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Capítulo cuatro: Dispara y olvida

Novela de ficción. Síguela los domingos en la sección de Literatura 

Dispara y olvida

Cuatro

El dragón rojo

Patricio aguzó la oreja. Huan estaba contando su historia personal –una vez más– de cómo llegó a Venezuela desde Taiwán; una historia que al Patricio se le hacía demasiado ridícula. En realidad, de tanto decir que eran venezolanos, éstos tipos parecían todavía más chinos. Sin embargo, el Huan era amigo. Ya lo había probado un par de veces en negocios no muy limpios en los que el tipo había respondido correctamente. Bueno, él tenía su propia opinión sobre el Huan. ¿Cómo era posible que el dueño de un restaurante chino de segunda categoría tuviese dos caballos en el hipódromo de los cuatro cantones? La verdad, quizá el Huan no era el dueño del restaurante ni de nada. Más bien, le parecía al Patricio, que, detrás de la fachada, había alguien más. Esto era típico de los chinos, según el Patricio. Por eso siempre las mujeres chinas atendían el negocio y era improbable ver algún hombre por los alrededores.

Los hombres aparecen cuando aparecen los problemas.

Esta era una verdad tan evidente para el Patricio que empezó a pensar que los chinos funcionaban como un matriarcado. O, en todo caso, como un patriarcado encubierto. Las mujeres, que atendían los restaurantes, recibían la carga de displicencia, de estupidez y de ceguera, de los clientes; toda la carga de violencia local, aquí en Caracas como en Quito o en Magadascar, la recibían las mujeres chinas, en la forma de insultos tan torpes como:

China, china, ¿qué te  pasa? ¿No entiendes español? ¿Eres estúpida?

Claro que, desde el punto de vista chino, las mujeres eran la primera línea de defensa. Una especie de primer anillo defensivo que se le hizo al Patricio típico de los mongoles. La idea de que los niños y las mujeres son los bienes más preciados de una comunidad, es una idea occidental. Para los mongoles –los conquistadores de China– los guerreros son los seres que deben ser protegidos.

Pero allí estaba Huan. Bueno, Huan era la excepción. Aunque actuaba como el dueño la mayoría de las veces, Patricio había asistido a unos lances entre Huan y la matriarca china –una señorona enorme, vetusta y gritona–, que no dejaban lugar a dudas de quién mandaba en El Dragón Rojo, que era como se llamaba el restaurante. Seguramente nadie tenía un poder absoluto, quizás funcionaran como una especie de junta directiva familiar...

En todo caso, el Huan se había portado bien –una vez más– y le había cambiado el cheque de cincuenta millones de bolos del periodista arrastrao por cinco mil dólares. No estaba tan mal.

A todas estas,  el chino seguía hablando:

–... yo crecí en los Valles del Tuy, los valles del Río Tuy, ¿ok? Créame, señorita, que no le digo mentiras... –le decía el chino a la Rubí. La parla del Huan era como una corriente eléctrica que se le hizo al Patricio insoportable.

–...usted sabe que a las familias chinas nos piden desde allá. Bueno, claro, tenemos muchos paisanos acá, pero los de allá jalan mucho. La plata jala a la plata . Ja, ja , ja. A nosotros los chinos...

–¡Por favor, Huan! -interrumpió el Patricio-, ya me has contado mil veces ese cuento, ¡cambia el disco! –ya estaba cansado de tanta cháchara repetida y no se sentía con ánimos de ser amable. Además, tenía a la Rubí sentada junto a él en la barra del restaurante y necesitaba pensar. Su mano derecha descansaba sobre la pierna de ella como un sistema de alarma. Si ella hacía algún movimiento extraño, él se la apretaba ferozmente, sin dejar de mirar a Huan. Ella ni siquiera reaccionaba a estos apretones, encajándolos estoicamente. Es más, había vuelto a lucir su sonrisa cínica, lo cual le parecía insólito al Patricio.

–¿De qué coñó te ríes? –le preguntó bajito.

