Entretenimiento

Minificción de los jueves: Gonzalo Fragui

Venezuela, 1960. Poeta, narrador, periodista y editor. Ha publicado, entre otros, “Viaje a Penélope”, “Dos minutos y medio” y “Obra poética (1989-2004)”. En literatura mínima ha publicado “Poeterías”, “Ebriedades”, “El escorpión de Cera”, “Minitaurus” y el libro de humor campesino “Pueblerías” 

Gonzalo Fragui
Por Gonzalo Fragui

Huidobro corregido

Los cuatro puntos cardinales son tres: Sur-Sur.

Las metamorfosis de Ovidio

Ovidio era un inofensivo zancudo, que luego se volvió un terrible kamikaze bombardeando mis oídos y terminó convertido en una extraña mancha rojinegra en la pared, producto de la violencia de una inadvertida pantufla.

Oniria

a Alberto Rodríguez Carucci

La chica duerme plácidamente. Sueña que llega a su apartamento, toma una ducha, se pone ropa ligera y se acuesta. De pronto siente que alguien sube por la pared y se introduce por la ventana. Se trata efectivamente de un hombre desnudo que, arma en ristre, se dirige a la cama, donde ella se encuentra.

Ella le pregunta asustada:

―Señor, ¿qué me va a hacer?

Y él le responde:

―No lo sé, señorita, la que está soñando es usted. 

El evangelio según Saramago

Aquel día La Magdalena y Jesús estaban bravos. La Magdalena llegó sumisa y solo alcanzó a decir:

―Miraré tu sombra si no quieres que mis ojos te vean.

Y Jesús respondió:

―Quiero estar en mi sombra si es allí donde estarán tus ojos.

Greguería

La única diferencia entre un bar y una catedral es la pasión de sus fieles.

Los Beatles de García Márquez

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo… el yelo, el yelow submarine.

Antes sí

Tuto acostumbraba visitar una novia, a escondidas, pero una noche el padre de la muchacha lo sacó corriendo echando tiros al aire con una escopeta. En su carrera, Tuto tuvo que pasar frente al cementerio. Iba asustado pero se tranquilizó cuando vio que en la puerta había un señor fumando. Tuto saludó y se sentó a descansar. Al rato le preguntó que si no le daba miedo estar por ahí a esas horas, y el señor le respondió:

―Cuando estaba vivo sí. Ahora no.

Variaciones para la entrada de un cuento de Rulfo

El silencio de la noche lo invadió todo. La sombra larga y negra de los dos hombres (los personajes de este cuento aclaran al lector que en realidad no era ninguna sombra larga, era más bien ancha, una especie de tótem. Qué sombra larga pueden producir dos chaparritos) se dibujaba en el piso como una columna en movimiento ante la luz de la escasa luna.

(El escritor explica a los personajes de este cuento que el que está plagiando es él, y que Rulfo lo escribió así, y así se queda. El escritor se dirige ahora a los amables y cultos lectores y pide disculpas por esta pequeña querella familiar).

Bueno, el cuento después sigue igual. Lo pueden buscar por internet.

Temores

Cuando abrió los ojos, Elpidio se encontraba en una clínica privada. El aire acondicionado lo hizo temblar. Un sobrino le puso una chaqueta y lo tranquilizó. Le explicó que tuvieron que llevarlo de emergencia a la clínica porque se había desmayado mientras almorzaba. Llegó el médico de guardia y se llevó a Elpidio a una habitación. Allí le tomó la temperatura, la tensión, los signos vitales mientras Elpidio miraba el lujo de la clínica y pensaba en lo caro que le iba a salir la consulta.

El médico preguntó:

―Dígame, señor, ¿usted qué tiene?

―Bueno, yo tengo una finquita, unas vaquitas y un carrito.

―Noo, noo, lo que yo digo es ¿qué siente?

―Pues… siento que me los van a quitar.

Cuento para niñas traviesas

La madre se dio por vencida. Lo intentó varias veces pero no logró que Barbarita tomara las medicinas. La niña permanecía en la cama impasible. La madre salió de la habitación reprimiendo las ganas de llorar. Cuando la puerta cerró, Barbarita se levantó, agarró cápsulas de varios colores, las colocó como si fueran las teclas de un piano y empezó a tocar una canción imaginaria.

Luego recogió las pastillas, las echó a la basura, y salió a la calle, plena de salud.

El despecho de los perdidosos

a los poetas José Antonio Ramos Sucre

y Ángel Eduardo Acevedo, 

oníricos.

Lo primero que divisé a la distancia fueron las tejas azules de las catedrales. Mi corazón latió al ritmo del tañido de las campanas y yo sentí que era el corazón de la tierra el que latía. Las últimas arenas corrían detrás de nosotros como empujándonos hacia la ciudad. El desierto, como un dragón que lanza fuegos, vomitaba camellos y hombres de su insaciable boca. La noche anterior yo había sentido el nerviosismo de los animales. Al amanecer, la estampida enturbió con furia el amoroso horizonte. El frío nos regaló unas diminutas gotas de rocío que resultaron ser el más preciado diamante. La caravana partió y vimos odaliscas que vencían las tormentas de arena y sus delicados velos dibujaban pinceladas efímeras, envidias del mejor pintor, en un juego eterno, siempre nuevo. Por el camino fuimos asaltados insistentemente por espejismos y otros contrabandos. Agua abundante y sábanas limpias coronaron la travesía. Ella puso en mis labios un licor de dátiles y me sumió en este sueño.