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Capítulo dos: Dispara y olvida

Novela de ficción. Síguela los domingos en la sección de Literatura 

Dispara y olvida

Dos

El periodista

Patricio traspasó, entonces, las puertas hierro en forma de arabescos del Edificio Fóscolo, que, extrañamente, no estaban cerradas. Se internó en la Planta Baja hasta encontrar una puerta de madera ajada, cubierta por una rejas sucias y  grises, sobre las que había un cartón que anunciaba –en letras más bien infantiles–: PB-3.

Pulsó el timbre, sitiéndose un poco ridículo ante aquella puerta absurda, coronada por el cartelito aquel. Volteo a ambos lados y se aseguró que no había nadie, luego apretó la Walther PPK a través de la chaqueta como cuando uno se asegura, de repente, que no ha olvidado las llaves en la casa, con un pequeño sobresalto. Seguía estando allí y le proporcionaba una cierta sensación de poder, de seguridad, incluso, de alegría.

Después de escuchar el sonido ronroneante que indicaba que la cerradura eléctrica se había abierto, traspasó la puerta de El Vacacional, un semanario pequeño que tenía su oficina allí, escondida en el centro. En El Vacacional escribían artículos turísticos que no tenían nada que ver con el país ni con el resto del mundo pero, de todas formas, se las arreglaban para conseguir anunciantes, y puede que hasta lectores. Quizá, sólo quizá, alguien se atreviese a echarle un ojo en Internet Kuantum, pero de allí a comprar la versión en papel había mucho trecho. La gente todavía compraba pubicaciones en papel, claro, pero era un mercado muy marginal. No entendía el Patricio por qué se afanaba el Ramón –o los dueños– en seguir imprimiendo la revista, era un completo desperdicio. En todo caso, a él le convenía. Aparte de que había que reconocer que El Vacacional –su mera existencia– era de verdad un milagro de la industria editorial local. En un país donde nadie leía, pensó Patricio, los muy cabrones escribían artículos sobre la arena de las playas y el pescado frito y el agua de los cocos y las posadas y las maravillas de la naturaleza. ¡Y el salmón, coño, y el salmón! Era por eso que él estaba ahí: tenía un intercambio de salmón por publicidad que, la verdad, no había servido de mucho hasta ahora. Pero eran órdenes de Chile, maldita sea.

Queremos publicidad, nada caro, huevón.

Les mandaba vía GenEx los recortes de El Vacacional –extrañamente los chilenos insistían en que les enviara los recortes– sin mucha diligencia y exagerando el tiraje de la publicación que, sospechaba el Patricio, vivía más de los intercambios –como el que hacían con él de salmón–, que de la verdadera publicidad o del costo de los ejemplares. Bueno, Chile estaba lejos y los chilenos eran lentos. Para cuando se enteraran, él ya sería un fantasma.

Atravesó la desolada recepción –que no era más que una habitación minúscula con un escritorio de formica cuarteada y una vieja computadora de principios de siglo cubierta de polvo rancio–, y se internó en un estrecho pasillo con dos puertas a los lados. Presumiblemente, un baño y una habitación. El pasillo desembocaba en la Redacción (la puerta tenía otro patético cartelito de cartón en el que se leía la palabra Redacción en negritas). Vaya un eufemismo. En realidad, todo el conjunto de El Vacacional, era, en realidad, la vivienda de Ramón, el “Director”, quien había terminado haciendo del semanario su modus viviendi absoluto. Ni siquiera secretaria tenía el Ramón, aunque sí que tenía una máquina contestadora con la grabación de una aterciopelada voz de mujer que le filtraba a los acreedores y que, a la vez, le permitía devolver la llamada a los clientes solventes.

A un costado de la habitación, atiborrada de paquetes de ediciones viejas no vendidas de El Vacacional –Patricio no pudo evitar una leve sonrisa– estaba sentado el Ramón, detrás de una Macintosh Two Milenium, último modelo, y de un escritorio marrón de madera falsa. La Mac holográfica era lo único costoso que había en la habitación y se explicaba porque ahora Ramón era también el diagramador del semanario. El periodista manipulaba con el pulgar y el índce –habilmente, para sorpresa de Patricio– unos bloques de texto y los colocaba en columnas, intercalados con fotos de palmeras y hoteles.

–¿Y mi salmón? –le soltó indiferente el Ramón, sin siquiera saludar–, apenas levantando la cabeza cuandro entró el Patricio, mientras colocaba una piscina exageradamente azul en una esquina de la composición y luego escribía algo en un teclado normal y corriente Genius. En el holograma fue apareciendo el texto, debajo de la foto paradisíaca de la piscina y la posada correspondiente –al revés, porque Patricio lo miraba desde atrás­–:

!latot datrebil al eturfsiD!

acitsírut aleuzeneV 

–¿Qué coño pone ahí, Ramón?

