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Para una ética del desarraigo

Palabras de presentación de “Los días animales” de Keila Vall de la Ville (Caracas: Oscar Todtmann Editores, 2016) en la librería McNally Jackson, Nueva York, el pasado 21 de abril de 2017

Keila Vall de la Ville

Vasco Szinetar ©

 Keila Vall de la Ville 

Por Miguel Gomes

No se me ocurre manera mejor de abordar la primera novela de Keila Vall de la Ville que trayendo a colación el postulado esencial de un ensayo de Pierre Hadot, filósofo que insistió en tomarles el pulso a nuestros tiempos obligándolos a dialogar con la Antigüedad, aunque sobre todo argumentando que el pensamiento, incluso el más al día, debería, como en el caso de los griegos, fundamentar menos el ejercicio autárquico de la razón que un estilo de vida. El escrito al que me refiero se titula “La philosophie est-elle un luxe?” y, como de costumbre, hermana lucidez e ironía: “El papel de la filosofía es, precisamente, revelar a los hombres la utilidad de lo inútil o, si se prefiere, enseñarlos a distinguir los dos sentidos de la palabra útil” (Exercices spirituels et philosophie antique, Paris: Éditions Albin Michel, 2002, pp. 362-363). Necesito comenzar recordando a Hadot por mi íntima convicción de que Keila Vall nos ofrece en Los días animales (2016) una narración filosófica, cuyo objetivo es configurar una ética sin incurrir en sermones.

La existencia de sus protagonistas surge, en principio, a la deriva: grupos de jóvenes escaladores de un empedernido nomadismo, saltando de un país a otro ―por más que Venezuela constituya para la mayoría una especie de base―, perdidos en las intrincadas relaciones sentimentales o carnales que los unen, los desunen, los hacen amarse, odiarse, no entenderse, temerse y desearse, con la misma imprevisibilidad de los itinerarios geográficos. Todo asomo de utilidad social en sus empeños parece haberse esfumado.

Nos encontramos en un cosmos sin centro, en deuda con la mundialización, pero también con lo que Jean-François Lyotard y otros han descrito como el fin de los megarrelatos, el fin de las ideas matrices que antes cohesionaban nuestra visión del pasado, el presente y el futuro. Un coletazo, generalizado y drástico, de lo que ya el siglo XIX, con Nietzsche a cuestas, había empezado a definir como la “muerte de Dios”.

Aquí se nos impone la obsesión de los personajes de Keila Vall como un síntoma: escalar montañas. Enfrentarse a los gigantes y elevarse al cielo con la misma impertinencia de las criaturas mitológicas que acabarán, como sabemos, mal, castigadas por su infantilismo o su soberbia, con las alas derretidas o las entrañas perpetuamente roídas por un buitre. Tal vez en nuestra época esta parte del mito sea más discreta: individuos disueltos en el olvido y en las multitudes. Lo cierto es que nada hay de apoteósico en el desenlace que Los días animales depara a la mayoría de sus pueri aeterni, como algunos psicólogos llamarían a los adolescentes crónicos que pueblan estas páginas.

¿Qué sucedió? ¿Cómo se extravió el centro? ¿Cómo se entrega la dirección de una vida a la cruda inmadurez? Podríamos atribuirlo a un malestar inseparable de los cambios de percepciones, vivencias y cultura que las nuevas lógicas “globales” arrastran consigo. Conociendo un poco la sociedad literaria de la que la autora proviene, me permitiría un necesario matiz: su novela, no descartando esa lectura, simultáneamente facilita otra, comprometida con un horizonte social concreto, el venezolano. Ello se vislumbra en una secuencia en que Rafael ―nombre angélico, no muy compatible con su conducta― sube a uno de los hoy desvencijados rascacielos caraqueños que fueron antaño símbolos de orgullo progresista y nos dice Julia, la narradora: “al abrirse las puertas en el piso veintitrés caminó por un pasillo vacío y subió unos veinte pisos más hasta llegar a un nivel sin cielorraso, lleno de escombros y sin luces. Años atrás hubo un incendio y había quedado así; en mi país las cosas se desmoronan sin dolientes” (pp. 123-124). La observación, lejos de accidental, resuena todavía unas cuantas líneas después, cuando se echa un vistazo al resto de Caracas:

“En mi ciudad te borra la violencia o el miedo a la violencia. Cada vez hay menos gente en la calle (…). Los caraqueños no la usan sino para lo mínimo: para la supervivencia. Para ganarse el pan, los reales del día a día. De noche se quedan guardados (…). Viven en el terror”(p. 124).

No nos extrañen, por consiguiente, los nomadismos, el desasimiento, los viajes sin meta. Pero cuidado: no sugiero que Los días animales pretenda burdamente documentar una trágica diáspora ―demasiado conocida, por otra parte―. Todo lo contrario. La trashumancia encarna en personajes contradictorios, complejos, gozosos y desafiantes en medio de un destino que otros lamentarían por el supuesto estigma de la expatriación:

“Nunca me han molestado las horas de espera en cualquier sala de embarque, ni los sánduches de nevera, ni los hombros adoloridos por el peso del equipaje. Me gustan los aeropuertos con sus desvelos y su lenguaje breve. Con sus carreras y sus paréntesis de nada. Con sus vacíos. Me gusta perder aviones y correr para no perderlos. Me gusta ordenar los rostros de los viajeros a partir de sus expresiones (…). De las estaciones de tren me fascina el movimiento, la gente fluyendo en bandadas de una puerta a otra (…). Me fascina el traqueteo de las ruedas en el andén…” (p. 137).

Así, creo, iremos llegando a la clave de una respuesta cavilada y serena ante circunstancias adversas. Una ética del desarraigo, podríamos considerarla. Dice también la narradora: “Es mejor viajar sin tanto trámite, más cerca del cuerpo” (p. 138). En otras palabras, de todos los espacios por los que circulamos, el cuerpo es el primordial y está invariablemente a nuestro alcance: solo nos desarraigamos de él con la muerte. Por eso el referente animal, vitalista, que traspasa esta novela. Y por eso, a la larga, Julia puede concluir que “Un país siempre queda cerca” (p. 200). Para entonces, la tenemos en la India, luego de haber visitado Nepal, de haber estado a punto de zambullirse en las hordas del turismo seudomístico de Goa y preparándose ya para presenciar un eclipse en Palolem, donde una amiga fugaz le examinará el aura. Julia ha aterrizado en sí misma, tras haberse unido a bandadas de hombres y mujeres jóvenes que se aferran a su adolescencia más allá de lo permitido por la anatomía y el tiempo mientras surcan los mismos cielos desde los que se precipitó Ícaro.

En un mundo laico, abandonado por los dioses, los seres humanos vagabundean en busca de iniciaciones que los ayuden a recobrarse a sí mismos, a recuperar su ser verdadero. Algunos las persiguen en las cumbres; otros, en los abismos de los afectos. Unos pocos ni siquiera se esfuerzan, y ellas se les manifiestan con la voz del inconsciente. Los personajes de Keila Vall hacen esos recorridos y Julia, en particular, oirá un numinoso traqueteo de vagones, pero en sus sueños, donde el origen permanece intacto y la luz le anuncia que el eclipse ha pasado. Lo esencial es que ese lugar solo ha podido hallarse tras un largo desplazamiento a ninguna parte, una solapada peregrinación que, como lo propone Hadot, nos revela el otro sentido de lo inútil. De esa aparente inutilidad se componen la experiencia de lo sagrado y, no menos, la del arte: no casualmente, la llegada de Julia se produce cuando sus palabras cesan y la novela de formación se completa.