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Conversación con José Napoleón Oropeza. Parte I

José Napoleón Oropeza (Puerto Nutrias, Barinas, 1950), radicado en Valencia desde hace muchos años, recorre la trayectoria de su obra narrativa y crítica; a propósito de la presentación en Barquisimeto y Carora, este próximo 15 y 16 de marzo, de su última novela El cielo invertido

José Napoleón Oropeza

José Antonio Rosales

José Napoleón Oropeza

Estás trabajando el último tomo de lo que ya sería un quinteto, después de tu novela sobre Monseñor Salvador Montes de Oca, El cielo invertido. ¿Con esta nueva novela que cierra un edificio narrativo estructurado por un personaje central, Eduardo Montes, quien atraviesa todo este mar narrativo, como diría José Balza, te queda algo por escribir todavía?

Aún no he comenzado a escribir la primera versión de la novela que cerraría el periplo iniciado con Las redes de siempre. Me encuentro en el proceso de investigación: empiezan a aflorar algunas imágenes que emergen creando una suerte de remolino interno: el proceso de atisbo de algunas señales y anécdotas. La titularía Para cerrar un cuerpo, en homenaje a Oswaldo Trejo, quien, durante muchísimos años, al igual que Esdras Parra, fue mi amigo, mi hermano y mi maestro. El título se lo debo precisamente a él. Como te decía anteriormente, me encuentro en el proceso de investigación y de anotaciones y relectura de las obras de la gran poeta Enriqueta Arvelo Larriva, Oswaldo Trejo y Esdras Parra, quienes, conjuntamente con Eduardo Montes y otros personajes que surgirán sobre la marcha del relato, “anudarán” el cuerpo del libro.

Igualmente, en estos días revisaré otra novela que, en su primera versión, acabo de concluir y que no forma parte del corpus narrativo armado por Eduardo Montes. Se titula La lluvia inconclusa. Hace dos años terminé un libro de cuentos titulado El huésped invisible. Ojalá logre publicarlo pronto, pues yo no paro y en estos momentos trabajo en otro libro de cuentos que he titulado La rosa inacabada y en dos textos de reflexiones sobre la poesía y las artes visuales: en un segundo tomo de El habla secreta y en apreciaciones sobre la obra de algunos artistas del universo de las artes visuales que he titulado Las líneas y las máscaras.

El mundo editorial no escapa de la crisis en la cual estamos inmersos y que nos consume tantas energías, pero alguna puerta se abrirá para dar a conocer estos libros. Eso espero y deseo. Pero, entretanto, no paro ni de leer ni de escribir: sigo levantándome todos los días de madrugada, esperando que, antes de que salga el sol, habré leído unas cuantas páginas o habré escrito aunque sea una sola.

Paralelamente a este conjunto de novelas has escrito otros textos como El bosque de los elegidos, en homenaje al gran artista de la fotografía Diane Arbus; Entre el oro y la carne, novela armada sobre aspectos de la vida del bolerista Felipe Pirela, y Testamento de un pájaro, así como numerosos cuentos y ensayos. Siempre con un lenguaje focalizado por la imagen, ¿concibes otra manera de narrar o ver lo que no ha sucedido?

Creo que ello se explicaría en el hecho de que soy un empedernido lector de poesía desde que tenía diez años de edad. Las narraciones, cuentos, novelas e incluso el abordaje de lo real a partir de la forma ensayo nacen y crecen siempre a partir de una imagen o de un grupo de imágenes poéticas que van dando forma al tejido verbal. Así nació y creció Los perfiles de agua, mi primer libro de ensayos. Como diría Wallace Stevens, la imagen constituye la revelación, el aura que sostiene el universo. Así como lo real resulta ser el elemento indispensable para el surgimiento de la metáfora, en la narración la imagen configura la armazón del cuerpo, proporciona la luz insondable desde la cual se atisba un posible universo y la poesía seguirá siendo el instante en el cual Dios y las cosas mudan de piel mediante una palabra, tal como le respondí a alguien que me preguntó qué era para mí la poesía, es decir, el arte, pues sin el temblor poético jamás existirá el arte ni para el creador ni para el espectador. ¿Quién, ni siquiera yo, hubiese creído, antes de que se produjera el estallido de una imagen de centenares de graffitis en las paredes de la Valencia de los años ochenta, que surgiría en mí el fogoso deseo de escribir Testamento de un pájaro?