–Pone lo que me piden que ponga los anunciates que sí pagan, chileno, no me jodas.

Patricio encajó la respuesta sin molestarse, al menos, en apariencia. A él no le interesaban demasiado que digamos las imágenes especulares, ni tenía complejo de da Vinci. Lo dejó correr.

Más bien, se dedicó a observar al Ramón.

Rechoncho, de rostro alunado que parecía salido de un comic japonés, con unos bigotes ridículos curvados hacia abajo y vestido con una franela de polo rosada, distaba mucho de ser alguien que inspirara algún tipo de respeto.

En realidad, no era sino otro periodista cabrón (con los hombros regados de una caspa translucida que le hacía un efecto de chatarrera), que siendo ya director del periódico, había terminado encargado de todo el trabajo, cuando los dueños decidieron ahorrar costos y liquidar al resto del personal: la secretaria, el diagramador, la vendedora y un par de estudiantes de periodismo mal pagados. Era eso o la calle, así que el Ramón se las apañó y aprendió lo básico para que el periódico funcionara medianamente. Con el cambio, consiguió un techo sobre la cabeza (hizo un acuerdo con los dueños y ahora vivía en una de las habitaciones del pasillo), y un saludable aumento de sueldo.

El Patricio respiró profundo. Nada de problemas, Patricio, acuérdate del plan.

Al poco, el periodista volvió a levantar la cabeza, un poco extrañado de encontrar todavía a Patricio de pie frente a él, en silencio, observándolo.

–Chileno, estoy ocupado, como podrás notar –soltó con displicencia–. Imagino que no viniste a verme trabajar. ¿Me tienes el salmón, sí o no?

–No, marico, lo único que te tengo es una pregunta: ¿qué carajos pasó con mi anuncio? Eso es lo que te tengo –le espetó el Patricio, mirándolo con los ojos hundidos por la rabia acumulada, que ahora sí se le desbordaba.

El tal Ramón de pronto se dio cuenta de que la cosa iba en serio y reaccionó con una sonrisa encajada en el rostro, tan increíble por su rapidez y su evidente falsedad, que desafiaba hasta las normas de cortesía. Era una especie de abuso que a Patricio se le hizo típico de los periodistas.

Estos hijos de puta están tan acostumbrados a mentir que piensan que la gente ni se entera.

El tipo le hablaba ametrallado, con las palmas de las manos alzadas hacia afuera, en un gesto de contención, y con la sonrisa olímpica intacta en el rostro.

–Tranquilo, tranquilo, siéntate, por favor –le señaló una silla de plástico azul–. Ya sé que el anuncio tiene cuatro números sin salir en papel pero tú viste que te lo metí en la edición Kuamtum, ¿verdad? Es que nos han tocado clientes que sí pagan en efectivo. Digamos que hemos tenido una racha de buena suerte y no hemos podido...

–Ustedes los periodistas sí son cómodos –le interrumpió ferozmente el Patricio, ya sin poderse contener–. A mí me importa un coño la edición Kuantum porque a mí lo que me piden de Chile es que les mande la de papel, te lo he explicado, imbécil. Además, me debes ocho meses de anuncios, no cuatro, como tú dices, mientras que yo picha que picha salmón. ¿Tú te crees que a mí ése salmón me lo regalan? ¿Ah? No me lo regalan. Tengo que responder. ¡Págame ahoritica mismo todo lo que me debes o te voy a joder!

–¿Te volviste loco, chileno? Esta mierda de periódico tiene dueño, ¿cómo coño te voy a pagar nada sin consultar? Además, no te preocupes, que para los próximos números te lo meto con el doble del tamaño...

–¿Me lo metes con el doble de tamaño? Ni de casualidad, Ramón –interrumpió ferozmente Patricio–. ¡Quiero mis reales ya! 

–¿Qué? Ja ja ja. ¿Y de dónde los voy a sacar?, si se puede saber.

–Mira, me tiene sin cuidado de dónde los va a sacar, pero sí te puedo asegurar que me los vas a pagar ahoritica mismo –y con esa misma se sacó el Patricio la PPK de la chaqueta y la puso despaciosamente sobre la mesa marrón de madera falsa. La pistola estaba más cerca de Patricio que de Ramón y refulgía, bajo la luz de neón del cuarto, con unos tonos metálicos entre azules y negros.

Al Ramón se le desencajó el rostro mientras miraba, alternativamente, al Patricio y a la pistola. Por momentos, abría la boca y mostraba una lengua blancuzca que oscilaba como si fuese a hablar, pero nada le salía, como en una película muda. Al cabo, resignado y tristón, asintió con la cabeza, abrió un cajón de la mesa y sacó un talonario de cheques. Rápidamente, con la experticia del que está acostumbrado a este tipo de trámites, rellenó un cheque y lo firmó.

