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No se elige el modo de vida

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Lo que está determinado por el sistema son los modos de vida. No los individuos. Mark Hunyadi entiende por modos de vida a los comportamientos que se esperan de nosotros, el universo de lo que debemos hacer-ser: disciplinados, competentes, productivos, siempre listos para ser evaluados, disponibles para la autoevaluación. Modos de vida: el interfaz entre el sistema y la realidad de la vida. La expectativa sobre las conductas en los años de formación, en el desempeño profesional, en el vínculo políticamente correcto que debemos guardar en la relación con los demás. Modos de vida: que la existencia adquiera, de forma creciente, la configuración de un curriculum vitae.

No se elige el modo de vida: se impone a cada uno de nosotros. Tampoco se lo inventa de forma deliberada. Modo de vida es distinto de los estilos de vida, que sí se escogen. Los modos de vida emergen, se acumulan, hasta que se presentan ante nosotros como hechos consumados: “conjunto de fenómenos convergentes que no constituye el propósito de nadie en particular, individuo o grupo”. Vivimos en la lógica del hecho consumado.

Esos hechos consumados tienen, además, una invaluable propiedad: se asocian a nuestros afectos. Obtienen, con facilidad asombrosa (habría que decir, con facilidad antropológica), nuestra adhesión. “El sistema se impone afectivamente porque sabe ir en la dirección de nuestras inclinaciones individuales –en esto consiste el capitalismo inteligente–, favoreciendo nuestra comodidad, explotando nuestra fascinación técnica, excitando la pasión infantil de provecho, competición, distinción y temor a la sanción que él mismo nos ha inculcado, obligándonos al final a adoptar sus valores fundamentales y a convertirnos en utilitaristas individualistas”.

Estos modos de vida –esto es lo medular en el libro de Mark Hunyadi, La tiranía de los modos de vida. Sobre la paradoja moral de nuestro tiempo (Editorial Cátedra, 2015)–, están reglados. Cada acción, cada conducta, cada enunciado, vive escrutada. Sometida a controles y evaluaciones desde un punto de vista ético. Hay una profusión de normas escritas o no, códigos, estructuras deontológicas, controles, reglamentos para todo, piezas de un gran entramado ético, cuyo propósito es preservar la integridad individual. Este auge de la ética, que llega al extremo de colarse hasta nuestra intimidad, y que constituye un entramado que sirve para la resolución simbólica de los conflictos, constituye el tejido moral de la sociedad en la que vivimos. Se configura como una ética cívica, individualista, abocada a proteger la integridad personal, correctora pero no crítica. Sostiene Mark Hunyadi: operamos bajo un manto de éticas pequeñas, restringidas, conformistas, parceladas, que se resignan a los hechos consumados (los hechos consumados promueven un conservadurismo raigal). Una ética que vela por lo mínimo y que no se pronuncia ante cuestiones como el individualismo extremo, la mercantilización de la existencia, la tecnificación creciente de la experiencia cotidiana.