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70 años de Letras, habla Jorge Romero

La Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela celebra siete décadas de su fundación. Este especial reúne una serie de entrevistas a los profesores que han sido formados en sus salones y continúan con ese proceso de enseñanza  

Jorge Romero

Foto: Camila Pulgar

Jorge Romero León es profesor Asociado de la Escuela de Letras de la UCV, Jefe del Departamento de Literatura Latinoamericana y Venezolana de la misma Escuela. Doctor en Literatura y cultura iberoamericanas por la Sorbonne Nouvelle, Profesor invitado a la Universidad de Sâo Paulo y a la de Salamanca.

¿La Escuela como una novela de formación?

Todo verdadero aprendizaje es una novela de formación. Creo que el estudiante de Letras recién llegado, al menos, a la Escuela es de dos tipos: uno que “quedó” o cayó allí. Muchas veces despreciamos a este estudiante, pero es un error. En muchos casos a ese estudiante se le revela una vocación, una curiosidad, un mundo que ignoraba. Y las cosas reveladas como al margen de la voluntad muchas veces resultan más relevantes y menos desepcionantes que las previstas, soñadas o tan esperadas desde el punto de vista de la formación, quiero decir, de la novela de formación. El otro tipo es el que tiene una inclinación (en muchas ocasiones no es sino una “facilidad”) para las letras, la literatura y el lenguaje. Al inicio, este estudiante desea, o al menos eso piensa, ser escritor. Cuando es genuino ese deseo es un estudiante muy interesante: siente un llamado y cree que en la Escuela adquiere maneras para acudir a ese llamado. Para mí, estos dos tipos de estudiantes nos conforman, quiero decir, determinan mis clases.

¿Quiénes fueron los profesores que tuvieron más impacto en su paso por la  carrera?

Es una respuesta difícil. La primera persona que me recibió cuando entré como estudiante fue Adriano González León. Era un orador moderno que juntaba la experiencia y la escritura. Desde esa hora inicial supe que era el lugar donde quería estar, y permanecer. Los profesores de Literatura latinoamericana y teoría fueron para mí fundamentales: Vilma Vargas, una gran profesora y amiga; Hugo Achugar, mi tutor; mi primera clase de teoría literaria, con María Fernanda Palacios, fue una auténtica revelación de la que aún no he salido. Luego, ha sido una gran compañera de trabajo y siempre, junto con la profesora Irma Chumaceiro, mis educadoras sentimentales y amigas entrañables en mi carrera como profesor y ex-director de la Escuela. Hubo otros profesores cuya importancia he aprendido a reconocer con el tiempo. Por ejemplo, las clases y amistad de Márgara Russotto me pusieron en contacto con textos de Clarice Lispector y Guimaraes Rosa, tan caros en mi formación. Asimismo, Hanni y sus silenciosas y, a veces, provocadoras clases sobre Virginia Woolf sembraron un gusto inextinguible por la escritora inglesa y por la poesía de la propia Hanni. En aquella época no lo supe ver, pero hoy admiro y envidio la elegante discreción de Rafael Cadenas al corregir y comentar un trabajo de un estudiante. Todos mis profesores me enseñaron algo inapreciable que hoy, en nuestros tiempos, me parece esencial: la evaluación es constante y cualitativa, relativa, real, aplicada a un sujeto real y en situación que nada tiene que ver con prejuicios y evaluaciones cuantitativas. Así me enseñaron a leer, analizar y evaluar, tanto la realidad como a las personas sobre todo a un estudiante de Letras.

¿Qué pasa dentro de un salón de la Escuela de Letras?

Se enseña a comprender y compartir eso que decía arriba: la “pasión estética”, sin la cual no hay núcleo, fuerza ni energía en ningún acto de habla, en ningún discurso, ni, en consecuencia, verdadera formación ni conocimiento. La primera pregunta lo decía: es un aprendizaje concebido como una novela de formación. Esto es leído por muchos como algo burgués. Los que piensan eso suelen ser muy mediocres, pequeños, almas muy mezquinas que reducen la enseñanza y el aprendizaje a pobres porcentajes y decimales.

Un episodio que siempre recuerda de sus años como profesor o como estudiante

Las asambleas. Las de hoy me parecen elegantísimas. En mi época me parecieron violentas. Había un grupo que creo que me hizo sospechar y denigrar de toda militancia política, el Frente Cultural Estudiantil de Letras. Te descalificaban llamándote marico y cosas por el estilo. Esas asambleas hoy me dan vergüenza. Cuando escucho profesores de esa época que lamentan la violencia entre los grupos de estudiantes hoy no sé si recuerdan los pasquines y asambleas de esa época.