–De ti, huevón…

–Ah, ¿sí? –dijo despacio–. Yo creía que te estabas riendo del coñazo que te voy a dar –y le estampó a la Rubí otro bofetón salvaje y completamente fuera de lugar; tanto, que el Huan, que estaba haciendo un batido de fresa para la Rubí, presentó un enorme cuchillo al aire y puso su rostro más fiero.

–¿Qué coño pasa aquí, chileno? Éste es un local familiar –soltó el chino Huan.

–Hey, Huan, Huan, ¡Tranquilo! No pasa nada. Sólo estábamos jugando, tú sabes…

El cuchillo todavía le brillaba en la mano al Huan, que era de cuerpo pequeño, aunque temible. Con una cabeza redonda, muy grande  y cubierta de un pelo negro y liso que le tapaba las orejas, Huan era una versión regordeta de Bruce Lee. Todavía no entendía del todo qué era lo que ocurría y miraba al Patricio con los ojos muy abiertos. Éste se dio cuenta de que el chino era capaz de todo.

–¡No pasa nada, chino! Tú sabes que a las mujeres, de vez en cuando, hay que pegarles…

–Mira, chileno, a mí eso me importa un carajo –ripostó el chino–. A mí lo único que me importa es mantener la paz familiar. Después de todo, éste es un local familiar –como dice el letrero de la entrada– y yo no quiero problemas. ¿Está claro, chileno?

–Sí, sí, está claro, Huan, pero ya guarda el marico cuchillo.

Huan, muy tranquilo, miro fijamente al Patricio, y, después, bajo la cabeza, asintiendo para sí mismo. Pareció revisar –debajo del mostrador– entre sus instrumentos de trabajo: licuadoras, cuchillos, mezcladora, frutos de toda especie...

La Rubí lo miraba atónita.

El Huan habló con el cuchillo al aire, como si fuera su dedo índice:

–Esto no es simplemente un cuchillo, chileno, míralo bien: ¡ésto es un símbolo de la unidad de China! Fíjate que aquí dice: made in Taiwán. ¿Lo ves? Es igual que el dicho que tenemos los chinos: dos países, un solo pueblo. Éste cuchillo es igual. Por eso, cuando yo traigo a mis paisanos de Taiwán para Venezuela…

–¿Qué? Coño, Huan, ¿te volviste loco? ¡Deja ya de joder!

–Jajaja, sí, chileno, soy repetitivo, pero tú sabes que el nuevo presidente de Taiwán está a favor de China continental…

–¡Gran cosa!

–Ay, no, chileno, no me vengas con esa de que no podemos cruzar el estrecho de Taiwán. Tú sabes que eso es sólo un charco y que tenemos los barcos, los hombres y la voluntad…

–Sí, claro, y también tenían todo eso, me recuerdo, cuando intentaron invadir Japón y, por dos veces, los hundió el viento divino… por allá por el mil doscientos setenta, si mal no recuerdo…

–Esos eran otros tiempos, chileno. Mejor vamos a ver televisión. Señorita, ¿a usted le gusta la televisión?

–Por supuesto, sobre todo si salgo en ella…

–Uhmmm. ¿Qué quiso decir, chileno?

–Nada, se las da de graciosa- y le apretó a la Rubí la pierna detrás del mostrador.

–No me las doy, SOY graciosa.

–No le hagas caso, pon un poco de televisión, quizás así te calles, Huan –dijo el Patricio. Y, ahí, de repente, se acordó de que podrían estar en las noticias, él y la Rubí.

–Bueno, chino, Huan, hey, mejor te pones una telenovela china y todos felices. Si es que a mí me encantan tus telenovelas chinas.

–¿En serio? Coño, Patricio, yo pensaba que te fastidiaban las telenovelas chinas. Claro que yo siempre te trato de convencer de que las veas. Bueno, porque me gustaría que entendieras la cultura de los paisanos…

–Huan, Huan, un momento, un momento. Una cosa es que yo me pueda vacilar a esas mujeres fantásticas chinas y sus enredos extravagantes, y otra, muy distinta, es que yo comprenda la cultura china. La verdad, creo que harían falta diez tipos como yo para comprender la cultura china. Aparte de que no sé, si en realidad, quiero comprenderla…

–¿Qué me quieres decir con eso, chileno?

