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Jesús Miguel Soto: “Intento depurar cada párrafo”

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Entrevista a Jesús Miguel Soto: “Intento depurar cada párrafo”. Texto: Albinson Linares / Fotos: Marcel del Castillo

Jesús Miguel Soto

Marcel del Castillo

 Jesús Miguel Soto

Nacido en 1981, se ha forjado una brillante trayectoria como cuentista. Diversos reconocimientos nacionales lo han convertido en uno de los autores más premiados de su generación. Su libro Perdidos en Frog (2013) ha sido muy bien considerado por la crítica, que habla de una de las voces más originales de la literatura actual del país.

Primero es el silencio. Un silencio deliberado y profundo. Una ausencia que deviene en líquido amniótico, caldo de cultivo de sus ficciones. “Isolation is the gift”, decía Bukowski, quizás pensando que la soledad es inevitable a la hora de concebir los engendros narrativos. Frente a la página en blanco, los demonios le susurran al oído.

Los personajes de Jesús Miguel Soto provienen de ese vacío. En ese yermo sin ruido nacen antihéroes, criaturas de los márgenes que pueblan sus cuentos. Son historias precisas, sucintas, donde el asombro es un acompañante permanente. “Escribo sobre personas que lo intentan todo pero fracasan, o sobre los que no intentan nada y les ocurren cosas que nunca imaginaron. También sobre personas que no pueden escapar de lo que inevitablemente les toca”.

Su apuesta narrativa está plasmada en su libro de cuentos Perdidos en Frog (2013) o en una novela inédita llamada La máscara de cuero, proyectos que le han valido una ristra de galardones: primer lugar del VI Festival Literario Ucevista (2004); mención especial en el Concurso Mariano Picón Salas de la UCV (2005); segundo lugar del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana (2008); Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (2009); Premio del VIII Concurso Nacional de Cuentos Sacven.

“Me gusta reflexionar sobre esos momentos en los que la vida aparece como en realidad es. En el día a día aparecen picos de intensidad que son los que vale la pena rescatar, bien sea por el placer o el dolor. Busco esos breves momentos en los que todo se reduce”.

Como si se tratara de una licencia involuntaria, Jesús proyecta un paralelismo con uno de sus personajes. A veces el ritmo de sus conversaciones remite al Larry que aparece en “Historia sobre Malone”: “Hay que sopesar con cuidado sus eufemismos, escudriñar en sus balbuceos trémulos, inferir a partir de sus silencios súbitos (…). Dejarlo desembocar a su propio ritmo en el final de su historia”.

Jesús también habla cuando no habla, o narra cuando escucha. Sus silencios, del que eclosionan sus criaturas, son fundamentales para preparar el momentum en que reflexiona y desgrana alguna idea: “No puedo evadir la influencia de los cuentos de Julio Cortázar, que ha sido un maestro. La estructura, la vuelta de tuerca al cuento, la exploración que nos permite ir diluyendo la información, los datos, y decirlo todo al final, o no decirlo. Era un genio. En todo caso, somos un compendio de distintos autores y momentos, de muchas lecturas que cambian con el tiempo”.

Mientras cavila sobre algún personaje o sobre un truco de sus narraciones, suelta una risa franca. Y a veces fija su mirada en el vacío, como lo haría Larry cuando fingía no mirar a Malone. “No es mi propósito hacer una alegoría o reflejo de una realidad social. Esos son términos a los que les rehúyo. Pero es indudable que el entorno te termina marcando, como también las experiencias. El escritor no solo es lo que escribe, sino las experiencias que permean sus historias, los temas que le interesan, el ritmo y tantas cosas más”.

Pero la alegoría lo persigue, y al hablar del país, hay palabras recurrentes: ruptura, separación o división. “Creo que el exilio lo podemos ver de dos maneras. Mientras vivía en Venezuela, ya yo sentía una ruptura. Algo que era tuyo se había roto y las circunstancias te empujaron fuera del proyecto que se pretendía construir. Esa división del país excluyó de inmediato a la mitad de la población. Y eso es doloroso”.

Orígenes

Jesús nació en Caracas, en 1981, y es el mayor de un hogar conformado por tres hermanas más. Siente una profunda pertenencia por El Valle, la parroquia donde creció y estudió. Si la geografía es destino, entonces este autor estaría marcado por las largas cuadras de bloques de ese gran sector de Caracas.

“Estudié en varios liceos de la zona de El Valle y Coche. El último fue el José Ávalos. Recuerdo que, desde pequeño, escribía cosas un poco raras, como esquelas graciosas. Las hacía sin ninguna voluntad creativa ni grandes aspiraciones literarias. Los recuerdos son a veces parte del exilio, porque uno nunca se trae todo”.

