Entretenimiento

Minificción de los jueves: Víctor Mosqueda Allegri

Venezuela, 1984. Psicólogo, narrador. Ha publicado: “Manual de patologías” (2015) 

Cinta de Moebius | Adam Pekalski

Oz y el progreso

En las lejanas tierras de Oz, el progreso ha llegado. El camino de adoquines amarillos ha sido sustituido por una superautopista de asfalto de 8 canales, que es circulada por medio millón de vehículos al día. Desde entonces no hay más embotellamientos en las horas pico de Oz, pero en las calles no queda nadie con valentía, cerebro o corazón.

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Loop

De una cabaña medieval sale una niña con capucha roja. Ignora los consejos de su madre y termina en el estómago del lobo. El leñador se acerca con el hacha. De la casa de un pueblo colonial, una niña vestida de rojo sale al mercado. Un hombre lleno de pelos intenta aprehenderla, pero el machete de un pescador lo detiene. De un edificio de treinta pisos sale una niña con una franela azul. Una van negra abre sus puertas y se la traga. Un policía detiene al vehículo en una alcabala y cuando ve lo que hay adentro decide unirse a la fiesta, mientras saca su navaja.

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Gina y Django

Fue odio a primera vista. Sus gustos y aversiones no podían diferir más y no soportaban siquiera mirarse a los ojos. Sus sistemas de valores se enfrentaban con cada palabra que cruzaran, y sus ideales y concepciones del mundo mostraban toda su polaridad con cada gesto y acción que realizaban. Sus fobias y sus parafilias eran incompatibles, sus patologías, opuestas, sus experiencias vitales, contrarias, sus modos de ganarse la vida, cada uno en un extremo distinto. Ni siquiera sus cuerpos calzaban en un esquema común, pero aun así su pasión surgió en medio del más incoherente de los besos. Y se hicieron el amor, se mudaron juntos, se casaron, y tuvieron hijos, una hipoteca y todo el paquete completo. Fueron infelices cada día de su vida, intentando atraer al otro a su lado de la realidad, a su forma de vivir y entender la vida. Envejecieron, convencidos de la inutilidad de volver a mirarse a los ojos, en cuartos separados, sin compartir cuando menos la mesa, sin saber que en su soledad se habían vuelto reflejos el uno del otro, que se habían hecho tan indistinguibles como dos gotas de agua. Murieron el mismo día, dedicándose el uno al otro exactamente el mismo pensamiento.

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Canción para amamantar

La veo allí, noche tras noche, día tras día, cantándole una nana mientras le da teta al espacio vacío entre sus brazos, a esa burbuja de aire que protege con cada retazo de su ser, y no tengo la voluntad para decirle, gritarle, confesarle que la que no existe es ella, y que la bebé a la que pretende alimentar bebe de otra leche y otra teta.

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La oreja

El toro embiste, cráneo y cachos al frente, como colapso de trenes, convexo y deforme ante la perspectiva del vértigo, como visión de mosca. El matador esquiva por tres hilos de aire, que se calientan del roce, volviéndose tres hilos de fuego. La pluma en medio, la mano que la sostiene, la hoja en que se soportan, atravesadas, corneadas. La oreja del escritor. Las rosas.

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Un giro esperado

―Es que esta relación se ha vuelto rutinaria. Y tú… pues, te has vuelto un hombre predecible. Nada de ti me estimula.

Al escuchar estas palabras, el hombre salta y baila como un arlequín, suelta gritos ininteligibles, se saca un moco y se lo come, vacía una jarra de agua y la lame del suelo como un perro. Saca un arma y dispara directo a la frente de su esposa.

―A mí nadie me llama predecible.

La mujer, con la cabeza en un charco de sangre, y con lo último que le quedaba de energía, llama con el dedo a su esposo y este se acerca, reptando como una culebra y haciendo beat box.

―Sabía que dirías eso –susurró la mujer y murió.

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Lo que Enrique Anderson Imbert no contó por tabú

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

―¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

―¿Zangolotino? –pregunta Fabián azorado.

Y muere.

El ángel le corta una oreja y la guarda en una bolsa hermética. Saca un pañuelo de su bolsillo, limpia sus huellas en el cuerpo y la habitación y se larga volando.

Llega a casa de Samanta.

―¡Cuidado, Samanta! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra pipiolo.

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Los 7 últimos hombres o el último hombre 7 veces

Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra. Tocan su hombro. Se genera un agujero negro semántico.

“¿Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra y tocan a su puerta? ¡Pff!”, dice el falto de imaginación, arruinándole el cuento a todos.

Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra. Se pregunta si es una mujer, pues ya no tiene patrón de referencia. Tocan a su puerta. Abre. Es una mujer.

Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra. Tocan su hombro. Se voltea y se entrega, con los ojos cerrados, a las fauces del oso.

Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra. Tocan su hombro. Bueno, entonces eran dos. Suena un disparo. Ok, solo uno.

Un solo hombre vivo sobre la faz de la Tierra. Tocan su hombro. El dinosaurio seguía allí y yo era el lugar de sus apariciones.

Un solo hombro vivo sobre la faz de la Tierra. Tocan a su hombre los sujetos sin extremidades.