¿De todos tus libros cuál dirías que es el mejor?

Creo que Las puertas ocultas, novela que forma parte de la pentagonía que me propuse escribir desde el nacimiento de Las redes de siempre, constituye el primer gran nudo de ese cuerpo narrativo imaginado y estructurado por Eduardo Montes. Dentro de ese cuerpo es el tercer libro, concebido casi inmediatamente después de Las hojas más ásperas, segundo libro, escrito en Londres y luego revisado acá en Valencia. Después de publicar ese tercer libro, me concentré en la revisión formal de El cielo invertido, publicado en el año 2016, bajo el patrocinio de Bid&co y la Universidad Católica Andrés Bello. 

Cuando te hablo de “gran nudo”, quiero destacar tanto el lirismo de la prosa como el equilibrio arquitectónico de Las puertas ocultas, escrita en una especie de rapto en el momento en que me propuse dar forma a una anécdota que venía gestándose a lo largo de más de treinta años, cuando ocurrió mi primera visita a La Habana y conversé durante varias horas con José Lezama Lima, el poeta inmortal. Pero creo que, a la hora de efectuar un balance muy íntimo de lo que he escrito hasta ahora —novelas, cuentos, ensayos—, sigo teniendo especial predilección por El bosque de los elegidos, concebido y escrito en Londres en los años ochenta, tras el enorme  impacto que me produjo descubrir la belleza y el drama humano que envolvía la fotografía de Diane Arbus: otear en aquellas fotografías la belleza de los “monstruos”, de los seres marginados por todas las sociedades: una prostituta, un retrasado, un drogómano, un travesti, fue todo un desafío. Envolver su existencia en una atmósfera desolada —pero insondablemente hermosa— produjo en mí grandes satisfacciones. Siempre será un pozo.

Te hablaba antes de la llamarada que se produjo en mí tras ver y admirar, por vez primera, las fotografías de Diane Arbus y la magia de un graffiti que proporcionaría en mí la explosión interna a la cual daría forma en Testamento de un pájaro. Tanto El bosque de los elegidos, como —casi enseguida— Testamento de un pájaro surgieron de mi hallazgo de la obra de esta extraordinaria artista y de los escritores anónimos que registraban imágenes y hasta símbolos en las paredes de Valencia. La recepción que ambos libros produjeron en algunos lectores me alegró bastante: El bosque de los elegidos ha sido leída y comentada con verdadero fervor por algunos escritores y poetas connotados, entre ellos Julio Miranda, Luis Britto García, María Antonieta Flores y el escritor cubano Raúl Rivero. Su lectura y comentarios me llenaron de regocijo. Descubrí, maravillado, que esa novela había producido diversas emociones e interpretaciones y hasta cierto estremecimiento.

Tu obra siempre retrata la vida de hombres y mujeres con un universo particular y hermoso, que paradójicamente resultan rechazados, a pesar de sus vidas dramáticas o desgraciadas como Felipe Pirela, Esdras Parra, Enriqueta Arvelo Larriva, Salvador Montes de Oca, el cubano Virgilio Piñera, seres que más allá del fulgor en sus obras, han sido apartados, marginados por la crítica y el establishment literario. ¿De dónde surge ese interés, esa atracción?

