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La casa y la isla

Entrevista al escritor Ronaldo Menéndez, a propósito de la publicación de su última novela, “La Casa y la isla”. Ha sido editada por AdN Alianza de Novelas

Ronaldo Menendez

ronaldomenendez.com

Ronaldo Menéndez 

Ronaldo Menéndez, La Habana 1970, es un escritor avezado. Desde sus tempranos 17 años se toma en serio “eso de escribir” y comienza a asistir a talleres de narrativa. A los 20 gana el Premio David de Cuba, a los 27 el Casa de las Américas, y a los 29 el Lengua de Trapo. Ha publicado cuatro novelas, cuatro libros de cuentos y una novela de viajes.

Ha tardado 20 años en escribir La casa y la isla. ¿Por qué? ¿Cómo cambió la novela en ese tiempo? ¿Y cómo cambió el escritor que la inició y el que le puso fin?

―Hay novelas que se escriben dentro de uno mucho antes de comenzar a aporrear el teclado, y una vez empezada la tarea de escritura ‘con las manos’ se tiene la sensación de estar recordando. La casa y la isla fue un largo proceso de aprendizaje, ya que necesitaba limpiarme de varias cosas: mi oposición partidista al régimen cubano, el resentimiento del exiliado, la nostalgia, que también es el vicio del exiliado, pero sobre todo necesitaba encontrar el relato. O sea, necesitaba personajes cuyo ‘código existencial’ estuviese indisolublemente ligado a Cuba, porque sus vivas padecieran conflictos típicamente cubanos, y a su vez universales. A veces el escritor tiene la suerte de este hallazgo: dar con lo que necesita contar desde la primera intuición. Pero otras veces hay que enfrentarse a un largo recorrido. La casa y la isla comenzó siendo una novela llena de alegorías e hipérboles. Luego tuvo una etapa de crecimiento desmesurado: llegó a tener 700 páginas. Hasta que por fin, ella sola, como si se emancipara de mis limitaciones, consiguió condensarse.

¿De dónde nace la idea de La casa y la isla? ¿Es una autobiografía? ¿Un ajuste de cuentas? ¿Un exorcismo?

―Es todo eso. Pero también es una apuesta por el lector: nunca me ha importado mucho el lector, en su sentido cuantitativo y pre-existente, por eso he escrito cosas complicadas o caprichosas. He escrito siempre con la condicionante de que ‘ya llegarán los lectores’, e incluso con la pretensión de ‘crear mis propios lectores’. Esta postura me sigue pareciendo muy legítima, e incluso consustancial a mi manera de vivir el acto literario. Pero con La casa y la isla quise considerar al lector que ya existe, y escribir una historia, ante todo, legible. Es como si me diese la vuelta a mirar hacia la sencillez, como el camino principal. Y luego, tomando el camino de la sencillez, seguir siendo todo lo complejo que me venga en gana.  

¿Se ha sentido influido, a la hora de enfrentar esta historia de vidas privadas marcadas por un estado totalitario, con otros novelistas que han escrito sobre temas similares como Milan Kundera o Jiri Kratochvil?  

―Dentro de la literatura post comunista hay una vertiente no tan explorada como la obra realista e incluso histórica de Kundera, que tiene que ver más con el simbolismo. Y ahí estarían el propio Kratochvil, pero también Ana Blandiana, Herta Muller, Imre Kertez, entre otros. Si con alguna vertiente y autores me identifico, es esta, que podríamos llamar no realista, y que responde, entre otras cosas, a una sed de universalidad, a un intento de sus autores por escapar de las circunstancias sociopolíticas concretas. Sin embargo, La casa y la isla es una novela realista que se desarrolla en Cuba. ¿Qué tiene que ver con lo anterior? Mi sed de universalidad: si algo intenté cuidar dentro de su carácter realista e histórico, es que fuese una novela que pueda ser leída dentro de cien años, y que en esencia siga diciendo lo mismo: esas vidas pequeñas y molidas por un contexto, esas historias de amor, esos mundos psicológicos, morales y emocionales de sus personajes. Da igual que sea en la Cuba de los noventa o en la Conchinchina del 2666.

Esta novela gira sobre un trío: Anabela, Rebeca y Montalbán. Aunque no es un trío al uso, el sexo marca el destino de sus protagonistas. ¿Qué significa el sexo para el novelista Ronaldo Menéndez? 

―¿Puede el sexo ‘significar algo para alguien como novelista’? Lo que sí he podido verificar, tanto en la obra de los autores antes mencionados, como en la mía, y en la vida del individuo, es que en contextos totalitarios el sexo es uno de los últimos contrapoderes. Ese espacio donde puede ejercerse la libertad más íntima. Y es por ello que el novelista suele usarlo como símbolo, y la persona como ámbito de libertad trascendente.

¿Cómo ha cambiado su narrativa desde su exilio? ¿En qué le ha afectado a la hora de escribir no vivir en su país?

