Entretenimiento

Capítulo uno: Dispara y olvida

Novela de ficción. Síguela los domingos en la sección de Literatura 

Dispara y olvida

  

Uno

El centro de Caracas

Patricio tiene una pistola Walther PPK, negra como el ala de un cuervo, en el bolsillo lateral de su chaqueta de cuero. Sabe que es una Walther PPK porque buscó durante varios días la foto de una pistola idéntica en Internet Kuantum. La PPK fue la que sustituyó a la icónica Luger Parabellum semiautomática en el ejército alemán hitleriano (la Wermacht). Es una pistola antigua pero está en perfecto estado y muy bien engrasada. Fue lo único que heredó de su abuelo chileno, que se llamaba Reinaldo y llegó a capitán de dragones. El ejército chileno tuvo, desde siempre, instructores alemanes, así que no es del todo extraño que el abuelo tuviese una Walther PPK. Aunque Patricio no encontraba ninguna explicación de por qué el abuelo se la había mandado. La pistola le llegó hace un par de meses por correo General Express, desde Santiago, con la carta de unos abogados en la que se estipulaba el deseo del difunto de que el arma pasara a manos de Patricio. Sin ninguna explicación, junto con la pistola, también le llegó una pequeña caja de cartón verdi-gris con municiones.

En primer lugar, no se podía creer que la pistola –y las balas– hubieran pasado los controles de GenEx. ¿Es que acaso los muy imbéciles no revisaban los paquetes? Luego, no comprendía cómo los abogados se habían prestado para una encomienda tan disparatada. Y, por último, no le entraba en la cabeza por qué el viejo se la habría enviado. Pero el hecho era que la pistola había llegado. ¿Por qué? Él no conoció al abuelo Reinaldo. ¿Por qué dejaría un señor anciano, en su testamento, una pistola como herencia para su nieto que vivía en Caracas?

¡Coño, lluvia!

Una lluvia de mierda inesperada . Una lluvia blanca que se contrastaba contra el fondo negro de la ciudad anochecida de pronto, contra los faroles de las esquinas que parecían llorar. No era justo que la lluvia y la noche ocurrieran tan rápido, aunque no era una noche total sino producto de los negrísimos cúmulos que cubrían la ciudad. Aparte de que era una sensación harto desagradable estar detenido en el maldito tráfico como un idiota por culpa de la lluvia. Pero, ¿qué carajos podía hacer? A esta hora –las seis de la tarde– Caracas estaba completamente trancada, todo era inútil. Pulsó una canción en la cónsola holográfica y ahí mismo sonó Ya no te quiero ni en sueños, de Rubí Rodríguez, al instante, como por arte de magia. Era una balada pop edulcorante pero le gustaba ver los hologramas de la Rubí cantándola, tan curvosa la Rubí, llegando al final de la treintena pero risueña y portadora de un cuerpo firme, con todos los juguetes intactos. Ya no te quiero ni en sueños, caminante, pasa ya de largo que yo menos mal que te olvidé, susurraba la Rubí, desde las cornetas del carro.

Pero ni siquiera la Rubí, la visión de sus redondeces lograron sacudirle la rabia. Y es que siempre le molestaba ir al Centro, aunque había nacido allí, por los lados de la Candelaria. Había crecido entre esas calles sucias y estrechas, repletas de bares de muerte lenta, de restaurantes españoles y de pequeños edificios de cuatro o cinco pisos en los que, junto a la fauna local, vivían inmigrantes de toda procedencia: colombianos, peruanos, ecuatorianos, españoles, italianos, portugueses, y claro, chilenos como sus padres, que habían huido de la dictadura de Pinochet hace tantos años que para qué recordarlo.

