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Didascalia: La agudeza silenciosa de Lil Quintero

La fotógrafa de actores, como le gusta definirse a sí misma, exhibe una mirada escénica del II Festival de Teatro Contemporáneo Estadounidense en el Centro Venezolano Americano de Las Mercedes, en Caracas

De Fabulación. Mérida Ascanio

¿Cómo se tiene registro de una función teatral? ¿Cómo se guarda en la memoria algo tan efímero como el teatro? Según José Ignacio Cabrujas, Alberto de Paz y Mateos solía decir  que después de una función “no queda nada, un recuerdo y una fotografía que nunca coincide con el recuerdo en la cabeza…”.

Pero ver el trabajo fotográfico de Lil Quintero es volver a vivir cada obra dichosa de posar –sin saberlo– ante su lente. Observo sus fotografías y vuelvo a acompañar a los habitantes de Laramie en su vigilia por la recuperación de Matthew Sheppard. Revivo ese momento angustioso en el que el color rojo casi se traga a Mark Rothko, o cuando Luke decide dejar para el próximo otoño el confesar su homosexualidad, sin saber que este será su último.

La exposición Retrato del Autor: Mirada escénica nace del registro fotográfico del II Festival de Teatro Contemporáneo Estadounidense y puede ser visitada hasta el 28 de marzo en el Centro Venezolano Americano de Las Mercedes desde las 9:00am hasta las 5:00pm.

Prosopon y personae

—¿Blanco y negro o color?

—Siempre me es más cómodo hacer retratos en blanco y negro porque ofrece más matices. La mayor parte de mis fotografías representan el clímax de una obra, el momento dramático y la emoción fuerte que viene con ella; jugar con claros y oscuros me permite exaltar estos elementos.

—¿Sueles agregar el drama, o ya está ahí como un elemento de la composición?

—Las últimas obras que se han hecho en Venezuela son muy dramáticas. Y tiene que ver, por supuesto, con el país que tenemos actualmente. En el caso del II Festival de Teatro, es Contemporáneo Estadounidense la temática estuvo centrada en denuncia, discriminación contra la comunidad LGBTQ, y por ende todo es muy dramático.

Veo que casi todas las fotografías son rostros de personajes.

—A mí la verdad me hubiese gustado traer solo retratos para esta exposición. Pero Liliana (Sierraalta, directora del CVA) sugirió incluir planos generales para mostrar un poco más de carne, de escenografía. Sin embargo no son encuadres que me llamen la atención como creadora.

—¿Por qué razón?

—Porque mi fortaleza es el retrato. No solo porque me siento más cómoda, sino porque es lo que al público le atrae más de mi trabajo. Quienes admiran mi trabajo lo hacen porque, según ellos, tengo la capacidad de captar la esencia de la gente, el alma, la emoción, el sentimiento.

—Pero, ¿no juega el escenario un papel fundamental en la fotografía teatral?

—Por supuesto, esta rama debería ser más extensa y mostrar todo el ambiente, pero a mí el escenario por sí solo no me dice nada. Un detalle o un gesto comunican muchísimo más. Por eso me defino como fotógrafa de actores. No de la obra, sino del actor.

—¿Cómo decides cuál obra vale la pena fotografiar y cuál no?

—Eso es difícil, porque yo estoy tratando de luchar un poco contra el prejuicio. Entonces trato de fotografiar cada trabajo porque en este gremio todos necesitamos apoyarnos unos con otros. Sin embargo no termino de engancharme con lo pop, lo muy comercial, porque los actores no me transmiten nada o porque el texto es muy superficial. Pero todos los actores merecen ser respetados porque todos se exponen, todos son vulnerables y susceptibles. No me expreso como crítico, sino como fotógrafa.

—¿Haces alguna diferencia entre la objetividad de ambos oficios?

