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Esa manera lenta

Una lectura filosófica del poemario Esa manera lenta de Ricardo Martínez-Conde, a través de una honda reflexión sobre el tiempo: soledad y viaje, en la poesía 

Ricardo Martínez-Conde, Wikimedia Commons

1.-

El tiempo, amigo y enemigo. Cómplice y verdugo. Andariego y a veces detenido en algún lugar de la conciencia. El tiempo, asunto y presunto, pero tan verdadero que la imaginación lo ha convertido en ficción, en instrumento de la finitud, en herramienta para elaborar la eternidad. Para consagrar la hora de la muerte, la hora del silencio definitivo.

El tiempo tiene su tiempo, su espacio, una manera de estar, de corroborarse, de no ser ausente. También de ser ausencia o presencia. El tiempo, su fugacidad.

El tiempo concepto y definición: árbitro de creación y mímesis. Traslación y espesura del ser. Tiempo, una palabra. Todas las palabras.

En el ensayo “Negación del tiempo”, incluido en el tomo Borges: hacia una interpretación (Madrid: Ediciones Guadarrama, 1976), de Emir Rodríguez Monegal, el autor de “Las ruinas circulares” aparece en esta cita: “Fuera de cada percepción (actual o conjetural) no existe la materia; fuera de cada estado mental no existe el espíritu; tampoco el tiempo existiría fuera de cada instante presente”.

Y para fortalecer lo anterior, Rodríguez Monegal trae a Schopenhauer: “Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro; el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle”.

Estas abreviaciones nos conducen a decir que Esa manera lenta (Madrid: Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen N° 512, 2015) de Ricardo Martínez-Conde, es una muestra de que el tiempo se mueve al tiempo de su uso: la poesía es una expresión de ese uso, de la presencia de un tiempo que puede quedarse en un solo sitio, como una bestia vencida, pero también trasladarse con la memoria, con la soledad. El tiempo evocado es una expresión de ingrimitud.

No hay soledad si el tiempo la predice. Y el presente, el único tiempo vivible, repasa el pasado y el futuro con la misma agudeza de quien se instala en las sombras para buscar la luz.

Queda bien puesto el epígrafe que Martínez-Conde nos trae para iniciar esta lectura:

“El artista, el solitario transitivo”, de E. Dowland.

El tiempo es la expresión más cercana a la soledad. Es más, el tiempo es solitario. ¿Quién lo acompaña en su transcurrir? Los seres vivos, los que piensan, tienen en el tiempo la imagen del agotamiento. Las cosas, por su lado, se agotan sin el tiempo. Ellas son tiempo y espacio, mas no pensamiento.

Humano es quien se sabe tiempo y lo traduce, por eso la muerte y su condición de eterna.

La espera como creación, como tránsito, como sintaxis del tiempo transcurrido. El arte como tiempo: crea, inventa, desgasta, destruye: conserva y desvanece cuando se le otorga el poder de ser o de estar. El tiempo como arte, transitivo.

2.-

“Hube de estar atento a / cuanto acontecía y meditar su contenido / para otorgarle condición humana / y entenderlo…”.

Esa atención al pasado como acontecimiento, como infinitivo, define, una vez más, el carácter temporal de la existencia, o el creer que se vive atajado por el tiempo:

“voy a merced del tiempo / y se ha ensanchado mi horizonte”.

El tiempo, textura y capa de instantes: la memoria rejuntamiento de lo que podría acontecer, de lo que acontece en la memoria:

“Lo que se alarga es la evocación…”, entonces se mueve, transita porque “…la lentitud, el fin, es quien más celebra el vivir // el equilibrio oculto (…) el vivir en el morir”.

El tiempo, el poema ajustado a la “pereza poética” enunciada por el autor. El poema lleva el tono, calcula el instante:

“Y la tarde se detiene también…”.

Una imagen congelada por ese tiempo:

“El pájaro perfecciona su atención…”.

3.-

El tiempo también es un viaje. Su lenta traslación también conduce el destino de quien se desarraiga. El poeta en un poema, en el tiempo: la retención de la mirada sobre nuevos espacios. O sobre espacio que siempre ha sido nuevo. El mismo lugar, otros lugares, el mismo tiempo, detenido en una mareante vigilancia:

“El barco derivó de nuevo; su juego con algo invisible retenía no / solo el mirar, sino también la memoria (…). Yo he nacido en un paisaje rocoso, de pinares, bañado por el mar”.