    De niño, Patricio se la pasaba jugando fútbol en la calle con los hijos de los inmigrantes. Tenían sus propios rincones solitarios para trazar los límites imaginarios de un campo de juego al margen de los carros y de los fastidiosos transeúntes. Compartían sobre todo eso, el juego que habían heredado de sus padres inmigrantes, un juego –el fútbol– que era visto con una indiferencia risueña por los venezolanos. Con el tiempo, se pasó al béisbol.

La verdad es que había sido muy feliz en la Candelaria y recordaba aquellos años con una nostalgia casi idealizada. Pero llegó el día en que sus padres decidieron regresar a Chile, cuando  Pinochet, por fin, se cansó de mandar.

Véngase con nosotros, nomás, le dijeron sus padres.

No se quiso ir. Él era venezolano, no chileno, y no entendía cómo podría volver a ser chileno cuando nunca lo había sido. Además, le molestaba todo lo chileno, empezando por el estilo canturreado de hablar. También lo irritaba sobremanera que lo apodaran el chileno, como hacía la mayoría de la gente.

Así fue que empezó a odiar a la Candelaria y –por extensión de la rabia– a todo el Centro de Caracas. Lo tenía asociado con sus padres y con Chile, un país que ni siquiera conocía. Sus padres lo habían traicionado cuando se fueron de regreso a Chile, eso estaba claro. Pero hoy no estaba molesto sólo por eso. Tenía otra rabia que se superponía a la rabia de la partida de sus padres y a la de su chilenidad obligada. Se palpó la Walther PPK en el bolsillo de la chaqueta y agradeció al abuelo desquiciado, al ejército prusiano chileno y a la desidia de General Express.

Gracias por darme una pistola.

En los últimos tiempos era difícil conseguir una pistola en Caracas –las malas lenguas decían que antes no– y, sin la pistola, el plan era prácticamente imposible de realizar.

Le había caído del cielo.

Al fin, logró estacionar el carro un par de cuadras más allá de la Esquina de Capuchinos, en una calle paralela. Se bajó del carro y se sumergió en una lluvia que seguía siendo blanca pero que amainaba rápidamente. Bip, bip, sonó el seguro electrónico del carro, un Toyota Sentien de segunda mano. Devolvió los pasos hasta Capuchinos –mojándose dulcemente– y de ahí se encaminó cuesta arriba por la Avenida Norte, ese bulevar que parte de la Plaza Bolívar y desemboca en el Panteón Nacional, casi en las faldas del Cerro de El Ávila. Lo de Norte se lo explicaba Patricio porque cuando uno va de subida es evidente que vas hacia el norte: la montaña se te aparece al fondo como un paisaje de acuarela. En Caracas es fácil ubicarse porque El Ávila hace las veces de inmenso punto cardinal. Con sólo levantar la cabeza, ya sabes dónde está el norte. Pero, ¿y de bajada? Se tendría que llamar Av Norte-Sur, en todo caso, reflexionó Patricio. En realidad, la avenida era como una escalera, servía para ir en dos sentidos. Con un suspiro, dejó de divagar y, una vez más, se aseguró de que la PPK estaba todavía allí. Hizo un movimiento disimulado con la mano y se la sobó por encima de la chaqueta.

La lluvia cesó de pronto –tan rápido como había empezado–  y las nubes arriba se abrieron y disolvieron como en una película acelerada absurdamente. Al poco, salió el sol tímidamente pero definitivo. El cambio violento de clima era insólito –si te ponías a pensar en ello– pero más bien común en esta ciudad impredecible, a la que al Patricio le gustaba llamar Kafkaracas, no sólo por las incronguencias de la naturaleza sino las de gente que la habitaba.