Creo que en cierto modo te he hablado de tal “atracción” cuando descubrí el universo de Diane Arbus, tan fascinante y poético. Constituyó —y todavía lo es— un universo inagotable, profundamente insondable que nunca terminará de ser “leído”. Sin embargo, debo reconocer, igualmente, que en el universo de mi infancia, allá en Puerto Nutrias y en Pedraza, inolvidables pueblos barineses, se fueron tejiendo y anudando en mí, en el alma del niño que no distinguía qué era real o fantástico, algunas imágenes que, lentamente, se empozarían en mí como arquetipos. El  niño que fui no conceptualizaba sobre todo lo que acontecía a su alrededor, pero vivía absorto en una atmósfera de continua ensoñación: la figura de un padre y de un tío sumergidos noche y día en el alcohol, las crecidas del río Apure que, por igual, nos dejaba en el patio de la casa un caimán extraviado o una mujer sin dientes que pasaba por las calles vestida con pieles de culebra, armada de un rejo con el cual supuestamente le pegaba a sus padres y de quien se decía en corrillos del pueblo que era, a la vez, hombre y mujer.

Seguramente tales imágenes, arquetípicas o no, permanecieron inmersas en mí, a la espera de otro instante en que, tras una especie de niebla, se produjese la posibilidad del reencuentro fascinante con lo “oscuro”, con lo irreal, con las visiones fantásticas y patéticamente reales de seres que, como Diane Arbus, Felipe Pirela, Esdras Parra o Salvador Montes de Oca, surgen dotados de un ánima revestida por una luz distinta a la de los seres que los rodearon en su universo familiar. Todos ellos nacieron con un talento especial: una manera de comprender y asir lo real desde una visión diferente a la de sus congéneres. Esa “luz” distinta surge, en diferentes escenarios, ante mi vista, como el lugar para el reencuentro con las imágenes arquetípicas de lo “monstruoso” que se produjo en la infancia cuando veía pasar por las calles aquella mujer (o aquel hombre) fascinante que recorría Puerto Nutrias, paseándose con un rejo o una enorme boa deslizándose por su pecho desnudo. Tan fascinante como pudiese resultar la espera de la muerte durante tres días, en el caso de Salvador Montes de Oca, coronado con alambre de púas alrededor de la cabeza y del cuello, gritando Viva Cristo Rey, a pleno sol, al borde de su tumba.

Esos seres envueltos en un halo luminoso, porque hacen de sus acciones un escudo de lucha, como fue el caso de Virgilio Piñera enfrentando al régimen comunista transmutado en un viejo pánico; o de Esdras Parra, el único ángel que vivió en la tierra y que convirtió su propio cuerpo en la posibilidad de un viaje en perpetuo vaivén, en busca de la definición sexual. Seres que nos resultarán siempre fascinantes porque, más allá de la vida o de la muerte, crearon un pozo de infinitos halos luminosos, al ofrecer su vida —tal como lo hizo San Juan de la Cruz a su manera— como el lugar para la transmutación y la refundación del ser a partir de todo cuanto hacen o ejecutan desde su ámbito existencial, religioso o artístico: tras cada acto suyo, vuelve a repetirse la historia del Génesis en la parcela o esfera en la cual se debate su periplo de vida.

Para fijar un rostro ha sido una de las más amplias y profundas reflexiones sobre la narrativa venezolana, ¿qué hay de aquel ensayista riguroso que escribió ese libro referencial?

Para fijar un rostro, concebido y estructurado inicialmente mientras cursaba mis estudios doctorales en el Kings Collage de la Universidad de Londres desde julio 1978 hasta 1982, que ha sido revisado en varias oportunidades y publicado, inicialmente, por la Editorial Vadell Hermanos en 1984 y luego reeditado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Carabobo en 2003, ha sido una suerte de diálogo e inventario de mis aproximaciones al estudio del devenir de la forma de la novelística venezolana. Constituye, hasta ahora, el proceso de mi revisión y mi “lectura” del proceso de evolución formal de la novela venezolana contemporánea. Una especie de diálogo que arranca con el legado del maestro Rómulo Gallegos, pasando por el inventario de todas las indagaciones formales de los grandes maestros de la novela nacional, entre ellos: Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Salvador Garmendia, Adriano González León, Oswaldo Trejo, José Balza, Luis Britto García, Carlos Noguera hasta Francisco Massiani. 