Su padre se dedicó a los negocios; su madre, a dar clases, hasta que se dedicó por completo a la crianza. De las tempranas influencias literarias, recuerda una mayor filiación con sus tíos, aunque en su casa siempre hubo libros. “Teníamos una colección de historias ilustradas que me parecían muy graciosas. Recuerdo que me gustaba mucho rayarlas, pues siendo niño era un poco obsesivo. Cuando empecé a leer formalmente, me di cuenta de que esas historias rayadas eran clásicos, como Don Quijote o Las mil y una noches. No deja de ser maravilloso cuando te encuentras con que un libro te formó sin que supieras que era un clásico”.

Las lecturas infantiles marcan los gustos literarios del adulto. Las primeras historias de piratas, héroes y aventuras pueblan el imaginario que forja el carácter y luego determina muchas decisiones. Jesús recuerda que, sin saber cómo, a su casa fue a parar un enorme ejemplar de La raíz del ombú, el mítico comic escrito por Julio Cortázar con ilustraciones de Alberto Cedrón. “Era una lectura rara para mi edad. Se trataba de un volumen gigante, con ilustraciones que me perturbaban. Por su complejidad y el trazo profundo de los dibujos, sin duda me marcó”.

“Un auto, lo mismo que un país, puede echarse a perder en cualquier momento”: esa era la frase con la que Cortázar iniciaba el libro. Vívido y ácido resumen de la historia de Argentina. El volumen se inicia en los años 30 y luego finaliza con el horror de las violentas dictaduras militares. Sin duda una referencia rara y, muchos dirán, un poco prematura para un niño.

Al ahondar en la anécdota, emergen detalles que dotan de mayor extrañeza a este temprano hallazgo libresco. La génesis del proyecto se sitúa en 1977 y fue una colaboración entre dos exiliados: Cedrón, que estaba residenciado en Roma, y Cortázar, que vivía en París. En los fragmentos más duros del comic, los asesinos reales y los monstruos de la niñez de ambos creadores se superponen en un complejo ejercicio narrativo.

Pese a haber sido concebida como una historieta masiva, que denunciaría los excesos de los gobiernos militares, el libro no llegó a publicarse. De hecho, como reseña Socorro Estrada en el diario Clarín, “en busca de un interesado que quisiera editarla, Cedrón le dejó los originales a una editorial de Venezuela, que sin su consentimiento hizo una pequeña tirada de trescientos ejemplares, impresos con muy mala calidad, que nunca llegó a distribuir. Aunque se sintió estafado, se resignó a no verla publicada”.

Finalmente fue editado en la Argentina, más de veinte años después, con la autorización de Cedrón. Pero como si de una ficción de Jesús se tratara, uno de los raros ejemplares de la apócrifa edición venezolana terminó en las manos del niño que se convertiría en escritor. En un raro paralelismo, Jesús tuvo el extraño privilegio de leer una ficción de Cortázar, su maestro, que nunca pudo examinar el cómic porque falleció en 1984.

El ombú es un árbol de raíces múltiples y largo tronco que se incrusta en la quietud del paisaje de la pampa. En el libro funciona como una clara metáfora del recio carácter argentino, pero para efectos del futuro narrador también podría verse como un signo de persistencia de la escritura, que ya comenzaba a apoderarse de la mente del autor.   

Tiempos universitarios

Luego de terminar el bachillerato, Jesús intenta estudiar Letras en la Universidad Central de Venezuela. Sin embargo, por tropiezos del destino, termina en Comunicación Social. Uno de los placeres del antiguo alumno eran las plácidas caminatas de treinta minutos que lo llevaban de El Valle hasta la Ciudad Universitaria.

“Esas caminatas, hacia la universidad y dentro de ella, eran maravillosas. Había tantas facultades, que las podías recorrer durante todo un día. Primero entré a Comunicación Social, en 1999, y luego hice estudios simultáneos en Letras, comenzando desde el séptimo semestre. Fue intenso, pero gratificante. Logré graduarme en 2005”.

Cuando evoca los tiempos en la UCV, pareciera estar paseando por algunas esculturas: “El pastor de nubes”, “Amphion” o algún móvil de Calder. Pasaba todo el día en la universidad: almorzaba en el comedor, estudiaba las materias de sus dos carreras en las espaciosas bibliotecas, corría para llegar a las clases de sus profesores preferidos.

Guarda un cariño especial por las clases de Rafael Castillo Zapata, uno de los ensayistas más brillantes de los últimos tiempos. “En Letras, era muy impresionante verlo. Me encantaba esa forma tan deliciosa de hablar que tenía. Escucharlo era toda una experiencia de contenido y musicalidad. Los diarios que ha venido publicado son extraordinarios”.

