un grupo de jóvenes que había preparado la gran marcha del Primero de Mayo. Lo buscaron a medianoche en las casas de su tía María y de su hermana Martina. La Seguridad Nacional quería saber en dónde estaban enconchados Santos Yorme (Pompeyo Márquez), Pablo (Guillermo García Ponce), Aparicio (Héctor Rodrìguez Bauza), Oráa (Eloy Torres) y en qué lugar se imprimía Tribuna Popular, órgano del Partido Comunista. Pese a que un sádico de nombre Loco Hernández le arrancó las pestañas con una pinza y trataba de introducirle un cable muy fino por todos los orificios de su anatomía, resistió y con tres costillas, dos clavículas rotas y más morados que el Nazareno lo llevaron a la enfermería, donde una mujer bondadosa lo trató con ternura, hasta que de nuevo lo llevaron a los calabozos en los que se encontró con toda la camada comunista y adeca, cuyo único ideal era el de luchar por la libertad e ilustrarse con cuantos libros caían en sus manos.

La equívoca guerrilla. En el año 1958, con la llegada de la democracia, Guerra Ramos se unió al movimiento guerrillero enamorado de una fábula que le habían vendido desde la Unión Soviética y que luego de las represiones a Checoslovaquia cambió de tercio para servir al país, no sin antes pasar la gran aventura clandestina, como expulsado de Venezuela y comunista de pasión, convirtiéndose en un exiliado, junto con 23 compañeros. En México conoció a Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco y a un amor de paso, la linda Genoveva, de quien se despidió para marchar a Colombia como “agente secreto” y con el nombre de Juan Colinas, cédula colombiana y con el tiempo buenos trabajos, amistades intelectuales y hasta un libro de poemas escrito en compañía del intelectual chileno Andrés Crovo, esposo de María Elena Jiménez, quien fuera en su tiempo ministra del Trabajo y cónsul de Colombia en Gran Bretaña.

Guerra Ramos demostró gran habilidad como estratega, habilísimo en la tarea de rodearse de gente colaboradora para facilitar la entrada al país a militantes ilegales que vivían escondidos.

Un sueño no resuelto. “Imaginación contra dinero, sí podemos, somos más” fue la primera consigna que se escuchó en Venezuela, creada por Jacobo Borges, en unión de Rafael Guerra Ramos, enamorado de este movimiento que llegaba para sacudir a los grupos de izquierda divididos y dispersos. Se trataba de un despertar de la juventud hacia nuevas propuestas y de un alejamiento del comunismo. El entusiasmo prendió en los liceos y universidades, en la capital y el interior, las marchas eran una fiesta. “Éramos, sin más, un minipartido con ángel”, confiesa Guerra. Con el tiempo, el Movimiento al Socialismo fue el Menos, por las divergencias en los diversos estados y por algunos casos non sanctosdentro de la organización: “Desde entonces, comenzó una nueva historia de la perturbada vida interna del MAS. Conoceríamos impensables episodios de cómo, a veces, el poder corrompe”.

Al separarse de la dirección del MAS, siguió ejerciendo la presidencia de la Subcomisión de Derechos Humanos y como masista crítico y vocero de la Cámara de Diputados, por acuerdo entre las diversas fracciones parlamentarias, Guerra Ramos presentó al Parlamento lo que se denominó como un tenebroso informe titulado “Hacia dónde vamos”, radiografía  de la situación que vivía el país desde el famoso Viernes Negro. Fue un directo ataque al gobierno de Carlos Andrés  Pérez, que hizo historia. Muchas aguas turbias corrieron por esos años en los cuales Guerra Ramos trabajó por conciliar en el MAS, hasta que en compañía de Teodoro Petkoff, Eloy Torres y Pompeyo Márquez se opusieron a la candidatura de Chávez a la Presidencia, optando por la de Salas Römer:

—¿Y por qué darle la espalda a Chávez ?

—Cuando Chávez estuvo preso, como presidente de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento tenía la obligación de visitarlo y lo hice en dos ocasiones. En ambas se me presentó como el hombre carismático y encantador que era. Hasta me cantó, acompañado de un cuatro. No me engañó. Desde los primeros minutos de su discurso fanfarrón me di cuenta de que estábamos ante un dictador y lo que había dicho el propio Carlos Andrés se convertía en premonición: “Si Chávez llega a ser presidente el país se convertirá en una tragedia que no debería padecer jamás Venezuela”. Es lo que estamos viviendo. No se equivocó.

Bajo los años del mal llamado “socialismo del siglo XXI, ha dejado de existir la posibilidad del ascenso político y social, de progreso individual honesto, porque los gobiernos de Chávez  y Maduro han buscado exprofeso transformar  la sociedad y la cultura sociopolítica de los gobiernos anteriores y ello ha generado una generación de baja movilidad social, en la que viven pobladores, no ciudadanos, con una mentalidad dependiente del Estado, sin esperanzas de progreso.

Hoy, Rafael Guerra Ramos, “Guerrita”, como lo bautizaron sus amigos cariñosamente por su estatura física, descansa tranquilo junto a su esposa Flor América Brandt en Caracas y de vez en cuando disfruta de la compañía de muchos sobrinos que viven en el exterior, uno de ellos, Marcos Santana, quien tuvo la buena idea de publicar las memorias de este testigo privilegiado de la historia política  de Venezuela junto con la periodista e historiadora María Teresa Romero.

El libro La lucha que no acaba es digno de ser leído por todos aquellos que quieran entender el por qué los venezolanos están viviendo este calvario. Es la historia del país que no se rinde, como afirma Alberto Barrera Tyszka, y Guerra Ramos lo dedica a la juventud del país: “A esos jóvenes que firme y bravamente luchan contra esta pesadilla que estamos sufriendo y por la reconquista de la Venezuela  que nos merecemos”.