En la actualidad realizo el inventario de la obra de otros novelistas importantes que, o surgieron después de Cassiani o que no fueron tratados en la oportunidad en que concebí en Londres el libro, bajo estrictos compromisos académicos —tales como el requisito de que las novelas examinadas se hallaran disponibles en la Biblioteca del Kings College o en la de la Biblioteca Central de la Universidad de Londres. Por citar un ejemplo: no fue revisado el universo novelístico formal creado por Denzil Romero.

Además de revisar la primera versión de La lluvia inconclusa, investigar para la novela en homenaje a Oswaldo Trejo, escribir los dos libros de cuentos a los cuales te hice referencia y leer la obra de algunos poetas venezolanos en función de un segundo tomo de El habla secreta, me encuentro “dialogando” con la obra de algunos novelistas que no fueron examinados en mi tesis conducente al doctorado y que ya exhiben un universo sólido de propuestas dignas de estudio y de reflexión crítica, como sería el caso de Eduardo Liendo, Ednodio Quintero, Edilio Peña, Victoria Di Stefano, Denzil Romero, Federico Vega y Francisco Suniaga.

En cuanto al “diálogo” con los nombres y las figuras que fijaron o marcaron tendencias dentro del proceso de la evolución de las formas, estructuras y técnicas en la poesía escrita a lo largo del S. XX, me sucedió algo similar en la concepción de El habla secreta, editada inicialmente por el Conac y la Asociación de Escritores del estado Barinas, en 2002, puesto que el libro fue presentado en la I Bienal Nacional de Literatura “Orlando Araujo”, en  2001, y obtuvo el Premio Único.

Luego de agotada esa edición, la Universidad de Carabobo realizó otra, publicada en 2011. Ha sido reeditada, en formato digital por la misma universidad. Como te dije antes, hoy por hoy, me encuentro dialogando y  revisando nuevos nombres y tendencias surgidas después de Harry Almela, con quien cerré el registro cuando concebí y estructuré el libro a comienzos del 2000, después de pasearme por las líneas creadas por Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada, Eugenio Montejo, entre otras figuras más, hasta llegar a la revisión de la obra de Harry Almela.

Por los momentos, me encuentro sumergido en el proceso de lectura del universo escrito por figuras y nombres surgidos y emergentes en estas primeras décadas del S. XXI, con el fin de acercarnos, quizás no al “rostro” absoluto de nuestra poesía y nuestra novela, pero por lo menos sí al mayor número de líneas y perfiles que apunten hacia la consolidación de un universo cerrado o abierto a nuevas indagaciones. Partiendo siempre, como base, del abordaje y estudio de autores que tengan, al menos, dos libros publicados, pues ello permite atisbar las posibles líneas que consolidarían una voz y un universo peculiar dentro del proceso y el devenir histórico de nuestra poesía. Igual sucedería en el caso de artistas de las artes visuales y mi revisión de sus propuestas en el proyectado ensayo crítico Las líneas y las máscaras.

Ha pasado un año difícil dentro del país, convulsionado tanto social como políticamente. Desde el año de la salida de tu última novela, ¿qué temas te preocupan del país para lo que viene a partir de 2018? 