El Centro de Caracas. Qué ridícula ciudad esta Caracas del Centro, sucia y sin destino, se dijo el Patricio. Aunque, para ser honestos, una ciudad con un resto de dignidad histórica en medio de los vendedores de todo tipo de mercancías abigarradas. Un gran mercado enloquecido con toneladas de ventiladores coreanos a succión y de marcas indefinibles asiáticas y pantaletas colombianas y la calle con olores salvajes de fritangas y vendedores de salchichas con salsas de ajo y de cebolla y de aguacate y de Tabasco, con papas fritas más quemadas que los ojos de un perro viejo sobre las salchichas invisibles. Todo se le pegaba al rostro y a los pasos, mientras se preguntaba si el carro no estaría mal estacionado, si no se lo confiscarían los fiscales de tránsito corruptos que tanto abundaban justo en las treinta cuadras donde se suponía donde estaba concentrado el poder, la eficacia del poder. Eran las cuadras más sucias de Caracas y las cuadras que más historia tenían, para colmo.

De pronto, un fresco súbito se le metió por dentro de la camisa y se le subió por la espalda. Se sentía volando y se puso de un humor tranquilo, mientras avanzaba despacio entre el tumulto de gente que, probablemente, regresaba a sus casas. Oficinistas y secres casi todos.

No hay apuro, se dijo.

Relájate. Esto lo vas a hacer sereno, coño, o no lo vas a hacer.

Se obligó a regresar la mirada a su alrededor mientras caminaba. Había mucho buhonero todavía vendiendo baratijas, pero no tantos como en otras partes del Centro. Había también artesanos que ofrecían oscuras tallas de madera, algunas con rostros de próceres de la independencia, otras con formas de árboles, otras con motivos religiosos.

El bulevar tenía altoparlantes que colgaban de unos faroles que imitaban a los faroles de una supuesta Caracas de los años 20. Eran faroles de plástico –al menos eso parecía– y de los altoparlantes se despedía una música suave de guaracha o de son cubano que a Patricio se le hizo conocida. Era una música sin voz, una especie de shopping-music caribeña. Oyéndola, le parecía que la Avenida Norte podría ser una postal de cualquier ciudad del Caribe. También había inmensas pantallas adosadas a los edificios –espaciadas a lo largo de la calle– en las cuales una figura enorme, una especie de personaje gordo de Botero, vestido de militar, gesticulaba incesantemente. No era posible oír lo que decía la figura, y, en realidad, a nadie parecía importarle.

Se oía el eco de los altoparlantes que descendía en cascada hasta dos cuadras más abajo, y lo hacían sentirse al Patricio como arrastrado por un río invisible, como una piedra en el río. Este pensamiento lo devolvió a su realidad. No era una piedra en el río, tenía una pistola en el bolsillo. Se sonrió levemente –casi con timidez– y apuró el paso.

Cien metros más allá, se detuvo ante la fachada de un edificio avejentado de cuatro pisos y se quedó mirándolo, bajo las bombillas de luz amarillenta –empezaba a anochecer de verdad– que se erguían en el centro del bulevar y que disparaban rayos de una luz tan pobre que daba lástima el sólo verla. Las capas de pintura de la fachada estaban rotas y abiertas como las llagas de un leproso, logró ver, sin embargo. Eran capas amarillas, azules y marrones, que te contaban la accidentada historia del inmueble. Podías deducir los sucesivos cambios de gusto de los dueños, o de los encargados del mantenimiento, por los colores ya marchitos. Patricio se acercó a un costado de la entrada y deshojó la pintura con la mano. Comprobó que el amarillo era el color original de la pared. Luego venía el azul y, por último, el marrón. Un edificio alegre que se transformó en un edificio triste. Como la gente, como él mismo, se dijo Patricio.

Sobre la entrada, modesta, con puertas de metal en forma de arabescos, estaba inscrito el nombre del edificio en una placa de bronce viejo: Edificio Fóscolo. Un nombre sonoro que le pareció una mención a Ugo Foscolo, poeta italiano autor de De los supulcros. Puede que el constructor del edificio fuese un maestro de obras italiano que le rendía tributo al poeta. Quizás. Abrió la puerta metálica que no estaba cerrada y cruzó el umbral. Ya casi había llegado el momento.