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El complot de los médicos (o de las batas blancas)

El diario Pravda califica a los médicos de espías y asesinos depravados cuya conspiración terrorista buscaba acortar la vida de los dirigentes de la Unión Soviética. Serie “Hechos y personajes de la revolución rusa en su centenario (7 de noviembre de 1917 - 2017)”. Parte X 

Stalin

Es uno de los ejemplos más palmarios de la insania totalitaria de Stalin. A menos de dos meses de su muerte, un editorial del diario Pravda revela la trama que venía montando el Gran Jefe y que condujo a la muerte, a Siberia o a la degradación, a eminentes galenos de la URSS, entre ellos a Vovsi Miron, Boris Kogan y Mijail Kogan, A. Feldman, Alexander Grinshtejn, Yakov Ejtinger, Boris Shimeliovich, Vladimir Vinogradov y Mijail Egorov.

Con un lenguaje lleno de altisonantes calificativos, el mismo que campea en todos los regímenes inspirados en el totalitarismo marxista, el diario oficial repite hasta el cansancio la sarta de epítetos denigrantes contra los médicos. Leamos con atención sus párrafos de antología:

“Espías y asesinos depravados bajo el disfraz de médicos académicos. Hoy la agencia de noticias TASS ha reportado el arresto de un grupo de médicos saboteadores. El grupo terrorista, descubierto hace poco por los órganos de seguridad del Estado, tenía como su principal cometido acortar la vida de los dirigentes de la Unión Soviética mediante prácticas médicas de sabotaje.

La investigación ha establecido que los participantes del grupo terrorista, explotando su posición de doctores y abusando de la confianza de sus pacientes, deliberada y malignamente minaron la salud de sus pacientes mediante la fabricación de diagnósticos incorrectos, para así matarlos con tratamientos igualmente incorrectos. Cubriéndose con la noble y misericordiosa profesión de hombres de ciencia, estos demonios y asesinos deshonraron el sagrado estandarte de la ciencia. Habiendo tomado el rumbo de monstruosos delitos, ensuciaron su lauro de científicos.

Entre las víctimas de esta banda de bestias inhumanas estuvieron los camaradas A. A. Zhdanov y A. S. Shcherbakov. Los criminales confesaron que, aprovechándose de la enfermedad del camarada Zhdanov, intencionalmente ocultaron su infarto del miocardio y prescribieron un tratamiento inadecuado para tan seria enfermedad y así mataron al camarada Zhdanov. También, los médicos asesinos, con el incorrecto uso de muy fuertes medicamentos y la prescripción de un régimen dañino, acortaron la vida del camarada Shcherbakov, y lo llevaron a la muerte.

En un primer momento, los criminales trataron de minar la salud de nuestros cuadros dirigentes del ejército soviético (los mariscales Vasilievski, Góvorov y Konev) para removerlos de la estructura del poder y así debilitar la defensa de nuestro país. El arresto de los criminales interrumpió estos nefastos planes, y abortó el cumplimiento de sus monstruosos objetivos.

¿A quiénes servían estos monstruos? ¿Quiénes dirigían la criminal, terrorista y degenerada acción de estos depravados traidores de la Madre Patria? ¿Qué objetivo querían alcanzar con las muertes de las figuras dirigentes del Gobierno soviético?

Se ha determinado que todos los participantes del grupo terrorista de los doctores estaban comprometidos con los servicios de la inteligencia extranjera; habiendo vendido sus cuerpos y sus almas, se convirtieron en sus agentes vendidos y asalariados.

La mayoría de los participantes del grupo terrorista –Vovsi, B. Kogan, Feldman, Grinshtein, Etinger y otros– fueron reclutados por la inteligencia norteamericana, concretamente por una de sus ramas, la organización internacional judía burguesa nacionalista llamada “Joint”. El rostro sucio de esta organización zionista de espionaje, que se ocultaba con la máscara de la bondad para cubrir sus nefastas acciones, está ahora completamente revelada.