Sí, tienes razón, todo ha resultado tremendamente frustrante y doloroso para quienes creyeron en el proyecto de la mal llamada revolución del Siglo XXI. Vivimos en un país deshilachado por la barbarie y la mediocridad enquistada desde el poder en las últimas décadas, sometidos a un vaivén incesante: todos los días amanecemos inmersos en medio de una escena realmente aterradora. Pero, sobre todo, por la violencia cotidiana propiciada por dos fenómenos sociales que parecieran no tocar fondo nunca: cambian todos los días, pero para mal, pues se intensifican sin que exista ni un ápice de voluntad manifiesta de parte de la claque gobernante en el país por ponerle fin a esta ventosa, a esta medusa que nos carcome el alma: me refiero a la violencia brutal en las calles y a la hambruna generalizada, aupada por la desidia  para establecer un proceso de revisión en las políticas económicas que abra, lenta, pero de manera segura, un camino progresivo hacia la solución de estos problemas.

La hambruna en la calle se ve y se palpa con mucho dolor. Gente peleando por quedarse con el mejor “botín” recogido en las bolsas de basura. Hordas de niños harapientos deambulando en las calles, como nunca antes lo habíamos visto, y lo más terrible de todo: niños que asesinan a policías, pandillas de niños armados que andan “por estas calles” buscando comida, pero, también, participando de arrebatones de carteras en los autobuses o en las colas, las interminables colas de la gente que amanece, desde la madrugada, a la espera de que abran el supermercado, esperanzada en conseguir “cualquier” cosa qué comprar.

La hiperinflación o el arrebato al escuálido bolsillo de nosotros, los tristes asalariados, por parte de unos comerciantes que ponen a las cosas el precio que les da la gana son los perfiles de un país hundido en la miseria, en una guerra cotidiana de pobre contra pobre, propiciada a mansalva, desde las altas esferas del gobierno. A todo ello se añade la violencia en las calles, la violencia verbal y física que lleva, lamentablemente, en muchísimos casos, todas las semanas a un incremento del índice de muertos.

En esa novela que, como te lo referí anteriormente, acabo de concluir en su primera versión, titulada La lluvia inconclusa, planteo esa problemática, como lo hice, dentro de otra perspectiva y con otros propósitos al analizar y ofrecer visiones sobre el país, su devenir histórico y sus problemas sociales en fragmentos de Las redes de siempre, en algunos de mis relatos o en Las hojas más ásperas y, también, en cierta manera, en Testamento de un pájaro.

Entre los venezolanos, ¿qué autores actuales te interesan?

Leí, cuando recién fue publicada, la novela La otra isla de Francisco Suniaga y me gustó muchísimo, lo mismo que su otra novela El pasajero de Truman. También Federico Vega y su obra. En estos días volveré a ellas. Releo casi siempre, con obsesiva frecuencia, Marzo Anterior y la siempre hermosa Setecientas palmeras plantadas en un mismo lugar, de José Balza. Igualmente, Lluvia de Victoria Di Stefano, quizá su mejor novela.

Para mí, esas novelas son y serán siempre actuales, como también lo será Canaima, de Rómulo Gallegos; El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo; Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez; Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez; y Piedra de Mar, de Francisco Massiani. De los autores más jóvenes he leído y releo  estupendos cuentos de Juan Carlos Méndez Guédez, Fedosy Santaella, Héctor Torres, Rodrigo Blanco Calderón y Domingo Michelli, tristemente desaparecido a muy temprana edad. Novelas de Ana Teresa Torres, Juan Carlos Méndez Guédez, Rubi Guerra, Gustavo Valle y Juan Carlos Chirinos, cuyas propuestas formales me han resultado novedosas y muy acertadas. Indudablemente, contribuyen al fortalecimiento de nuestra novela contemporánea y trazan, cada uno de ellos, líneas y tendencias sumamente interesantes.

No sé si la lista de los “actuales” será larga o no. Pero es mi lista. Sin nombrarte otras que me acompañan casi a diario, como sería La Biblia o los poemas de Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Alfredo Silva Estrada y Eugenio Montejo, en el terreno de la poesía venezolana: yo leo poesía todos los días del mundo, lo mismo que una o dos páginas del Viejo Testamento y de Don Quijote de La Mancha. La Biblia y Don Quijote serán siempre el sol, la luna y las mareas. Y ha sido así desde 1965, cuando en el Seminario de Guanare, me sentaba a leer sus páginas, a las cuatro de la madrugada, esperando el amanecer.