También tuvo una relación cercana con Moraima Guanipa, profesora de Comunicación Social, con quien compartía lecturas. “Teníamos mucha afinidad porque ella es poeta. Y en la carrera se sufría un poco por ese estigma de que los periodistas son superficiales. Intercambiábamos nuestros escritos y una vez organizamos una especie de foro de lectura donde hablábamos de lo que leíamos. Aquello era un paréntesis dentro de la ortodoxia curricular de la Escuela”.

Jesús se convirtió en estudiante a tiempo completo. Cuando no estaba cursando alguna materia de Comunicación, estaba en algún seminario de Letras. Pero en medio de las intensas jornadas de estudio y los horarios cruzados, algo detuvo su corazón. “En el sexto semestre de Comunicación, conocí a Isabel Betencourt, mi pareja. Enamorarnos mientras estudiábamos juntos fue una experiencia maravillosa. Creamos y tenemos un vínculo muy fuerte”.

Tensiones y discrepancias

El escritor vivía entregado a sus estudios, absorbiendo conocimientos en todos los cursos, experimentando la intensidad de la vida universitaria, hasta que los requiebros del país llamaban a la puerta. Paro petrolero, huelga general, golpes y contragolpes. En la UCV se producía una toma del rectorado, entre otros sucesos que empezaron a cambiar la relación entre los estudiantes. “Podíamos notar cómo nuestro micromundo reflejaba las tensiones externas. Comenzaron los distanciamientos, porque muchas amistades se apartaban por discrepancias ideológicas”.

“La convivencia de personas con ideas políticas opuestas era algo bastante natural, posible y deseable de construir. Pero después de estos sucesos todo empezó a cambiar. Las relaciones se crisparon, incluso entre amistades y familiares. En el seno de mi familia, por ejemplo, un par de primos hasta ahora no se han podido reconciliar del todo. La marca permanece latente, y con algunos amigos simplemente decidimos distanciarnos. No sabría decir quién se transformó en otro. Quizás los dos bloques”.

Hacia 2007, ya Jesús se había graduado. Trabajaba entonces como periodista para el semanario Letras, de la UCV. Luego estuvo en el Instituto de Patrimonio Cultural, coordinando proyectos editoriales. Pero mientras se abría camino en el mundo laboral venezolano, la muerte llegaba insoslayable: un infarto fulminaba a su padre a los sesenta años. La pérdida lo impactó hondamente. Por supuesto que ya no era un niño, pero quizás nunca se está del todo preparado para ocupar el exigente papel del “hombre de la casa”.

“Intenté ser una figura comprensiva, porque la vida me imponía otras circunstancias. No pretendía inmiscuirme en los amoríos de mis hermanas. Siempre tuve la libertad de conciencia para decir lo que pensaba, pero me comportaba más como una figura vigilante tras las sombras. Procuré cuidarlas, pero nunca quise ser un hermano machacón. No es un peso que me atormente, pero toda responsabilidad, cuando uno es consciente, se toma con la consideración necesaria”.

Su perfil laboral se iba depurando. Le gustaba la corrección de estilo, trabajaba bien en equipo, gestionaba proyectos editoriales. En 2010 conseguía un cargo como editor senior en la antigua Cadena Capriles. Duró tres años entrenándose en los rigores de un oficio que define con una sola sentencia: “Es un trabajo donde solo se dan cuenta de que existes si algo sale mal. Por eso es un poco ingrato”. Para el momento en que la empresa cambiaba de dueño, Jesús tomaba una decisión. “Fue una época muy rara, y sobre el proceso de venta todo era un misterio. Quería dejar el trabajo de oficina e invertir mis pocos ahorros en una pequeña empresa, que crearía con Isabel”.

Horizontes dispares

El exilio bien puede ser otra forma del vacío, una variante del silencio que despoja a las personas de sus ripios o concentra sus excesos. El poeta Vicente Gerbasi lo resume con estas palabras: “¿En qué edad vivo, ahora que atravieso esta soledad de fuego?”. Jesús finaliza sus compromisos laborales en Caracas y, en medio del trabajo creativo, decide cruzar los mares. Irlanda, la verde isla, fue el destino escogido. Era la primera parada de una travesía que lo mantiene lejos de su país.

“Estuvimos nueve meses en Dublín, de 2013 a 2014. Nos inscribimos en un curso de inglés para tener la visa, pero nuestro objetivo era vivir la experiencia, trabajar en lo que fuera y practicar otro idioma. En ese tiempo, tomé muchas notas de cuentos que luego ambienté en Irlanda. A veces paso por períodos de hibernación donde lo único que hago es leer, pensar y anotar ideas”.

