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El centenario de Rulfo

Homenaje al escritor mexicano a través de un recorrido poético por sus dos obras, únicas e insignes: “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”

Juan Rulfo

Escritor tardío y autodidacta, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, alias Juan Rulfo (Apulco, 1917-1986), fue una especie de anacronismo en el mundo literario: conocía poco, cuando escribió sus cuentos y su novela, a los clásicos de la literatura de su país, y despreciaba a los escritores españoles de la Generación del 98. Prefería autores como los escandinavos Knut Hamsun, HalldórLaxness y Selma Lagerlöf o los rusos Vladímir Korolenko y Leonid Andréyev. Alrededor de los años cuarenta comenzó a escribir una extensa novela, que destruyó, porque su lenguaje no expresaba lo que quería decir. Decidió entonces crear personajes que se acercaran a la gente real de Jalisco, en un español del siglo XVI, con léxico escaso, “(que) no hablaban del todo”.

El llano en llamas (1953) son quince cuentos acerca de campesinos e indígenas en un mundo violento e insensible; vidas que acosadas por la pobreza, la ignorancia, el clima y el paisaje no han podido elegir sus destinos: una muchacha prostituida por las circunstancias, adúlteros que ahogan al marido cornudo en una peregrinación, campesinos revolucionarios que huyen de sus tierras hacia las montañas, felices de abandonar lugares de miseria, todos empujados por fuerzas que no pueden controlar. Desoladas historias contadas de una manera muy lejana al realismo de protesta social de las novelas surgidas durante la Revolución. Impersonales y crueles en el tono, carecen de juicios políticos o morales: perseguidor y perseguido, ganadores y perdedores, todos son víctimas de un llano que los quema. La compasión de Rulfo por ellos surge de la poesía de esta prosa lapidaria, en las desnudas, intensas y repicantes frases parecidas a la tierra seca que les sirve de apoyo. El llano en llamas es la elegía a un mundo que desaparece. Todo se ha hecho piedra tras las quemas. Piedra el tiempo, piedra las esperanzas, piedra la inacabable resignación. Bandidos y víctimas están oprimidos por los muertos, que pesan más que los vivos.

Con Pedro Páramo (1955), la única novela que publicó, el folklorismo y las militancias de la novela de la Revolución fueron superadas. En vez de retratar con los ojos de la civilización occidental los efectos y causas de la contienda, decide ponerla frente a nosotros en carne viva. Su estilo, parco y severo, se depura hasta crear un tono inolvidable e inigualable en las historias de las literaturas de todos los tiempos, un mundo sostenido por la magia y los sueños que solo la poesía puede crear. Una poesía de los pueblos abandonados, el polvo interminable, las pestes, las insolaciones, las míseras alegrías que dejan las pobres cosechas, el cansancio y la muerte. Una obra que en su apariencia trata de las desgracias amorosas de un viejo y rico hacendado con una muchacha que enloquece. Una historia de amor estorbado, inverosímil y protervo.

Juan Preciado, uno de los tantos hijos de Pedro Páramo, regresa a Comala en su busca luego de la muerte de su madre:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo.”

Así se abre este poema de la desolación y la vida fantasmal de una América Latina poblada por las voces de los muertos vivos que se han amado, odiado y lastimado a sí mismos y a los otros, atrapados en la búsqueda de quiméricas ilusiones donde Pedro Páramo, el sensual y despótico terrateniente, es la viva llama de un mundo acostumbrado a la muerte.

Comala es un pueblo hecho de voces y ecos del ayer, del hoy y del mañana. Preciado se entera por boca de Abundio, otro de los hijos naturales del terrateniente, que su padre ha muerto. Pero también están muertos todos los que habitaron el pueblo. Es agosto con su calor sofocante. Va de un lado a otro dando con espejismos y fantasmas. La muerte en pecado hace que deambulen, sin reposo, por la tierra.