Me pregunto sobre el Oropeza cuentista, ¿habrá otro libro reunido como Entre la cuna y el Dinosaurio para estos días que vienen?

Terminé de escribir y ahora reviso un nuevo conjunto de cuentos que he titulado El huésped invisible, donde reúno todos los relatos en los cuales venía trabajando desde 2002, cuando di a conocer, a través de El Nacional, la pieza “Entre la cuna y el dinosaurio”, con el que obtuve el Premio de Cuentos de El Nacional por segunda vez y que abrió la antología que, bajo ese mismo título, editara Víctor Bravo en 2006. En la actualidad, escribo un nuevo volumen de cuentos titulado La rosa inacabada, del cual ya llevo escrito siete.

¿Tu trabajo nos recuerda la coherencia del edificio narrativo que nos legó el maestro Gallegos?

Tú has leído Para fijar un rostro y sabes que valoro muchísimo su esfuerzo en ofrecernos un “mapa” del país a través de la reinvención de mitos e historias de nuestras regiones planteadas en sus novelas. En el conjunto me sigue gustando muchísimo Cantaclaro y, sobre todo, Canaima, a la que considero el gran nudo de toda su invención creadora.

Me resulta elogioso el que compares mi propuesta con la del gran maestro, como en alguna oportunidad lo apuntó Julio Miranda en su libro El gesto de narrar, al señalar que Rómulo Gallegos, José Balza y José Napoleón Oropeza estaríamos emparentados por las propuestas de ofrecer en nuestras novelas la visión ficticia de los mitos e historias de nuestro país. En cierto modo, como te decía en la respuesta a una de tus interrogantes, he tratado de ofrecer una “visión” de algún aspecto histórico o social del país en mis novelas, y en muchos de mis cuentos. Parte de la noche o, quizá, A punto de detenerse sobre las cenizas recogen y expresan desde la ficción mis planteamientos sobre el problema de la violencia generada entre los jóvenes de nuestro país. En mi novela Testamento de un pájaro, desde la visión de un grafitero, se recoge parte de ese “retrato” de país, expresado en la escritura en las paredes.

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José Napoleón Oropeza nació en Puerto de Nutrias Venezuela, el 13 de octubre de 1950. Profesor de literatura en la Universidad de Carabobo. Ha publicado una extensa obra narrativa y ensayística recogida en los siguientes títulos: La Muerte se Mueve con la Tierra Encima, 1972 (Cuentos); Parte de la Noche ,1972 (Cuentos); Las Redes de Siempre, 1975 (Novela); Los Perfiles de Agua, 1978 (Ensayo); Ningún Espacio para Muerte Próxima, 1978 (Cuentos); Donde Todo el Universo es una Orilla, 1979 (Cuentos); Las Hojas Más Ásperas, 1984 (Novela); Para Fijar un Rostro, 1984 y 2004 (Ensayo); El Bosque de los Elegidos, 1986 (Novela); Entre el Oro y la Carne, 1989 (Novela); La Guerra de los Caracoles (Cuentos) 1991; Testamento de un Pájaro, 1999 (Novela); La carta que contenía arena, 2005 (Cuentos); Entre la Cuna y el Dinosaurio,2006 (Antología de Cuentos); El habla secreta, 2011 (Ensayo); Las puertas ocultas, 2011 (Novela); El Cielo Invertido, 2016 (Novela, dos ediciones)

Ha sido reconocido con diversos premios y en dos ocasiones (1971 y 2002) con el prestigioso premio que convoca cada año El Nacional. Así como el de la crítica en 2012 con su novela Las Puertas ocultas. Es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, Correspondiente de la Real Española, desde octubre de 2015, cuando pronunció su Discurso de Incorporación bajo el título de “Arturo Uslar Pietri y la estética del cuento contemporáneo”.