–¿Yo?

No había nadie en el local, ni un alma. Y al Patricio se le ocurrió que el chino Huan le había dicho demasiadas veces chileno. Acababa de poner la telenovela china el Huan y, la verdad, la única que la estaba viendo era la Rubí:

–Chino, chino, ¿cuéntame qué pasa? –decía la Rubí, repentínamente emocionada–. ¿Esa del vestido blanco es la protagonista? ¿Tú entiendes de qué están hablando? ¿Cuánta gente ve esa telenovela en China? ¿Son varios millones, verdad? ¿Hay alguna actriz latina en esas telenovelas chinas?

En la pantalla que tenía detrás de la barra el chino Huan, una pantalla Samsung Rainbow-5, enorme y delgadísima, aparecían las figuras de los dos amantes de la telenovela, que se llamaban Zing Ziao y Su Lung, según dijo el Huan.

Zing Ziao estaba vestido a la occidental, con un traje negro de evidente corte italiano.

–El traje del tipo quizás sea un Castangia –dijo el Patricio, sin pensarlo demasiado, mirando el traje del chino en la pantalla–, o puede que un Ermenegildo Zegna, o un Canali; lo más seguro es que sea un Ermenegildo Zegna –a juzgar por el corte–, hecho por los hijos, no por el viejo, que ya desde hace rato está muerto. Es lo mismo.

La chica, Su Lung, por su parte –declaró el Patricio-, portaba una versión para mujeres de un vestido infantil de Assunta Anichini, modelo María Teresa, de seda blanca.

–Se ve un poco ridícula pero el vestido es fantástico –añadió el Patricio.

–¡Es el colmo! –soltó la Rubí- ¡Si es que no me lo puedo creer! ¿No me digas que también eres crítico de modas?

Había en su voz un tono de indignación que pronto se transformó en unas carcajadas largas y agudas, casi delirantes, que le resonaban al Patricio como golpes en la cabeza.

También el Huan se carcajeaba a coro con la Rubí. Lo cual le resultaba doblemente humillante al Patricio, a quien el encanto por la Rubí se le había desvanecido hace rato.

–¡Esto es intolerable! –gritó el Patricio, dando un puñetazo en la barra.

–¡Esto es intolelable! –repitió el Huan, mimético, dando otro golpe equivalente en la barra. (cuando se reía con ganas no pronunciaba la r).

 –Ja, ja, ja, ¡Intolelable!

Estuvo a punto Patricio de  volver a pegarle a la Rubí pero sabía que ya era demasiado. Un truco gastado. Tenía que encontrar una forma de que lo respetara sin necesidad de usar la fuerza física. El rapto se estaba volviendo una pesadilla sobre la que no tenía control alguno. Más bien, sentía que ella era la que tenía el control, que lo manejaba como se maneja una marioneta, con hilos invisibles. Sabía que eso era absurdo. Él no era ninguna marioneta. Él tenía la pistola, todavía, en el bolsillo de la chaqueta. Él podía matarla, si quería.

No quería.

Las carcajadas del Huan y de la Rubí se multiplicaban en la sala vacía de El Dragón Rojo, mientras Patricio sorbía en silencio su cerveza Polaris, mirándolos de lado. Sentía una rabia seca contra los dos, una rabia que aumentaba por momentos y que lograba contener a duras penas. Aparentaba estar tranquilo pero era una tranquilidad calculada. Había decidido que la mejor manera de que lo dejaran de molestar era ignorarlos. Que se cansaran, él tenía cosas importantes en que pensar.

Sin embargo, no estaba funcionando. La perra se reía ahora de todo lo que decía o hacía Huan, en una especie de alianza de compadres contra él, mientras las tetas fantásticas se le convulsionaban debajo de la franela blanca.

