Entretenimiento

Minificción de los jueves: Manuel Moreno Nieto

España, 1959. Estudió Ciencias Políticas, Sociología y Filosofía. Narrador. Ha publicado “Nunca llegarás a nada” (2013)

Manuel Moreno Nieto

Café

Al despertarse pensará que es el mejor consejero delegado. Con pie firme se dirigirá a la ducha y se frotará con energía. Repasará mentalmente la semana anterior: doce despidos dentro del ERE, veinte reducciones de jornada y eliminación de los bonos de comida. Es impopular, pero para algo está ocupando el puesto. Tomará el ascensor hasta el garaje y determinará, conduciendo su AUDI cada vez a más velocidad, que hay que ser más expeditivo: aumento de jornada para los que se quedan y más restricciones en las máquinas de café. Sentirá su posición en la empresa como un hecho metafísico: gusta a los dueños, los empleados le temen.

En el aparcamiento del PARLA TRADE CENTER vaciará el cenicero del coche con un golpe en el lateral y subirá enérgico las escaleras. Mirará el escote de su secretaria al pasar por la antesala del despacho. Posiblemente hoy también la arrodillará frente a él, bajo amenaza de despido, sabedor de sus problemas económicos por hipoteca y marido desempleado. Abordará su sillón de cuero y encenderá su ordenador, su tableta y los dos teléfonos móviles. Echará un vistazo a los correos y esperará la primera reunión: transferencia a Malasia de la actividad productiva hasta ahora radicada en el polígono número 2 de la ciudad.

No advertirá que el café de la sala de reuniones está enriquecido por mí, despedido la semana pasada, con un potente modulador de tránsito. Diez minutos después de empezar, en plena discusión para decidir la fecha del primer viaje a Kuala Lumpur, un grupo de once ejecutivos, españoles y malayos, sentirán la poca importancia del poder, el management y los balances bajo la presión de sus organismos, controlados por especuladores biológicos en busca de la mejor salida.

Cambio de ciclo

Para esa tarde decidí tranquilidad absoluta y, cuando me levanté de la siesta, me encerré en mi gabinete, aunque Aurora me había advertido que teníamos algo importante que hablar. Empecé con La interpretación de los sueños y después unas sentencias del Tao Te King. Mis hijos habían salido. Subí a la bicicleta estática, mientras escuchaba una grabación de María Fernanda de Utrera del 71. Volví a esquivar a Aurora. Al cabo de una hora tomé una ducha y entré a la prensa por Internet. Me indigné por las injusticias mundiales y me alegré por nuestra vida sin golpes de estado, piqueteros o hambre. La semana siguiente me pasaría por las oficinas de Amnistía Internacional y Greenpeace. Aurora entró con el móvil de Nacho, nuestro hijo de catorce años, y me enseñó un mensaje en la pantalla. Concentrado en la Primavera Árabe, hice un gesto de desdén. Entonces ella volvió a señalar el móvil y escribió en un papel, con letra muy grande: “Naxo m gstó muxo lo d ayr,  si oy t xtas bien tago otra mmada”. Me desinflé. Pensé en la inutilidad de tantos años de  colegio concertado para que Nacho acabase cayendo en manos de una salvaje. Observo la edición de En busca del tiempo perdido  que acabo de comprarme y arrojo el Libro I contra la bicicleta.  Aurora se va llorando al dormitorio y yo salgo a la terraza en busca de aire que respirar. Un martinete pone el fondo musical a mi desazón. Amnistía Internacional y Greenpeace tendrán que esperar. Se aproximan tiempos de crisis y desórdenes sociales.

El mando

El inspector Ríos dedujo, por la ausencia de señales de violencia, que todo fue muy rápido. Miró después los muertos, ambos con un agujero a quemarropa en el centro de la frente. A menos de dos metros, dos hombres que viven juntos se han disparado al mismo tiempo. Ya salía el último de la Policía Científica con su buzo blanco, su mascarilla y su maletín cuando el inspector descubrió la cámara de vídeo encima del televisor. Ríos llamó al policía, que rebobinó y activó para visionar.

Sale el rostro en primer plano de uno de los muertos, moviéndose arriba y abajo, hasta que cuadra la imagen. Luego se aleja, lleva una pistola en la mano. Se pone detrás del  sofá.  Mete el cargador. Después aparece el otro muerto que también monta el cargador. En pantalla, uno a cada lado, se apuntan:

  • He puesto la cámara para que veas tú mismo que no te atreves.
  • A lo mejor te arrepientes de no poder ver cómo te pego un tiro.
  • Siempre con el mando. La televisión es de los dos.
  • Te duermes siempre.

Ambos tienen los brazos estirados en posición de tiro.

  • No tienes cojones.
  • Hijoputa.

Se disparan y caen, quedando ocultos tras el sofá. El de la científica, con boca y nariz tapadas por la mascarilla, abre unos ojos desorbitados. La pantalla muestra el mando a distancia en el asiento veinte minutos, hasta que termina el vídeo. Ríos le pone una mano en el hombro al compañero, siente el tacto sintético del buzo:

―Los problemas cotidianos, chaval…, la vida… –dijo el inspector, con una palmadita.

Vaso

A Camila Paz, inductora

Beber, tocarte con las manos, jugar contigo mientras hablo. Observo tu contenido, la cantidad que te queda, el color que indica la calidad. Pensar cuando te miro en otras cosas, en otras personas. En ella cuando brindaba…, o las veces que te lanzó contra mí,  furiosa al detectar otros perfumes.

Ahora estoy con la cabeza en el suelo y miro, a través de ti, colores que giran, contornos que me aturden, su figura deformada que se va. No sabe todavía que esta vez me ha dado bien. Cuando vuelva no podré contarle cómo pude ver el perfil borroso de la puerta que se cerraba para siempre. Como mis ojos.