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Juan Rulfo, refracción de la luz

El próximo 16 de mayo, en toda Iberoamérica se celebrará el centenario de Juan Rulfo, autor fundamental de la literatura en nuestra lengua a lo largo del siglo XX

Juan Rulfo

Nació en Sayula (Jalisco) el 16 de mayo de 1917, y murió en Ciudad de México en 1986. Pertenecía a una familia acomodada que perdió sus bienes durante la Revolución Mexicana. Terminados sus estudios, ejerció diferentes trabajos, como empleos administrativos y labores de guionista en cine y televisión, hasta que en 1962 pasó a desempeñar un cargo en el Instituto Indigenista de México.

Su obra es un prisma interpretativo, en especial los relatos de El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955). Numerosos críticos abogan por su médula mejicana. En cambio, otros centran lo medular en la angustia existencial del hombre moderno. El propio autor, en las entrevistas y declaraciones recogidas por Reina Roffé y Joseph Sommers publicadas en La narrativa de Juan Rulfo (editada por este), se ha mostrado siempre muy reacio a explicar su obra. Sin embargo, conviene destacar algunos hechos biográficos y algunas declaraciones.

Nacido en Jalisco –aislada, misérrima, fanática y violenta–, a finales de la Revolución, Rulfo pasó su infancia en medio de la Guerra de los Cristeros. Varios de sus parientes, incluso su padre, murieron asesinados. “Entonces viví –­le dijo a Sommers– en una zona de devastación. No solo de devastación humana, sino devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica”.

La devastación humana y geográfica la encontramos en el primer plano de sus dos obras: en el horroroso pueblo de Luvina, en el cuento El llano en llamas, y en el pueblo de Comala, de Pedro Páramo. Pero por debajo de estos cuadros desolados de esterilidad y miseria se esconden las preguntas implícitas en las palabras arriba citadas. ¿Cómo se explica esa desolación? ¿Es algo humano? ¿Es un castigo divino? De ahí la otra faceta de su obra; lo que Rulfo indica cuando se refiere a su obra como “una transposición de los hechos de mi conciencia”.

La violencia, la muerte, la degradación humana, la culpa, el fatalismo, una sexualidad casi animal, estos son los temas recurrentes de Rulfo. Y sirviéndose de estos recursos y de una gran habilidad para estructurar sus cuentos en torno a ciertos motivos cíclicos, Rulfo analiza varios aspectos, principalmente negativos, de la vida rural mejicana.

Mas esto es reducir el alcance de su obra, simplificarla hasta la falsedad, aceptar sin más la afirmación del autor: “Simplemente hablo de mi gente, mis sueños y mi tierra”. En estos cuentos la vida es un caminar fatigoso, un triste pasado que elimina el futuro; es un esfuerzo inútil; es, finalmente, un andar a tientas entre tinieblas y rescoldos prestos a llamear. Entre sus admiradores se cuentan José María Arguedas, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Günter Grass, Susan Sontag, Elias Canetti, Kenzaburo Oe, y muchos otros. En México, Guatemala, Argentina, España, ¿Venezuela? y otros sitios ubican siempre a Rulfo en un lugar cimero de la literatura universal. Juan Rulfo es el escritor mexicano más leído y estudiado en su país y en el extranjero.

El estudio de la gran serie de dudas, de aceptaciones y de rechazos que se observan en la elaboración de sus textos capitales da cuenta de la búsqueda de un estilo personal y único que innovó profundamente la narrativa en lengua española. Cierro esta cápsula con un verdadero broche de oro: “Juan Rulfo examina su narrativa”, dialogo burlón que sostuvo con los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, el 13 de marzo de 1974, presentado por José Balza. Allí habló de su Tío Celerino, quien sería el verdadero autor de todos sus cuentos; de Susana San Juan, el Boom, la literatura nórdica, el indigenismo en su obra, la interpretaci6n mitológica de Pedro Páramo y las películas sacadas de sus libros. Todo el diálogo fue una enorme tomadura de pelo, pues Rulfo reconoció en entrevistas posteriores que “estaba en vena” y no hacía más que inventar mentiras. Rulfo, pues.