La descripción también describe el momento. La memoria ancla el instante, la lentitud de lo que acontece: un viaje cuyo fin es saberse instalado en un espacio pero también en ese tantas veces dicho tiempo que hace decir al poeta:

“Lo que permanece es el silencio. Siempre el silencio”, como soledad, como una masa insonora estacionada en el paisaje, en ese paisaje en el que quien habla dice tener vínculos estrechos:

“Es aquí donde vivo. Es aquí donde descanso y dormito en el objeto de mi filosofía, donde espero y vigilo las células que mueren, donde anido el pudor (…) donde vivo y, a veces, sonrío para mí, para mí / mismo”.

El tiempo y la soledad. El olvido en la metáfora la mirada: “Nunca la niebla se fue del todo. Y el hombre también se hizo su paisaje…”.

El tiempo, en fin, es un lugar de espera. Una estación, un trozo del año, del mes o del día. Un pedazo para ser indagado, preguntado, definido: “¿Es el mismo el tiempo?”.

En la “primera verdad = Prima-vera”. O en el sujeto de la espera. ¿A quién espera, al tiempo? Su lenta manera de hacerse en paciencia de quien mira pasar las hojas, las lluvias, el frío o el calor:

“Un día no tiene color / No tiene forma / Solo tiene ser”. La ontología del tiempo, de esa sierpe que ondula ante los ojos, ante la memoria.

4.-

El tiempo es número. Es un número redondo, circular. Una cuenta regresiva. O unas sílabas deambulan sin parar. Una voz, un eco que relata cada número como si fuesen personajes: agregados del tiempo en un reloj, o en una bitácora. Se numera para seguir viviendo, para aprender del misterio, para ahondar en el tiempo que queda, el que se mueve como un quelonio. O el que recorre el paisaje como un celaje.

“El uno, sencillamente, conmueve por su soledad (…).

El dos (…) resulta menos emocional.

El tres (…) se le atribuye la capacidad de definir.

El cuatro tiene la timidez de los pares.

El cinco vuelve a ser un solitario, algo altivo.

El seis es atildado.

El siete tiene forma y fondo. Racional y religioso.

El ocho es un vagamundo. Juguetón, apocado, obsesivo.

El nueve es como un árbol: esbelto con fruto.

Y el diez (…) El diez somos todos”.

Humanizados, también son el tiempo que somos. Es decir, el ser es tiempo. Ser para el tiempo. La edad contada, arbitrada por la memoria.

5.-

Y el tiempo también es un invento onírico. Un estado interior que sufraga el ánimo. Que lo expresa desde la oscuridad de la inconsciencia. O de la realidad sacada del fondo de un pozo nocturno:

“Tal vez: ha llegado el momento en que soñar / no es ya una alegría, sino una realidad”.

Y de ese pozo emerger oscuro, atemporal, sofocado por el silencio, por lo que podría ser un sueño, un trozo de tiempo instalado en el tiempo que falta o podría sobrar:

“Veo la sombra como si yo fuese la sombra (…) Tengo tiempo. Tengo tiempo. Nadie se ha ido de mí…”.

6.-

Pero el que habla, el que se hizo verso en estas páginas insiste en ese tiempo que no marcha, que es eso, tiempo, transcurrir, discurrir, corriente de río, eternidad en presencia o ausencia. O una suerte de queda se aferra a la voz:

“Qué bueno hubiera sido la lentitud (…).

Nunca existió la espera, sino el dolor.

Nunca existió el dolor, sino la idea”.

Para al final arribar a la crítica del sueño, al quebrantamiento de la vigilia:

“El que duerme nunca despierta del todo (…).  

Pocas veces ha habido tanto tiempo / y sin embargo nos alejamos…”.

El tiempo, su lenta manera de estar. Su ser estar en la permanencia o ausencia del presente, siempre en el presente, en su lenta manera.

(…)

Ricardo Martínez-Conde nació en Sanxenxo (Pontevedra). Es uno de los poetas gallegos de mayor proyección y prestigio.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Santiago de Compostela.

Es autor de una extensa obra poética. Escribe en gallego y español. Entre sus títulos están: La luz en el cristalOccitaniaLa sombra del vueloLos días sin nombreDe cuento nos es dadoAlusión al paisajeNa terra desluadaSombras del agua