¿Qué diferencia la Escuela de Letras de la UCV de las demás Escuelas de Letras?

El componente del departamento de Literatura y Vida de nuestra formación lo llamo, sin menospreciar los otros, el hardware nuestro. Aunque no exista en otra academia o casa de estudio, los departamentos de literatura siempre debaten, comparten, exploran los problemas no formalmente literarios pero que nutren y configuran a la creación literaria. Creo que de eso se ocupa el departamento de Literatura y Vida. Me parece, además, el componente que nos recuerda que todo aprendizaje debe darse como una novela de formación o una pasión, una erótica, una afirmación de la vida así estemos en los momentos más duros y pobres.

Si pudiera hacer algún cambio en la Escuela, teniendo en cuenta los tiempos actuales, ¿cuál sería?

Creo que, por ejemplo, debería ser, menos eurocéntrica. Desde luego, no aludo al nacionalismo y patrioterismo vulgar, tampoco siquiera al latinoamericanismo. Pero tanto el eurocentrismo como el latinoamericanismo comparten algo que rechazo: la militancia, la cual, siempre nos envilece y empobrece pues nos empuja a restar, cuando no, a mirar de reojo o con asco. Como “élite”, profesionales, profesores, deberíamos, sobre todo pensando en nuestros últimos años y en la realidad y los tiempos duros, tener fantasías, sueños, pero màs reales, menos eurocentristas; de lo contrario, poner el eurocentrismo como mera bandera reactiva es como ser europeos de segunda, recienvestidos, “blanqueaditos”, rastacueros.

La Escuela de hoy y la Escuela de ayer, ¿cuál es la diferencia entre su generación y la actual?

 En mi época daban clases Adriano González, Rafael Cadenas, Ida Gramcko. En ese entonces eran jóvenes escritores Hanni, María Fernanda, Márgara Russotto, Eleazar León. Hoy hay escritores importantes en la Escuela: María Fernanda Palacios, Rafael Castillo, Gisela Kozak; han dado clases escritores muy conocidos como Alberto Barrera, Boris Muñoz; otros más jóvenes: Alejandro Castro, Alejandro Sebastiani, Francisco Ardiles... Eso es importante por aquello de los estudiantes que llegaron a la Escuela por una vocación de escritor incipiente o relevante. También, porque siempre implica una lectura realizada desde un lugar que reivindica la creación, la interpretación por encima del simple análisis cuantitativo, meramente informativo, antianímico y realmente inútil, despojado de eso que Benjamin, creo, llamaba la “pasión estética”.

Según su criterio, ¿cuáles son los libros que debe leer alguien que ha pasado por la Escuela de Letras?

La Odisea, Edipo rey, La divina comedia, Macbeth, Don Quijote, Fausto de Goethe, Madame Bovary, Crimen y Castigo, La metamorfosis, Orlando de Virginia Woolf; Sor Juana, el Inca Garcilaso, Pedro Pàramo, cuentos de Cortázar, la Pasión según GH, Gran sertón: veredas, El laberinto de la soledad, de Paz; Paisano de Palomares, Intemperie de Cadenas, Poemas de una psicótica, de Ida Gramcko, El falso cuaderno de Narciso Espejo de Meneses, Doña Bárbara y pare de contar. Esto es lo más difícil del mundo y siempre se excluyen obras que con el tiempo devienen fundamentales por razones que no siempre se pueden explicar, y al revés, empezamos a odiar otras por las mismas razones, por ejemplo Rayuela, citada hasta en la Renovación, ahora es injustamente considerada casi un texto menor.

¿Cuál es la función del letrado en la sociedad venezolana?

Pensar desde esta rudeza siempre. Esta época tiene algo aunque no nos guste: nos recuerda que somos pobres. Siempre lo fuimos como sugerían nuestros escritores venezolanos, pero no lo creíamos;  no sé si pueda aportar soluciones un licenciado en letras, pero sí una preocupación vital, honesta en relación a estos problemas. Ir a contracorriente en su manera de interpretar la realidad y enarbolar sus ideas, sueños y modos de comprender la política, la sociedad y la lengua de nuestros días. Digo a contracorriente, libremente, aunque no guste o no luzca o caiga mal, incluso a sus profesores queridos o favoritos. Sobre todo ir a contracorriente de las palabras e ideas desajustadas y fastidiosas de líderes y gobernantes, así sean las palabras de los que presiden la Junta de condominio.