―Es un tema interesante porque no hay una verdad universal al respecto. He observado que ciertos escritores no pueden escribir fuera de su país de origen, como si estuviesen enchufados a una especie de savia espiritual que solo les llega con el roce cotidiano, a partir de esas inefables pequeñeces que otorgan identidad, estímulo, asidero. Sin embargo, en otros casos –entre los que me cuento– tomar distancia, desarraigarse, se convierte en un bálsamo protector contra los fantasmas del regionalismo y la miopía provinciana.

El final de La casa y la isla es, para mí, un tanto desconcertante. Digamos, para no revelar el final, que hay un nacimiento que origina una nueva familia. O que puede originar una nueva familia. ¿Es la esperanza de un nuevo comienzo? ¿Hay una posibilidad de renovar esas ilusiones perdidas?

―Nunca he dejado mucho espacio para la esperanza dentro de mi obra. Soy un escritor carroñero, que se alimenta de despojos existenciales, de dolores y demonios. Pero siempre he querido ‘narrar la felicidad’, y no lo consigo porque soy propenso a explorar mejor los territorios oscuros. Pero no deja de tentarme, digamos, el pincel fino de lo luminoso. Con el final de La casa y la isla quise blandir este pincel, aunque fuera para dejar la levedad de un solo trazo. La vida siempre se renueva, es cosa suya, es su naturaleza vital. La piedra persevera en su ser, y el tigre quiere ser tigre, en palabras de Borges, aunque la literatura se enfangue en las miserias humanas, la gente sigue naciendo y las esperanza, casi siempre, es una necesidad.

¿Tiene usted alguna relación con otros escritores de su generación en el exilio? ¿Hablaría de una literatura cubana fuera de Cuba? 

―No existe una ‘literatura cubana fuera de Cuba’ como algo orgánico y conceptualizable. Pensar es anular diferencias, y más que una literatura cubana en su corpus homogéneo, existen muchos escritores cubanos, tantos como cubanos, proporcionalmente hablando, en el exilio. Parece que ese desarraigo, esa hemorragia migratoria para sembrarse en nuevos contextos, propicia un hacer literario diverso. Los escritores cubanos que huimos de la isla nos vemos sumergidos y vapuleados por las fuerzas diversas de otros campos literarios, la respuesta es un espejo de diversidad. Un mirarse cada cual, reconociendo un rostro distinto, escribiendo desde distintos referentes y múltiples búsquedas.

¿Teme usted algún tipo de represalia por parte del gobierno Cubano por lo que cuenta en su novela? ¿O los tiempos han cambiado?

―No temo represalias porque los poderes estalinistas dentro de la isla ya no son lo que eran antes. Sus tentáculos son más cortos, y no porque los cubanos hayan ‘ganado espacios de libertad’, sino porque el propio poder ha aprendido de sí mismo. Por ejemplo, ¿a quién le importa una novela que escribe alguien como yo en el otro extremo del mundo? ¿Para qué tomar represalias? El poder cubano hace mucho aprendió que los escritores no somos ningún peligro, al menos a corto y mediano plazo.

El humor impregna toda la novela. Es parte fundamental de la misma. Aunque lo que suceda no es realmente divertido, logra usted mantener en el lector una sonrisa las 355 páginas de la misma. ¿Por qué el humor para contar esta historia que se acerca más a la tragedia que a la comedia? 

―Me paso la vida riéndome: de mí mismo, del finado Fidel Castro, de mis hijos, de mis padres, de mi pareja. No se trata de una burla malsana o que disminuye a su objeto de risa, sino de la intención permanente, como si fuese mi segunda naturaleza, de relativizar lo mucho que duele cada cosa. Tampoco hay que confundirse, es sabido que la risa, muchas veces, lejos de aliviar el aspecto trágico de determinada cosa, lo acrecienta, lo enfatiza o lo subraya. Esta podría ser la función esencial de la risa dentro de La casa y la isla.

¿Cómo se siente usted viviendo en España? ¿Cómo lleva el ser extranjero?

―Como dice Serrat en la canción: no me siento extranjero en ningún lugar. Soy desarraigado por naturaleza, de hecho, a estas alturas me identifico más con el ‘ser español’ que con mucha de la vulgaridad y alegre ignorancia que se confunde con el ‘ser cubano’. Pero soy un pesado: basta con que viva tres o cuatro años en un mismo lugar, para empezar a mirar con ojo crítico las malas artes de su gente. Ojo: me miro a mí mismo, ante todo, con ojo crítico. Vivir en España es para mí una permanente autovigilancia para no empeorar como persona. Lo mismo que si viviera, una vez más, en cualquier otra Conchinchina. 

Por último ¿Cree usted que verá un futuro en Cuba sin un Castro en el gobierno?

―Parece que el tiempo relativo a Cuba tiene dos dimensiones: para nuestras pequeñas vidas transcurre muy rápido: ya tengo 46 años, mi padre murió hace tres, y Cuba no cambia. Sin embargo, para el tenaz meollo político dentro de la isla, el tiempo se ahonda, permanece, es estático. Estoy perdiendo la esperanza de conocer una Cuba distinta, políticamente, a la que vi al nacer.