—Si yo asisto a un espectáculo como crítico, me aseguraría de que este satisfaga mis preferencias; que sean textos sólidos y actuaciones contundentes. Pero como fotógrafa intento darle una oportunidad a todos, porque todos nos enfrentamos a las mismas dificultades dentro del medio. Y precisamente por eso prefiero hacer retratos de actores noveles que de los consagrados. Los nuevos directores, los nuevos dramaturgos que apenas están surgiendo y son los que necesitan más apoyo para surgir

—El secreto universal es, entonces, conectar con el trabajo.

—Por ejemplo –señala una fotografía de Gabriel Agüero en Rojo, dirigida por Daniel Dannery– estas son las fotos mejor logradas. Casualmente, fue el texto que más me gustó. La iluminación, la escenografía, la dirección de arte calzan perfectamente con la clase de trabajo que me gusta hacer.

—El trabajo de Dannery destaca mucho porque se trata de un director cineasta.

—Mis encuadres tienen mucha influencia cinematográfica. Casi todos mis referentes son directores de fotografía, como Néstor Almendros o Stuart Dryburgh. Cuando comencé a hacer periodismo cultural lo hice con mi columna El Voyeurista, donde entrevistaba a figuras imprescindibles de la fotografía venezolana como Nelson Garrido, Ángel Sánchez, Ricardo Armas y  Luis Brito, cuyo trabajo está compuesto en su mayor parte por retratos y planos detalle, muy intimista siempre.

Los inicios

—¿Cuándo comenzaste tu incursión en la fotografía de actores?

—En una época donde había grandes fotógrafos en esta especialidad como Miguel De Gracia y Roland Streuli. Soy egresada de la escuela de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, mención Audiovisuales, y desde mi vida estudiantil estuve involucrada en el teatro, ya fuera en la dirección, la escritura o en la fotografía de mi propio trabajo. Es en esta etapa cuando asistí a un ensayo de voz de una amiga en la Sala Juana Sujo. Desde ese día han pasado 30 años y sigo prendada de la fotografía escénica.

—¿Y has explorado otros espectros de la fotografía?

—Después de graduada hice mucho periodismo corporativo, pero con mi cámara en mano haciendo fotografías de lo que fuere. Con el paso del tiempo decidí dedicarme en exclusiva a este oficio. Luego trabajé en el Ministerio de Cultura tres años, viajé por toda Venezuela y eso me permitió desarrollar toda una serie conceptual sobre diversidad cultural. En 2014 retomé la fotografía escénica.

También me gusta cubrir espectáculos de danza, pero es sumamente difícil porque hay mucho movimiento y poca luz. Usualmente trabajo exclusivamente con la luz que ofrece el espacio.

—¿Cómo ha sido el feed back de la gente con este back to basics?

—Me causa gracia que a pesar de haber cubierto la fuente cultural durante gran parte de mi carrera profesional, retomo la fotografía escénica cuando existe una generación de relevo que no conoce mi trabajo. También es comenzar desde cero en la era digital, cuando ya no puede hablarse de la fotografía de la misma forma. La fotografía murió: la imagen que obtenemos son píxeles congelados, el primer cuadro de un video.

—¿Y la reacción de quienes has fotografiado?

—A la gente le impacta la plasticidad de su propio rostro, su capacidad para transmitir emociones. Los sensibiliza. Las palabras de quienes comentan mi trabajo en redes suelen ser “¡Qué hermoso!” o “¡Qué fuerte!”. Si te fijas bien, esto podría convertirse en un punto en mi contra, porque cada foto que hago contiene una carga dramática muy fuerte.

Pero trabaja exactamente de la manera contraria, es decir, a mi favor. Mis fotografías reflejan cosas que el propio actor no sabe de su personaje. Funcionan como el espejo emocional del actor. Y poder tener esta capacidad, que ellos mismos lo digan, es algo maravilloso porque ratifica mi compromiso con este trabajo. Somos muy pocos los fotógrafos dedicados a este oficio y la gran parte de este trabajo es ad honorem.