Como lo reveló el médico prisionero Vovsi en el curso de la investigación, él había recibido instrucciones “desde los EE.UU. para el exterminio de los cuadros dirigentes de la URSS”, por medio del doctor Shimeliovich y del muy conocido judío burgués nacionalista Mijoels.(…)

El pueblo soviético no debe olvidar ni por un minuto la necesidad de mantener la vigilancia por todos los medios posibles. (…) El camarada Stalin ha advertido repetidamente que nuestros éxitos tienen su lado oscuro, lo que causa entre muchos de nuestros trabajadores un espíritu de placidez y complacencia. Exactamente, es esta inconciencia de nuestro pueblo lo que abona el terreno fértil para estos viles sabotajes.

Desenmascarando la teoría oportunista del “debilitamiento” de la lucha de clases a medida que aumentan nuestros éxitos, el camarada Stalin ha advertido: “Esta no es solamente una podrida teoría, sino también una peligrosa teoría, porque lleva a nuestro pueblo a dormirse en los laureles, a caer en una trampa, mientras se da al enemigo de clase la oportunidad de recurrir a la guerra contra el poder soviético”.

Los órganos de seguridad de nuestro Estado no revelaron con la debida claridad en el pasado la existencia de una organización terrorista y saboteadora entre los médicos. Ya la historia conoce los ejemplos de quienes, bajo la careta de médicos, tales como Levin y Pletnev, mataron al gran escritor ruso Máximo Gorki, por medio de tratamientos deliberadamente erróneos, lo mismo que sucedió con los importantes dirigentes del Gobierno soviético como V. V. Kuibyshev y V. R. Menzhinsky.

Hay también otra verdad y es que, aparte de estos enemigos, nosotros tenemos aún otro enemigo: la falta de vigilancia de nuestro pueblo. En consecuencia, en la tarea de liquidar el sabotaje, es necesario extirpar de nuestras filas la falta de vigilancia.” (Translation copyright © 2000 by P.R. Wolfe and BINIE staff. Internet).

El escritor Ehrenburg cuenta que en esos días escuchó a una doctora declarar que tuvo que tomarse pastillas y polvos y otros medicamentos por temor a que la consideraran conspiradora. Y que en el mercado de Tishinski un borracho gritó desaforadamente:

“¡Los judíos quieren envenenar a Stalin!”

Y agrega que, a los tres meses de su editorial inflamado (y a un mes de la muerte de Stalin), es decir, el 4 de abril de 1953, Pravda publicaba un comunicado que decía que los médicos habían sido acusado de forma ilegal, que eran inocentes y que habían arrancado sus confesiones “aplicando métodos inadmisibles, cuyo uso está prohibido por las leyes soviéticas” (Ehrenburg, p. 1817 y 1791). Lavrenti Beria dio orden a la NKVD de cesar todas las acciones de investigación, y poner fin a los arrestos y torturas. El nuevo líder máximo, Georgi Malenkov, promulgó una amnistía de las varias docenas de prisioneros judíos arrestados en relación a la “conspiración de los médicos”. Y Nikita Jruschov anunció oficialmente que el “complot de los médicos” nunca había existido y que la responsabilidad recaía en Mijaíl Ryumin, el jefe de investigación de la NKVD. Ryumin fue destituido en abril de 1953 y ejecutado tres meses después.

Hay un libro del doctor Yakov Rapoport, envuelto en el “complot”, titulado “A la vuelta de dos épocas – El caso de los médicos del año 1953”, escrito en 1972, pero publicado en 1982 en Rusia, traducido al inglés por N.A. Perova y R.S. Bobrova, (“The Doctors’ Plot of 1953”, Harvard University Press, Cambridge MA, 1991). Él fue apresado en esa ocasión y llevado a la cárcel de Lefortovo. En una estrecha celda, no se le permitió dormir. Luego de un incomible desayuno, el interrogatorio prosiguió todo el día y la noche hasta las 5 am, seguido por una ducha. Entonces, le forzaron a permanecer de pie hasta las 6 am. Los interrogadores desataron su furia cuando Rapoport rechazó ser miembro del “complot terrorista”. Nota que días después el tono de los carceleros ha cambiado. Un nuevo interrogador le dice que olvide lo que ha sucedido, y varias semanas después sale en libertad, y se alegra de volver a usar su afeitadora y su cepillo de dientes. Era que no sabía que Stalin había muerto.