Pedro Páramo había heredado la Media Luna de su padre Lucas, luego de ser asesinado por un peón. El hijo recibe la tierra y el odio por las gentes del mundo. Joven, enamoradizo y pendenciero, el deseo de venganza le lleva a sobornar o expulsar a sus vecinos, falsifica escrituras, corre los cercos, asesina sin piedad, no paga deudas. Para saldar una de estas casa con Dolores Preciado. La Media Luna avanza hacia una luna llena de prosperidades. Un día llega la Revolución. La sombra de Pancho Villa ronda el mundo. Luego los Cristeros. Páramo se pone del lado de la Revolución para sacar partido de ella. Acoge rebeldes, promete dinero, hace militar sus secuaces en las filas rebeldes, les vigila. Los intereses del patrón de la Media Luna son favorecidos.

Pero el poder no ha logrado dar a Pedro Páramo lo que más desea: a Susana San Juan, la compañera de juegos de infancia, con quien se bañaba desnudo en los arroyos y elevaba papalotes. Susana, una belleza que no era de este mundo, había quedado huérfana de madre muy joven y era víctima de las pasiones de su padre. Susana casa con Florencio, pero Páramo ordena darle muerte. Tras treinta años de ausencia, su anciano padre acepta los favores de Páramo y vienen a vivir con él. Susana, de sesenta y dos años, se hace su esposa. La locura la posee. En la cama gime por Florencio. Cuando muere, Páramo hace que las campanas repiquen por tres días.

“Allá hallarás mi querencia ―había dicho a Juan Preciado su madre–. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un puro murmurar; como si fuera un puro murmullo de la vida.”

La modernidad de Pedro Páramo reside en el uso de técnicas narrativas que al imitar la sintaxis del cinematógrafo revolucionaron la literatura finisecular: reducción del papel del narrador, uso del monólogo interior, ruptura de tiempo y espacio, lentitud descriptiva, ausencia de desenlace y uso múltiple de diálogos. Pero todo ello sería nulo si no existiese la voz de Rulfo, la milenaria voz de la poesía:

“Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.”

Rulfo nació en Saluya, una región de Jalisco, donde tuvieron origen los mariachis y las rancheras, pobre, aislada y devastada por los vientos y el calor, tierra de moribundos, arrayanes y naranjos. Los críticos han creído que esta región sirvió de modelo para Comala. Su abuelo paterno fue abogado y el materno hacendado. Su padre fue asesinado, cuando el hijo tuvo siete años, durante la revuelta de los Cristeros. De esta época son sus primeras lecturas, en casa de una de sus abuelas, donde un cura había dejado una pequeña biblioteca parroquial. Al morir su madre vivió un tiempo con su abuela en San Gabriel y luego fue enviado a un orfanato en Guadalajara. Logró hacerse contador y se fue a vivir a México en 1933 donde estudió leyes, trabajó en las oficinas de inmigración y, entre 1947 y 1954, en el departamento de publicidad de una fábrica de llantas. En Ciudad de México, alrededor de 1940, redactó El hijo del desaliento: “una novela un poco convencional, un tanto hipersensible, pero que más bien trataba de expresar cierta soledad... Quería desahogarme por ese medio de la soledad en que había vivido, no en la Ciudad de México, pero desde hace muchos años, desde que estuve en el orfelinato”. Entre 1953 y 1954, gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, escribió Pedro Páramo. A finales de los cincuenta hizo guiones para televisión. En 1962 ingresó al Instituto Indigenista, para ayudar a las comunidades nativas a integrarse en la sociedad mexicana. Traducido a numerosos idiomas poco a poco fue recibiendo reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, 1956; Premio Nacional de las Letras Mexicanas, 1970; Príncipe de Asturias, 1983. Como Borges y Onetti, ni el Nobel ni el Cervantes merecieron a Rulfo.

“A Juan Rulfo debió habérsele otorgado el Premio Cervantes y darle las gracias por aceptarlo”, recordó Juan Carlos Onetti. “Pero es verdad que solo publicó dos libros. Y también es verdad que durante 30 años se resignó al silencio. Sabía que su obligación literaria había concluido. Era un hombre honrado y respetó su decadencia. Hermoso ejemplo para aquellos que, en el vasto mundo, siguen fatigando máquinas impresoras fingiendo no enterarse.”