Entretenimiento

Minificción de los jueves: Gabriel Bevilaqua

Argentina. Narrador, se dedica exclusivamente a la minificción.  Sus textos han sido recogidos en varias antologías. Mantiene la bitácora “El elefante funambulista”

Las maletas

La sombra del alquimista

Efraím Erasmus, alquimista de pueblo, podía darle vida a su sombra. Al conocer esto el rey, de inmediato lo llamó a formar parte de su corte, lo que le granjeó a Efraím un peligroso enemigo: el alquimista real. Una noche, tras hurtarle la fórmula de la sombra, el alquimista real le ordenó a la suya que estrangulara a la princesa. Y al descubrirse el crimen, señaló: “Solo una sombra podría pasar entre decenas de guardias y una puerta con cerrojo”. Sereno, Efraím tomó la palabra: “Su majestad, no puedo devolveros a vuestra hija, pero sí, hablar con ella. Si perseguís la verdad, dejadme intentarlo”.

Entonces, tras un ensalmo de Efraím, se oyó la melodiosa voz de la princesa: “Mi matador, ciertamente, ha sido una sombra; mas no la de Erasmus…”.

Años después, Efraím dejó escritas unas célebres memorias donde destaca el capítulo “De mi don de ventrílocuo”.

La última metáfora del poeta

La bala le entró, profana, por la sien derecha; saliéndole, por la izquierda, convertida en un pájaro.

La fila

El hombre saca una pistola y le dispara en la nuca a la mujer que lo antecede. Sin perder tiempo, sortea el cadáver y continúa con un anciano, una chica punk, un joven de traje. La gente está horrorizada, no obstante, se resisten a abandonar la fila. Son demasiadas las horas invertidas y todos albergan la esperanza de que al impaciente, de un momento a otro, se le acaben las balas.

Motivaciones

—¿Sabe cuál es para mí su mejor obra, Georges? –pregunta el inspector mientras mueve la reina.

—No sabría decirle… Tal vez “Los sótanos del Majestic” o “Entre los flamencos” –valora Simenon tras realizar un enroque largo–. La verdad, he escrito tantas…

Maigret decide dejar de lado la suficiencia de la frase y se apronta a despejar un flanco con su único alfil. Sonríe:

—Hace poco leí que “El hombre en la calle” es para García Márquez un cuento magistral. Coincido. Aunque reconozco que lo mío pasa por lo extraliterario.

—Ojalá recordara ese cuento para revelar sus motivaciones –titubea el escritor mientras procura una defensa.

—Ah, mi querido Georges, la cosa es bien sencilla: tras resolver ese crimen, Monsieur Stephan Strevzki, el hombre en la calle, me enseñó a jugar al ajedrez –concluye el inspector Maigret al tiempo que, a lomos de un caballo, da por terminada la partida.

Sin retiro

Cuando la joven, bella y arrepentida prostituta cruzó las puertas del cielo, creyó que había sido absuelta de sus pecados. Ignoraba que en verdad la requerían, clandestinamente, por su oficio.

Relevo de pruebas

El teléfono no dejaba de sonar. Miré la hora: las doce; gruñí y me levanté para pegarle un par de puteadas a quién quiera que fuese. A poco, caí en la cuenta de que aún no tengo teléfono. De todas maneras me aventuré hasta el living y sobre la mesa ratona lo descubrí: a disco y traslúcido.

Entonces apareció un fantasma, atendió la llamada y me hizo una seña para que me acercase.

―Para usted –dijo.

Enseguida reconocí mi voz:

―Sos un imbécil –me dije y corté.

―¿Quién era? –quiso saber el fantasma.

―Un imbécil –bufé.

Y el fantasma, mientras se perdía en la pared a carcajadas, proclamó:

―¡A confesión de partes...!

Las maletas

—Llevo una mujer dentro de la maleta –dijo el hombre al tomar asiento a mi lado en la estación ferroviaria.

—Y yo llevo en la mía un elefante –le respondí.

—No, en serio –insistió–, llevo una mujer, pero confieso que me hizo gracia lo del elefante.

—La mentira no figura entre mis pasatiempos –le previne secamente.

—¡Disculpe! Solo que un elefante… por la cuestión del tamaño… usted me entiende, ¿no?

—Mi maleta adapta cualquier cosa a su tamaño –argüí.

El tipo se quedó pensativo.

—¿Y por qué lleva una mujer en su maleta? –quise saber.

—¡Para ahorrar!, pero no se preocupe, esta chica es contorsionista.

—¿Esta chica? Creí que se trataba de su mujer.

—¡Qué va! Solo somos compañeros del circo —dijo, y atusándose el bigote, agregó–: Si su maleta es como dice, quizá pudiera hacernos un lugar.

—Mire –sonreí–, mejor le pago el boleto.

Los ojos de mi interlocutor brillaron con malicia.

—¡Sabía que bromeaba! –gruñó.

—¡Tanto como usted! –repliqué.

El hombre demudó su cara, se puso de pie y abrió la maleta. Para mi sorpresa, una bella joven salió de la misma. Sin vacilar, le di al tipo el dinero para los pasajes y me quedé conversando con la contorsionista. Había química. Entonces abrí mi maleta, saqué al elefante y la invité a entrar. Cuando el hombre regresó, el elefante le dijo:

—Llevo una pareja de tortolitos dentro de la maleta.