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Anticrónicas de Caracas: “Esquivamos perdigones… como Matrix”

Protesta en Caracas

EFE

Manifestantes cerrando vías el 20 de julio en Caracas

Vengo caminando por el final de la Av. Andrés Bello, justo a la altura de la iglesia de La Chinquinquirá, cuando me encuentro a la primera barricada, en un cruce de calles, al pie de la iglesia. Son como las dos de la tarde del “Trancazo” de diez horas, llamado por la MUD.

Como barricada no es gran cosa: algunas cuerdas atadas a las rejas de la iglesia o a los árboles que bordean la Av., un poco de basura quemada y algunos trastos que obstaculizan –más bien, simbólicamente– el tránsito.

No aguantarían una arremetida lacrimógena de la GN o de la PNB, me digo –no sin cierta tristeza.

Antes de llegar a la barricada propiamente dicha, me doy cuenta de que, también, han levantado las alcantarillas inmediatas a la barricada. Es un obstáculo formidable, sólo que hay intersticios, entre los cuales las motos pueden pasar. Como las motos son las principales herramientas del gobierno para reprimir a la gente –pueden mover las motos de una sitio a otro y “apagar fuegos”–,  sé que tampoco aguantarían.

Paso por debajo de la barricada de “cuerdas”, sólo para descubrir que los “valientes” que cuidan el fuerte no son chamos de 17 años, sino mujeres.

De todas las edades, en realidad, pero, básicamente, viejitas, señoras mayores. Algunas de clase media –se les nota en el atuendo–, pero la mayoría son mujeres y abuelas humildes, algunas sentadas en el piso esperando a ser reprimidas. Es conmovedor.

Me paro allí a ver el paisaje.

Entre las mujeres hay un par de curas muy jóvenes –presumiblemente de la iglesia vecina– que conversan tranquilamente con la gente.

También esperan, embutidos en sus togas marrones, que los vengan a reprimir, me digo.

Me quedo allí parado un cuarto de hora y no aparecen los hunos.

Decido irme y cuando camino dos pasos, ahí está, el grito de guerra –o de paz–, que acompaña a la gente estos días en la calle:

“¿Quiénes somos? Venezuela. ¿Qué queremos? Libertad”.

Ni siquiera volteo. Quizá si volteara, me volvería una estatua de sal y me quedaría allí para siempre, con las abuelitas.

Dos cuadras más allá, junto a la bomba de gasolina, hay otra barricada.

La misma historia se repite: cuerdas amarradas a cualquier asidero, incluso matas en el piso, una que otra piedra. En definitiva, nada que no se pueda traspasar.

Sólo que esta vez, son los chamos los que custodian la barricada. Y hay muchos, no menos de doscientos. Sentados, de pie, esperando, conversando, a veces, riendo.

Todos chamos del barrio vecino, todos jóvenes –excepto una que otra madre preocupada– montando guardia, esperando.

Paso de largo sólo para encontrar una tercera barricada, justo en las puertas de mi edificio.

En esta última barricada hay niños y adolescentes –todavía vestidos de bachillerato, con uniformes azules–, que, de pronto, gritan:

“Ahí vienen”, y se echan a reír.

No se me pasa por alto el aire festivo con el que esta gente –después de todo lo sufrido y, a pesar de los riesgos que están corriendo– se enfrenta a la amenaza de una arremetida en seco de los hunos.

Aquí, igual que antes, hay cuerdas y basura quemada.

Pero también está la bandera venezolana ondeando y –por increíble que parezca– un afiche de Leopoldo López, amarrado, junto a la bandera, de las cuerdas que cruzan la calle.

Es, sin embargo, un afiche viejo –pero intacto-, lo que hace pensar que alguien del barrio lo tenía guardado y lo desenterró justo para una ocasión como esta.

Subo a mi casa y me quedo pensando que debería tomarle una foto.

Después de todo, es evidente: el barrio ha cambiado. Y, como sabemos, el barrio puede ser más crítico –mucho más–, que nosotros.

Bajo, entonces, a tomar la foto. Pido permiso a los que custodian la barricada y click.

Camino una cuadra hasta la segunda barricada. La de la esquina.

También le pido permiso a los chamos para tomar fotos.

–Ta bien, pure –responden– pero que no salgamos los panas, jajaja.

Hago unas cuantas fotos, siempre intentando que no salga nadie, lo cual es difícil.

Pienso que mi tarea de registro está terminada, cuando se me ocurre que yo, también, estoy esperando que nos repriman.

Me quedo junto a los chamos y los escucho.

Por largo rato me quedo de pie, en la barricada, viendo el horizonte de la calle. No viene nadie.

Al rato, uno de los adolescentes dice:

–¿Cuándo irán a venir?

Dice otro, sentado en la acera:

–Que vengan. Aquí esquivamos perdigones.

Y dice un tercero:

–Como Matrix.

Se cagan de la risa y empiezan a hacer contorsiones en cámara lenta.

Al principio, creo que es una especie de Hip Hop malandreado. Pero luego me doy cuenta de lo que quieren decir, que son más rápidos que los perdigones, como en Matrix, como en la película.

Me sonrío de medio lado.

Entonces, recuerdo los muchos muchachos muertos por balas, no perdigones –la mayoría adolescentes de pueblo–, y me devuelvo pensando que, aunque no esquivemos todas las balas, es posible esquivar el mundo sin libertad que nos quieren imponer. Hoy.