La mezcla de rabia, deseo y celos, se le subía ya a la cabeza cuando el chino lo dejó frío:

–Mira, chileno, tú que eres de allá: ¿por qué Chile es un país ovíparo? ¿Ah?

..porque se la pasan diciéndose huevón unos a otros…

De nuevo arreciaron las risas interminables. A la Rubí se le salían las lágrimas. Muy bien. El Huan danzaba con el cuchillo en ristre, eufórico, como si en realidad hubiera cruzado el estrecho de Taiwán. Detrás de él, sorprendentemente, una imagen de José Gregorio Hernández, aquel guanabí santo venezolano, se confundía con los dioses chinos que honraban la espada y la buena suerte.

–¿Y por qué todos los chilenos son gallos?¿Ah?

... porque siempre preguntan: ¿quiquirí, quiquirí?

Otra vez las risas altísimas, las risas lánguidas y estiradas; risas que se confundían con el espacio y con el tiempo, risas sin fin.

El Huan se estaba luciendo con la Rubí con lo de su chilenidad y eso lo enfurecía hasta lo indecible. Lo peor era que la muy puta, como todas las putas, se aprovechaba. La vio riéndose y le tomó una foto mental:

Acuérdate de este momento, reputa, cuando te llegue la hora. 

La rabia misma era como una cámara fotográfica.

Suspiró.

Le quedaban cinco balas, al menos eso pensaba. Y estaba cansado de que el chino Huan le llamara chileno. Todavía esgrimía al aire el cuchillo enorme japonés mientras hablaba, el Huan. De lo más humillante. Y la Rubí le reía todas las gracias.

Bueno, el local estaba vacío todavía y, para ser honestos, el universo no perdería mucho si mataba al Huan. Total, una muerte más, una muerte menos…

–Chileno, chileno –le preguntaba el Huan–,  ¿por qué no hay maricos en Chile?

…porque todos se vinieron pacá –le ripostó el Patricio, que ya se conocía el chiste, y con la misma le disparó a quemarropa, paff, paff.

Dos balas bien justas, una en la sien y otra en la boca.

Desapareció el Huan detrás del mostrador, en cámara lenta, pero logró verle el Patricio la sangre manar de la boca como un chorro.

Uno menos. Hay que escapar rápido.

La Rubí vomitaba sobre la barra los fideos con camarones que se había comido diez minutos antes, mientras el Patricio buscaba con la punta de la pistola a alguien –algún chino de mierda– a quien dispararle. Extrañamente, no salió nadie del interior de local, que el Patricio se imaginaba laberíntico, como todo lo chino, y repleto de coolies.

Mejor así.

Se la arrastró a la Rubí hasta el carro medio desmayada y hasta tuvo que estamparle, nuevamente, un par de cachetadas, para lograr introducirla en el vehículo. Lo más cómico fue que cuando agarró el volante sintió un aroma de salsa agridulce que no se sabía si era el aroma de la Rubí o el de los fideos con camarones.

El Toyota Sentien arrancó con un bramido y se dirigió velozmente hacia la entrada del cantón vecino, el Cantón musulmán, comunmente llamado turcolandia.

Mientras manejaba, Patricio recorría las calles con la mirada. No había negocio alguno que no fuera chino. Ni una arepera, ni un restauran de carne, ni un banco, ni un supermercado, ni una floristería, ni siquiera una pizzería, nada tenía un anuncio en castellano.

Todo era ideogramas chinos.

Claro que había gentes mezcladas, pero, si te fijabas bien, descubrías que la mayoría eran chinos. Por la ropa, por los ademanes, por el invariable cigarrillo en la mano, por la diligencia al caminar, o, tal vez, por la parsimonia al caminar.

Que los chinos vivieran como mejor les pereciera, siempre y cuando dejaran algo de espacio para los demás, pensó el Patricio. Aunque sabía que era una estupidez. Al final, todos terminarían siendo chinos, de una u otra manera.

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