–Esto es todo lo que te puedo dar, cincuenta mil bolos fuertes, cincuenta millones de los blandos. ¿Contento? Claro que me vas a tener que firmar un recibo.

–No hay problema –dijo el Patricio–. Todos los recibos que quieras–. Ya sabía en dónde cambiar el cheque por dólares: en el mercado negro chino, aunque, claro, con una pérdida considerable. No importaba.

El cheque cambió de manos y la PPK volvió al bolsillo de la chaqueta de Patricio.

Hasta ahora, todo según el plan.

Y ahí ya se le salió al Ramón una sonrisita tímida que indicaba que había dado por terminado lo más espinoso del asunto y que se consideraba fuera de peligro:

–¿Tú y yo somos compadres, verdad que sí, Chile?

Patricio no se lo podía creer.

–Compadre tuyo la puta que te parió, sucio rastrero –le rispostó sin pensar el Patricio–. Si no fuera porque los malditos chilenos me llaman cada cinco minutos para ver cómo anda el negocio con ustedes ya te habría jodido, tramposo de mierda, periodista arrastrao…

–Coño, ¿qué te pasa, chileno? ¡Ya te pagué! Además, en esta vida las cosas no siempre se dan como uno quiere…

Se quedó entrampado el Patricio con la frasecita del Ramón: “¿qué te pasa, chileno?, en esta vida las cosas no siempre se dan como uno quiere...”.

Sentado del otro lado de la mesa de falsa madera marrón, lo miró en silencio.

Largamente se quedó mirándolo.

Mudo y socarrón.

Muy despacito se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Una sonrisa de medio lado se le estiraba mientras alargaba la mano. Sacó entonces un pedacito verde de un material de goma que no se sabía lo que era. El Ramón miraba. Patricio se llevó la goma a la boca y empezó a inflar y a inflar y a inflar y a inflar. Se le hizo un globo mediano verde frente a la boca. Luego, se sacó nuevamente del bolsillo lateral de su chaqueta de cuero la PPK, la Walther PPK de su abuelo chileno –lo único que le había tocado en herencia-, y le atornilló el globo en la punta, con cuidado, para que no se escapara el aire. Se equivocó y lo sabía. Se dio cuenta en el mismo momento de hacerlo.

–Chileno del coño de tu madre... –el Ramón lo miraba con los ojos llenitos de terror y la voz como un hilito– ... No me vayas a matar, que tengo familia, ja, ja, ja –se río histérico y hasta le dio un poquito de tristeza al Patricio, aunque sabía que el Ramón no tenía familia un carajo.

–Periodista cabrón, yo no te voy a matar...

..tú ya estás muerto.

Le disparó a quemarropa en la cabeza dos veces y el doble estampido de la explosión de la bomba verde de goma y del sonido característico de paff de la bala al salir del cañón del arma le retumbaron al Patricio en los oídos al unísono. El sonido, sin embargo, no había sido lo suficientemente fuerte para despertar la alarma de los vecinos del Ramón –si es que los tenía– porque nada ocurrió. Lo más probable era que no hubieran regresado del trabajo o no les importase en lo más mínimo el sonido de los disparos.

Manchado de sangre se le quedó viendo sin pestañear. La sangre salpicada formaba ondas sobre su camisa y lo hacía sentir como cuando se destapa un refresco batido: cubierto de líquido inesperado. Las gotas rojas dibujaban patrones expansivos sobre el azul de su camisa de lino –su camisa de lino, coño– y una ternura extraña por el muerto lo arropó por un instante.

Se cerró la chaqueta negra con el zipper, de modo que no se viera la camisa manchada de sangre, y se limpió las mangas y la pechera con un kleenex que cogió de la mesa del muerto.

El kleenex para los mocos del Ramón.

–Más chileno serás tú –le dijo, mientras acercaba su rostro al rostro del otro y le soplaba las palabras a la oreja. La verdad, lo respetaba más muerto que vivo. Le pareció que le había hecho un favor. Muerto, era casi un hombre, vivo, era casi un muerto. Lo dejó ahí tirado con la cabeza echada sobre el escritorio –con dos pequeños agujeros rojos en la sien–, como si estuviera durmiendo, junto a los restos de un almuerzo a base de comida china.

Salió de la habitación y del apartamento sin preocuparse de limpiar nada que hubiese tocado. No tendría sentido, en realidad. De nuevo en la Avenidad Norte, después de caminar cincuenta metros hacia abajo y asegurarse que nadie lo seguía, pensó en el muerto que dejaba atrás.

Seguro que nadie lo encontrará en un rato.

No tenía secretaria ni redactores El Vacacional. La verdad, nadie lo descubriría en días.

Todo lo hacía solo Ramón.

Hasta se moría solo, el muy cabrón.