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Las Romas de Enzo Del Búfalo

El libro, una aproximación a las múltiples prácticas del Imperio, se presentó el pasado 18 de diciembre en la Librería Lugar Común en Paseo Las Mercedes. Es una edición conjunta de Bid & Co. editor y Redivep 

enzo del bufalo

Cortesía

 Enzo Del Búfalo

El libro Roma: historias y devenires del individuo, de Enzo Del Búfalo (Bid & Co/Redivep, 2016) es un acontecimiento nacional, que deseamos impacte a las distintas comunidades intelectuales del mundo; ojalá que su distribución pase de nuestras fronteras porque sin lugar a dudas, este libro erudito, exquisito, milimétricamente tejido y bellamente construido, será un clásico para pensar Oriente y Occidente.

La Roma de Enzo no es un libro de historia, ni de política, ni de urbanismo, ni de economía, ni de filosofía, ni de sociología, tampoco de religión o psicología; sencillamente porque esos vocablos aluden a campos disciplinares, territorios articulados por preguntas que delimitan tipos de discursos, de narraciones, que en la modernidad han tenido sus criterios para demarcarse como teorías. No es un libro teórico. Este punto no es accidental sino sustancial. No encontrará usted un árbol que crece y se reproduce; sino un despliegue rizomático de prácticas sociales, esto es, prácticas militares, religiosas, literarias, políticas, económicas, mostradas a través de discursos, cartas, documentos, gran parte de fuentes primarias, narrado desde un perspectivismo configurado por la tradición que va de Nietzsche a Deleuze.

Describiría el texto como el itinerario de las metamorfosis del deseo de ser un individuo soberano en el mundo antiguo. Los vocablos como individuo. Individuo soberano, roma o romano, ejército romano o ciudad romana, no significarán lo mismo en un momento histórico que en otro y la transformación no dependerá de ninguna teoría, sino de las formas y maneras cómo los sujetos se relacionaban entre sí o con sus instituciones y esa práctica material les configuraba una mirada de sí mismos, de la otredad y de su pasado. El cambio psíquico dependía de las prácticas sociales y estas determinaban los vocablos, eso lo grafica el autor de forma plástica, son los paisajes que nos pinta Del Búfalo en su tapiz.  

Se inaugura con un capítulo titulado Historia y pensamiento que es verdaderamente denso, comprimido con vocación de ladrillo, tal vez, porque es donde despliega el instrumental de la fábrica deleuzeana que utilizará para servirse de la historia; mostrará por qué con esos artefactos la historia vivifica y no esclerotiza, asumiendo aquella tesis nietzscheana del sentido de los estudios históricos que Foucault desarrolló de forma magistral en su arqueología genealógica de las prácticas microfísicas en cárceles, psiquiátricos en la época clásica… Mostrará por qué esa perspectiva es útil para abocarse a la comprensión de la opacidad del presente. Enzo lo hace estirando hasta los límites a los maestros de las sospecha: Marx, Nietzsche y Freud; tomado de la mano, para acercarse y distanciarse de Deleuze y Guattari. Capítulo que, por lo menos para mí, se hizo traslúcido después del recorrido por los pliegues del texto. Así que no se dejen apabullar por esa entrada oceánica que como un terremoto sin audio está encapsulada, de forma críptica, con la sutil violencia de un caracol.

Después se lanza, sin paracaídas, en una aventura fascinante, a través de narraciones de prácticas comerciales, militares, políticas, religiosas, literarias, para caer como un gato, bien parado, en todo instante. Muestra cómo una comunidad delimitada territorialmente, estratificada piramidalmente, esa ciudad, tenía que defenderse. Pero la mejor defensa era el ataque. El ejército acometía; dependía y estaba conformado por esa comunidad territorializada; nos pinta cómo las batallas, los ataques, generaron conquistas, riquezas, un excedente económico extraordinario; entonces, se hizo rentable conquistar.

Nos cuenta cómo el ejército, como máquina de guerra, generó profundas transformaciones en los sitios conquistados, en sus hábitos y costumbres. Porque se urbanizaban y legislaban a imagen y semejanza de Roma; de allí por ejemplo, que el esclavo conquistado podía tener tierras, ganar dinero y comprar su libertad y la libertad no era otra cosa que la adquisición de sus derechos como romano. Ser romano era ser soberano, idea Griega que se consolida en el esplendor del imperio. Se transformaba el territorio conquistado pero simultáneamente, aquella noción de ciudad también se transformó; porque Roma deja de ser un territorio específico, configurándose en una red de ciudades, Roma se desterritorializa. Lo romanización fue una red de ciudades con su configuración jurídico política engranada con la máquina de guerra. Los barbaros se romanizan y simultáneamente roma se barbariza. Roma era Estambul, Roma era Londres, Roma eran las ciudades de Europa, del norte de África y parte de Asia, Esa nueva Roma era otra cosa distinta, al igual que sus ejércitos, sus senados y sus emperadores. Porque como decía Cicerón:

“No hay cosa más amable y atractiva que la semejanza de costumbres de los buenos. Porque los que están dotados de unos mismos deseos e inclinaciones se ve que cada uno se deleita tanto con el amigo, como consigo mismo; y sucede aquello que Pitágoras tiene por el colmo de la amistad, que se haga una sola persona de muchas…” (Cicerón, 1952, págs. 181-182; Lib. I, Cap. XVII).

Narra en otros capítulos cómo entró en crisis esa red de ciudades porque ya la conquista no reportaba ningún excedente extraordinario, y cómo la red de ciudades se transformó en una comunidad de fieles al hacerse el emperador cristiano. La ciudad romana, ahora, era la ciudad de Dios. Ser romano era entonces la comunión con la fe del emperador; nos describe cómo se transformó el ejército, cómo se barbarizaba en grados superlativos, era una profesión sin vinculación a un territorio ni a la civitas; incluso en su indumentaria se transformó, para distinguirlos radicalmente de los ciudadanos quienes eran los pertenecientes a la fe.

Muestra cómo la teología se transformó en un asunto político relevante; explica por qué obispos y papas de zonas que nunca estuvieron bajo el dominio del imperio se sentían romanos al ser miembros de la comunidad de fe y, por ello, asumían la historia de Roma como su propia historia. Relata por qué el ser soberano significaba ser obedientes al abad, ser fiel al obispo, apegados a una comunidad de fe. Era un individuo disminuido cuya verdadera soberanía la tenía en otro mundo. Ser romano era ser cristiano, pero el asunto era complicado porque  ser cristiano era un vocablo que implicaba de Oriente hasta Occidente hábitos, costumbres y prácticas religiosas muy distintas; entonces los concilios se tornaron como un espacio, fundamental, de deliberación para la unificación del imperio a partir de la hermenéutica de la república celestial... Se encontrará usted cómo el cristianismo se islamiza, cómo el islam se cristianiza; despliega cómo el ideal y el deseo ahora no eran la soberanía, la autonomía política, sexual, económica sino la sumisión… Les dejo ese abreboca, como un manjar de degustación para que se introduzcan en este libro verdaderamente espectacular, que narra las figuras de la subjetividad que, de alguna u otra manera, nos constituyen.

Roma: historias y devenires del individuo

Enzo Del Búfalo

Bid & Co / Redivep 

Caracas, 2016