El medio

—¿A qué crees que se deba esto?

—Ejercer la fotografía artística o teatral es un esfuerzo sobrehumano que va en contra de muchas cosas, entre ellas el no-reconocimiento, la falta de apoyo por grupos e instituciones que bloquean tu entrada o no quieren dar pases de cortesía. Yo pago mi entrada porque puedo y no es un tema de ego, sino de hacer lo que me gusta, lo que me llena y lo que siento que es necesario. Además, los buenos profesionales se han ido del país. Muchos se cansan de hacer fotos gratuitamente, a trabajar en un campo que es literalmente amor al arte. Si yo voy a una obra no cobro por tomar una serie de fotografías, es un acto totalmente libre que ejerzo sobre mi arte.

—¿Cómo es la relación precio-valor de una fotografía actualmente? 

—Cito un ejemplo: Román Streuli tomaba una serie de fotografías y luego el interesado seleccionaba, del contacto, las que se querían imprimir. Estamos hablando de la era analógica. No podías hacer nada más con esa foto. Pero ahora, en la realidad 2.0, debes venderla en alta resolución para formato digital y con eso puedes hacer una valla, publicarla en un libro, venderla sin firma, y ahí el fotógrafo entrega todo el trabajo. Cualquier precio, entonces, es injusto para la labor que se realiza. Por eso es más fructífero para mí hacer exposiciones, porque es una forma que tengo para preservar el valor artístico de cada fotografía.

—Se trata de un trabajo que no finaliza cuando se pulsa el obturador y sale la foto.

—Por supuesto que no. Queda la fase del revelado, término que rescato de la época analógica. En el laboratorio digital rescato la luz, busco la atmósfera de cada fotografía y la conecto con la pieza a la que corresponde. Busco la estética y procuro que el actor sea embellecido en mi retrato.

—¿Sientes que hay respeto hacia los derechos de autor?

—Eso es algo que me preocupa. Muchas veces los actores y medios de comunicación usan, reutilizan y vuelven a usar mis fotografías sin darme crédito. Hay veces que incluso quitan mi firma. Esa es otra razón por la cual muchos abandonan el trabajo, porque no hay respeto dentro del mismo gremio. Personalmente, no me permito publicar una foto donde no esté la ficha técnica de la obra porque me parece un irrespeto. Es tan básico como tratar a la gente con el mismo respeto con el que me gusta ser tratada.

—Hablando de irrespeto, hay muchos fotógrafos que suelen ser invasivos con el público, con la escena e incluso con los actores. ¿Qué posición ocupas en el público para evitar esta situación? 

—Trato de pasar desapercibida y suelo sentarme en el puesto que me asignen; ser fotógrafo te enseña a adaptarte a cualquier situación. Como directora teatral comprendo lo vulnerable que es el actor en escena, e intento que no se sientan invadidos. Respeto mucho el trabajo actoral.

—¿Qué equipo usas?

—Hago milagros con una Sony semi-profesional y un solo lente, un teleobjetivo 70-200. Sé sacarle mucho partido a mi equipo. Por supuesto que he tenido la oportunidad de cambiar de equipo, pero siento que la foto es 50% quien la toma y 50% la óptica que posea.

—¿Y qué función prefieres para fotografiar?

—Los estrenos. En ellos el actor tiene una carga emocional, nerviosa. Se va a presentar por primera vez. Hay muchas emociones y el lente agradece eso, porque están a flor de piel. También me gustan las últimas funciones, porque el actor ya está confiado en su papel y da lo mejor de sí.

—La fotografía escénica es, además del video, la única forma de registrar el hecho teatral. Se trata de un arte absolutamente efímero.

—Por eso es importante buscar el legado, es lo que hace que la obra perdure en el tiempo. Cada vez que imprimes tus fotografías, lo sacas de la burbuja. Y una vez que eso, deja de pertenecerte, y es el mundo quien la reclama como suya.