En su época de lecturas irlandesas destacan El tercer policía, de Brian O’ Nolan, y un reencuentro con la poesía de Yeats, que le permitió ahondar en las raíces célticas. Sin embargo, no fue fácil conseguir trabajo. Jesús cuenta como anécdota que solo duró dos días en un empleo que consistía en limpiar una enorme cocina industrial. “Esos oficios necesitan su propia preparación física y psicológica. Se trata, además, de otro país, de otro idioma, y con un acento bastante particular. El cambio es bastante fuerte”.

Aparte de algunos amigos surcoreanos, con los que se reunía para charlar y beber tragos, la experiencia irlandesa luce agridulce en sus recuerdos. El contraste entre la cálida y bullanguera Caracas con la fría y tranquila Dublín  hicieron mella en el ánimo del escritor: “La ciudad se me hizo pequeña. Fue una experiencia un poco claustrofóbica. No sé si influyó la noción de estar en una isla y en una ciudad muy tranquila… Todo se ralentiza de un modo que llega a ser fastidioso”.  

Antes de que el hastío ensombreciera su estadía, Jesús decidió irse a Cataluña por unos meses. En Barcelona la fortuna le sonrió porque fue reclutado por la filial mexicana del sello Larousse, que luego se lo llevó a Ciudad de México, donde actualmente reside. La megalópolis está llena de sonidos familiares: el bullicio de las multitudes, el sordo ruido del tráfico. “Vivo en la Colonia Roma. Me gusta esta ciudad porque está viva. Eso sí: tuve que adaptarme a espacios pequeños desde que dejé mi estudio de Caracas. En Condesa hay un par de bibliotecas pequeñas que son silenciosas. Allí me gusta trabajar porque no va nadie. Y la Vasconcelos me encanta”.   

La ficción le ha dado la bienvenida desde que llegó a Ciudad de México. Se estremece al recordar que un día estaba en la Glorieta de Insurgentes esperando a una persona. De pronto vio a un tipo con una máscara negra. Estaba sentado de lo más tranquilo y leía el periódico. Era como si el mismísimo Alonso Quaker, abyecto y divertido protagonista de su novela La máscara de cuero, se hubiera dignado a dejarse ver en el mundo real.

Cambiar el registro

Un humor explosivo, ácido y correoso es el que destila de algunos de sus relatos. A veces cínico, a veces irónico, Jesús sabe cómo impregnarle a sus personajes una mirada villanesca con tonos inolvidables. “Mucho de lo que escribo está cargado de cierta ansiedad. Hay un acercamiento a la dureza, pero también soy un defensor de las pequeñas alegrías de la vida. Aunque te enfrentes a la oscuridad, siempre hay buenos momentos. Y trato de que cierto humor esté presente en mis historias, a pesar del patetismo y la sequedad con los que me acerco a algunos temas”.

Aunque no se considera un corrector excesivo, asegura que siempre busca dejar sus textos muy limpios, al punto de remover todo lo que sobra, aunque suene bien. Si se trata de un recurso deliberado para llamar la atención o cambiar la ruta de la trama, lo pule hasta engañar a sus lectores y llevarlos a la sorpresa final. “Intento depurar cada párrafo para que, cuando la gente lo lea, les caiga de golpe todo el peso de la historia. Me interesa que la lectura les produzca una pequeña conmoción, que los textos conmuevan, que provoquen en el lector alguna emoción particular: excitación, miedo o placer. Un buen libro trasciende la anécdota. Un clásico puede estar mal traducido, mal editado o mal corregido, pero igual tiene algo que resiste todas las fallas. Eso es lo que me interesa”.

La herencia de la picaresca española es patente en sus proyectos narrativos: El Lazarillo de TormesLa vida del BuscónDon Quijote. Lecturas todas que dejaron una profunda impronta en su imaginario. También menciona las novelas de Renato Rodríguez y de Francisco Massiani, grandes referentes de la literatura venezolana.

“Me gusta lo que escribe Gabriel Payares, porque tiene cosas muy interesantes, y Miguel Hidalgo Prince, más cáustico y despojado de ripios. Son dos escritores contemporáneos que me entusiasman. No me gusta ubicarme en los extremos, porque siempre busco cambiar de estilo”.

Cuando se le recuerda que los seres humanos renovamos nuestro cuerpo por completo cada siete o diez años, esto lo lleva a pensar que si dos amigos duran ese tiempo sin verse, serían físicamente dos personas distintas. Jesús sonríe como si ese fuera otro tema para uno de sus cuentos. “Quisiera creer en la necesidad o voluntad de querer cambiarnos como personas. Cuando escribo, trato de hacer algo diferente, porque la repetición es una suerte de infierno. Esto ya lo decía Borges con los espejos, y Piglia con la repetición de los gestos. Para mí es un desafío cambiar el registro de lo que invento”.   

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.